30 Octubre 2008
Hoy le quiero hacer un homenaje a mi querido barrio, aquel que me conoció de purrete y me desconoció ya de grande, como si fuera un perro chúcaro. Y lo voy a recordar con algunos hechos de su pasado, con algunos episodios poco conocidos ocurridos allá por el ochocientos. Ahí van:
-En el año 1823, en la esquina de las calles San José y Victoria, donde posteriormente se levantó el teatro Onrubia, don Norberto Rosas dejó escapar un pedo tan sonoro, que aún es recordado por los descendientes de los vecinos.
-En la manzana comprendida actualmente por las avenidas de Mayo, Entre Ríos y Rivadavia, y la calle Solis existía un molino de viento. Esa es la razón por la cual la confitería instalada luego en la esquina de Callao y Rivadavia se llamó Del Puente.
-El doctor Juan Etchepare, en el año 1853, efectuando ensayos en el laboratorio que tenía en la calle Tacuarí, provocó la admiración del vecindario produciendo luz por medio de la electricidad. Más tarde continuó la experiencias de carácter público instalando aparatos en la azotea de una casa de las calles Tacuarí y Rivadavia. En 1871, muy turbado, creyó descubrir la fórmula de la invisibilidad y caminó desnudo por la avenida Belgrano durante una hora y media, hasta que fue detenido por la policía.
-La primera escuela del barrio fue creada por el Cabildo en el año 1817. Eran épocas de guerra civil y los hombres más capaces habían sido alistados en el ejército. Ante esa circunstancia, y para no defraudar al vecindario, se continuó de todos modos con el proyecto y la escuela fue inaugurada, designándose como director al esclavo conocido como “el negro Ventura”, de condición analfabeto.
-Hasta los primeros años del siglo XX los teatros El Alcázar y El Dorado fueron los preferidos de la muchachada, que comenzó a llamarse a sí misma “niños bien”. Formaban grupos terribles, conocidos con el mote de “patotas” o “patatas”, que tenían como principal punto de reunión la esquina del café de Colombo y Buzo, en Corrientes y Esmeralda. Entre las hazañas de las que más se ufanaban se cuenta la formidable paliza que le dieron a una anciana ciega que se los llevó por delante, y otra feroz tunda propinada a un niño de ocho años que babeaba.
-Varios circos actuaron en el barrio después de la demolición de la vieja plaza de toros. Uno de ellos, quizá el más recordado, fue el de los Hermanos Pereyra, propiedad de Juan y Ernesto Gálvez. Allí se efectuaban grandes espectáculos de acrobacia, ejecutados por artistas de fama imperecedera como Juan García, y ejercicios arriesgadísimos, como el conocido por el “salto de la muerte”, que consistía en arrojarse con la bicicleta dentro de una gran olla de agua hirviendo de la que nadie salió con vida. En ese mismo circo actuó el célebre payaso “Rabanito el 88”, quien alcanzó notoriedad por el modo como se apretaba los genitales frente al público.
-Los reos sentenciados a la pena de muerte eran ejecutados en las plazas públicas. Una de las ejecuciones más divertidas tuvo lugar en la plaza de La Concepción, el 29 de diciembre de 1853 a las nueve de la mañana. La víctima fue un famoso ladrón, Villarino, quien siempre había conseguido escapar de la cárcel y de las garras de la policía. Esa vez fue fusilado y luego ahorcado, y su cadáver quedó colgado cuatro horas por pedido expreso del juez para que sirviera de escarmiento. Cumplido ese plazo, el popular Villarino volvió a hacerse humo y pronto retornó a sus andanzas.
-En la calle Independencia, entre Lima y Salta, se levanta un edificio conocido por el nombre de Casa de Ejercicios, declarado monumento histórico por decreto Nº 120.412 del Poder Ejecutivo de la Nación, del 21 de mayo de 1942. Su destino siempre fue albergar a una comunidad religiosa solo integrada por mujeres. En algún momento la fiebre del progreso estuvo a punto de construir allí un gimnasio con aparatos, aprovechando el nombre del recinto.
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20 Octubre 2008
Muchos años después, frente a su tercera media libra con queso y su segunda pinta de cerveza, el sargento Johnson habría de recordar aquella tarde remota cuando su padre lo llevó a conocer el centro de Kansas City. ¡Qué tiempos aquellos! Solo se mascaba chicle y se fumaba Lucky sin filtro. No existían los toros rojos ni las anfetaminas, y los negros solo se juntaban para hacer un gospel o tocar jazz en un sucucho maloliente. Hoy, en cambio –pensaba- ya nadie fuma, y los negros están en la Casa Blanca. “Mother fucker!”, masculló.
Aquella tarde el sargento había sido uno de los cuatro blancos que patearon en el piso a una mariquita latina que buscaba clientes en la esquina de Truman y Main Street. Y estaba orgulloso de haber participado del castigo. ¡Seguí participando! le dijo al irse uno de los golpeadores, un motociclista obeso con la cruz esvástica tatuada en la frente.
Esos momentos de éxtasis, sin embargo, apenas disimulaban una realidad de horas en blanco. El retiro del ejército había destruido por completo su mundo de brusquedades y fanfarronería. Ahora le sobraba tiempo para pensar y nunca antes había usado el cerebro.
¡Cómo extrañaba el olor a pólvora y a napalm! ¡Cuánto lamentaba no estar colocando minas antipersonales a la salida de una mezquita o arrojando bombas de racimo desde un helicóptero apache sobre una aldea vietnamita!... Aquella época dorada ya no volvería.
El presente le resultaba extraño e indescifrable, como las primarias demócratas. Solo Jennifer, la colorada, le parecía comprensible cada vez que lo visitaba en su cuarto de hotel. Era una mujer valiente, sin dudas. La única que podía impedir que el sargento rompiera el televisor cuando pasaban Los Simpsons o un video de David Bowie. La única que pudo evitar que asesinara a un cajero de Burger King porque hablaba con acento español.
La campaña presidencial lo devolvió un poco a la vida, sobre todo cuando supo que el candidato republicano era Mc Cain: estaba convencido de que era el dueño de las papas congeladas del mismo nombre.
“No puede ser mal tipo alguien que fabrique papas fritas”, le dijo a Jennifer.
En cambio, se enfureció cuando supo que Obama era el candidato demócrata:
“¡Cómo puede ser que toleremos como candidato al terrorista que mandó voltear las torres! Está bien que éste sea el país de la democracia, pero eso ya es demasiado”.
Nunca se convenció de que Obama no era Osama. Y menos cuando supo que era negro.
“Mother fucker!”, dijo.
No se perdió ninguno de los debates. Los siguió todos derrumbado en un viejo sofá, borracho de bourbon barato. Cuando se dio cuenta, en un infrecuente rapto de lucidez, de que el negro iba ganando, empezó a preparar todo. Pero lo decidió el derrumbe de Wall Street
Subió despacio por la escalera de incendios, para no llamar la atención. Cuando llegó a la terraza respiró aliviado: no había más pisos a partir de allí.
Extrajo con lentitud su rifle de la funda. Estaba impecable, como nuevo. Todas las noches lo desarmaba, le pasaba aceite pieza por pieza y lo volvía a armar.
Lo cargó con una bala y lo acomodó en un trípode. Solo era cuestión de apuntar y esperar. O esperar y apuntar.
El gobernador abandonó la limousine justo abajo, enfrente del edificio. El sargento instaló la cabeza del funcionario entre las cuatro líneas de la mira telescópica. Y apretó el gatillo.
El reflejo del sol en el Rolex que el gobernador llevaba en la muñeca hizo que el sargento desviara el disparo. Y que diera en una mujer que se había acercado para insultarlo.
Supo al instante que era Jennifer.
“Mother fucker!”, masculló.
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16 Octubre 2008
-Hola… ¿Diseño?
-Si.
-Le quieren hablar de Fábrica.
-Bueno.
-¿Le paso la llamada?
-Sí, sí. Claro.
…………
-Hola. Habla Juan Méndez, de Fábrica. ¿Con quién hablo?
-Lucas Volpi, de Diseño.
-Encantado Volpi.
-Igualmente.
-¿Usted está al tanto del tema Pene?
-Si, claro. Soy el jefe del proyecto.
-Muy bien, muy bien. Así es mejor porque si no me van pasando de persona en persona y no terminamos más. Este… Dígame Volpi…
-Lo escucho.
-Acá me llegó el diseño.
-Si, si… Lo enviamos nosotros.
-Pero creemos que hay un error.
-¿Cuál?
-¿Es posible que el pene sirva tanto para reproducción como para micción?
-Si, si. Es correcto.
-¡Pero cómo es posible!
-Bueno Muñoz…
-Méndez.
-Méndez… perdón. Diseño no pudo encontrar otra solución y el aparato en cuestión va a tener que servir para las dos cosas.
-¡Es absurdo!
-No, no lo es. Hemos acondicionado una serie de conductos y fibras nerviosas, que no se ven por fuera, que serán las encargadas de hacer las cosas como correspondan. Cuando el tipo tenga ganas de hacer pis, hará pis. Y cuando tenga ganas de… eso… hará eso… ¿Se entiende? No podíamos hacer un tipo con dos penes, uno para cada cosa…
-Pero así va ser complicado.
-No decimos que sea fácil, pan comido, pero ahí en Fábrica hay gente muy capaz que va a saber resolver el problema.
-¡No me dore la píldora, Volpi!
-¡No le doro nada, Muñoz! Es la verdad.
-Le agradezco, Volpi, pero es un verdadero embrollo eso de hacer que un órgano sirva para dos cosas.
-¡Pero ustedes ya hicieron algo así! Acuérdese de las orejas: sirven tanto para escuchar como para apoyar las patillas de los anteojos.
-Bueno, pero…
-O de las axilas, sin ir más lejos. Sirven para ponerse desodorante y el termómetro.
-Es verdad…
-O la lengua, que sirve tanto…
-Está bien, está bien Volpi. Me convenció.
-Bueno, le agradezco su comprensión, Muñoz.
-Méndez.
-Méndez.
-De paso, Volpi, ya que estoy hablando con usted le quería consultar por el próximo proyecto. El de la terminal del aparato digestivo.
-¡Ah si!... Bueno, estamos en eso.
-La que va al final de la espalda.
-Sí, sí. Ya me di cuenta.
-¿No servirá también para más de una cosa, no?
-Y… uno nunca sabe, Muñoz.
-Porque entonces habrá que estar muy atento con la forma.
-Mire, lo que está en estudio es una forma muy sencilla, inexpresiva diría.
-¿Inexpresiva?
-Si, como si fuera una cara que no dice nada.
-Ajá. Muy bien…
-Con cierto encanto a pesar de todo.
-¿Con cierto encanto?
-Eso dice el dibujante que está como embelesado por su obra.
-¡No me diga!
-Si, si.
-Ay.
-¿Qué fue eso?
-Nada, nada. Estee… ¿Lo van a hacer igual para el hombre que para la mujer?
-Igual, igual. Bah… más o menos. La terminal de la mujer será un poco más redondeada, parada y abundante. Y sin pelos.
-¿Por qué?
-Porque así nos gusta más…
-Está bien. Bueno, no lo molesto más, Volpi. Sigo trabajando. Quipintach.... ¡Ah! Perdón... ¿Ya le pusieron nombre?
-Todavía no. En eso andamos para el culo.
-Ya veo.
-Keep in touch, Muñoz.
-Eso.
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8 Octubre 2008
-Hola.
-Hola.
-¿Qué hacés?
-Esperando.
-¿A quién?
-A Godot.
-¿Y?
-Y nada. No llega.
-…
-….
-¿Tiene auto?
-No. Creo que no.
-Si viene en transporte va a tardar un rato.
-Y si…
-….
-….
-¡Qué va’cer!...
-Eso.
-A lo mejor consiguió un taxi…
-No creo.
-¿No?
-No.
-…
-…
-¿A qué hora dijo que venía?
-No dijo.
-¿Ah no?
-No.
-Y bué…
-…
-¿Tiene celular?
-Si, pero se le acabó la tarjeta.
-¡Ah…
-…
-¿No es ése?
-¿Quién?
-¡Ese… el que acaba de bajar del transporte!
-¿El rengo?
-¡Sí!
-No. No es rengo.
-¿Ah no?
-No.
-Yo creía…
-Pero no.
-…
-…
-Bueno. Me voy. Nos vemos.
-Chau.
……………………
-Hola.
-Hola.
-¿Qué hacés?
-Esperando.
-¿A quién?
-A Godot.
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25 Septiembre 2008
-¡Nene! ¡Levantate caraco que es tarde! La puta…
-¿Eh? ¿Qué pasa Nono?
-¿Má come qué pasa? ¡Levantate que vas a llegar tarde al laboro! La puta…
-¿Pero qué hora es?
-Qué hora é, qué hora é… ¡Las cinco de la mattina! ¡Arriba, caraco!...
-¿Las cinco? ¡Pero abuelo, yo entro a las once!...
-¿Come qué a las once? ¿Qué clase de laboro es ése?
-Diseño gráfico, Nono. ¿No se acuerda que soy diseñador gráfico?
-¿Diseñador de qué…? ¡Má en esta casa sono tutti una manga de maricone…! …Diseñador… ¡Ya te iba yo a dejar essere modisto de mujeres, la puta…!
-¡No soy modisto, Nono!... Soy diseñador, trabajo en una agencia de publicidad… ¿Ya se olvidó, Nono?...
-Nono será tu abuela, maricone…. ¡Vagoneta!, ¡Tirifilo!....
-¡Bueno, Nono! Ya es suficiente. Me levanto porque así no se puede dormir…
-¡Dale! Levantate así me hacés compañía, que si no me aburro en la cocina…. Estoy haciendo la cruzada, ¿venís?...
-Ya voy, ya voy Nono… Espere que voy al baño…
-Vení que yo te hago el mate cocido…
-Quiero café, Nono, no mate…
-Ya te preparo el mate…. Y el pan con manteca…. ¿Má, qué es eso que sacaste de la heladera?
-El Activia, Nono. Es para regular los intestinos.
-¿Un purgante? ¿Leche de magnesia?
-No, es un regulador.
-Yo una vez tuve un bolo fecal, ¿te conté?…
-Ahora no, abuelo, que estoy por desayunar…
-Nunca me dejan hablar a mí, la puta…. ¿Y esa botellita qué es…?
-Es el Actimel, Nono. Es para las defensas…
-Ma, ¡vos estás hecho mierda, Albertito!... A tu edá yo era de fierro… ¡Cuándo se me paraba rompía lo pantalone, rompía!….
-¡Bajé la voz, Nono, que vamos a despertar a todo el mundo!...
-¡Y que se despierten, manga de maricone!... ¡Cómo van a estar durmiendo a las cinco de la mañana… ¡Vagonetas!...
-Abuelo… Nono…
-¿Qué te pasa?
-Qué se le cayeron los calzoncillos…. Levánteselos…
-¡Estos calzoncillos de mierda se caen a cada rato!... ¿No tenés unos tuyos para prestarme? Estos están todos rotos….
-Ahora me fijo, espéreme acá…. Tome, Nono. Use estos.
-¿Y esto qué es? ¿Una bombacha?...
-¿Qué bombacha? Es un boxer…
-¿Bombacha para perros?... ¿Pero qué te crees que soy yo, nene? La puta….
-¡Má si! ¡Déjeme desayunar en paz, Nono!... ¿Para qué me hizo levantar…?
-Para hacer la palabra cruzada… A ver vos, que fuiste al colegio. ¿Qué quiere decir ésta: persiana anclada?... Siete letras…
-¿Cómo?
-Persiana anclada, siete letras….
-¿Persiana anclada? ¡Qué raro! No me doy idea de qué puede ser… ¿La persiana de un barco?...
-“Persiana de barco” es muy larga…
-Estoy pensando en vos alta, Nono… ¿A ver? Déjeme leer a mí… Mmmm… ¡Persona anciana dice, abuelo!... ¿Qué persiana anclada?...
-¿Así?... Es que no encuentro los anteojos y me puse los de tu madre… ¡No se ve un caraco!... ¿Y qué quiere decir eso?...
-¿Siete letras?... Mmmm… ¡Geronte!... ¡Ya está! Geronte, Nono…
-¿Geronte? ¿Cómo el jefe de una compañía?...
-No. Eso es gerente.
-¿Y geronte qué es?
-Un abuelo, una persona mayor… Cómo usted, Nono…
-¿Yo soy un geronte?.. ¿Ma per qué no te vas a la puta que te parió, desagradecido?... ¡Maricone!.. ¡Veleta!...
-¡Pero abuelo!...
-La próxima preparate vos el mate cocido… ¡Te voy a dar geronte! La puta…
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8 Septiembre 2008
Estaba buena la correntina. Buena, buena. Yo tendría por entonces unos 18 años y ella 20 o un poco más. Los dos vendíamos terrenos –supongo que inexistentes- en la costa uruguaya. Mi novia de entonces me había convencido de dejar el laburo formal y correcto que tenía, con horario fijo, por esa utopía berreta y trucha que era vender terrenos en Uruguay. Lo mismo que estaba haciendo ella con resultado nulo. Cuando uno mira para atrás en su vida y se ve actuar de manera tan boluda, entiende algunas conductas de terceros en el presente.
Bueno, el caso es que la correntina aquella tenía fama de ser medio trola. El dato, aunque parezca increíble, me lo había dado mi novia. Decirle a alguien de 18 años, por más que sexualmente estuviera bien atendido, que hay otra fémina, que además estaba re-buena, que es trola, es como dejarle servido un vaso de agua fría a un sediento en el desierto, pidiendo que no lo beba.
¡Cómo me calentó la cabeza la correntina a partir de entonces! ¡Las fantasías que me hizo imaginar! En medio de esas ensoñaciones, claro, aparecía la figura de mi noviecita, grácil y etérea, pero entonces irrumpía de nuevo la potente silueta de aquella especie de vedette, como un tanque de guerra llevándose todo por delante. Por supuesto, no pasó mucho tiempo para que de las fantasías pasara a la obsesión por las realidades.
Aclaro que las ventas de terreno se hacían de manera individual y que no había chances de salir de a dos. O sea que estar a solas con la correntina, contando con la vigilancia estricta de mi novia, era poco menos que imposible. Pero, uno siempre se caracterizó por encontrar salidas y yo encontré una.
Cierta tarde me la topé de “casualidad” en el ascensor y fingí ir para el mismo lado que iba ella: para el barrio de Once. Allí fuimos. En el trayecto estuvo de lo más simpática conmigo, haciendo bromas, sonriéndome a cada rato con esa bocaza que me la hubiera comido allí mismo, en la calle, a la vista de todos.
Llegamos a plaza Once, lugar desangelado si los hay. Y nos pareció piola a los dos irnos a tomar un café justo enfrente, sobre la calle Pueyrredón, en una confitería muy amplia.
Nos sentamos a la mesa y la conversación pasó enseguida de las bromas y los chistes a los escarceos personales. Es decir, al prólogo de la infidelidad. El lenguaje se hizo más íntimo, más cálido. Me dijo que no estaba saliendo con nadie y que le gustaría hacerlo, que ya estaba extrañando la compañía masculina. Yo le mentí que estaba medio aburrido con mi novia (la pasaba fenómeno) y que pensaba que ella era muy linda y que no entendía cómo no estaba saliendo con nadie. Nos miramos un par de veces con doble intención, y nos tocamos las manitos muy tiernamente. Todo estaba dicho sin decirlo: de allí, al telo.
Pero…. esta maldita palabra. Pero…el diablo metió la cola. En realidad no fue el diablo sino el descuido personal. En cierto momento la correntina (ni idea de cómo se llamaba) se levantó para ir al baño. Verla irse fue un verdadero placer, porque tenía un cuerpo perfecto. Esperé ansioso su regreso bebiendo el café frío que quedaba en la taza, mientras imaginaba la batalla campal, cuerpo a cuerpo, que tendría lugar en pocos minutos. Eso imaginaba. Lo que no me había pasado por la cabeza fue que volvería del toilette con un moco pegado debajo de la nariz…. No era un moco más, un moco común, sino uno enorme que hizo que en una millonésima de segundo dejara de verla como una actriz porno para considerarla poco menos que un obrero de la construcción, con casco amarillo y todo.
Me enfrié, me congelé. Quedé tan paralizado por aquella secreción, aquella serosidad verde oscuro, que no tuve fuerzas para decirle “limpiate ahí”, con lo que, quizás, la historia hubiese cambiado. Pero no. Mientras yo miraba espantado poco menos que la cara de Bela Lugosi en calzoncillos, ella hablaba y hablaba, hacía mohínes, y me buscaba la mano - que yo retiraba con sigilo -, para avisarme que estaba lista para las dos horas de amor.
Y yo, nada. Mudo. Sabiendo que era tarde para decirle “limpiate ahí” porque ella se hubiera dado cuenta que estuve no sé cuánto tiempo mirándola sin hablar.
No sé que habrá pensado ella con mi repentino cambio de actitud. Recuerdo, eso sí, que le dije que estaba apurado para ir no sé adonde. Ella me dijo que también tenía que irse: se dio cuenta de que algo había pasado, no sabía qué, y no quería preguntar.
Ni se imaginaba que era por el moco, que seguía allí, como una banderilla en el lomo de un toro.
Que ya era toro y no vaca.
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4 Septiembre 2008
Quiero decir en este acto que nos convoca para honrar la memoria del doctor Jucelino Madames, que el recordado hombre de leyes fue uno de los espejos donde se miraron los hombres de bien y se arreglaron las mujeres de nuestra patria, persuadidos de que su conducta era un modelo a imitar, un paradigma de la democracia.
Jucelino, como le decían sus discípulos -permítanme la interjección, he sido uno de ellos-, fue grande en la adversidad y dos veces grande en la adversidad, y tuvo la energía suficiente para alimentar él solo las usinas de la honradez y las redes eléctricas de la decencia.
Forjado en el luminoso crisol del trabajo y las necesidades, honró el trabajo desde la primera hora, y también hizo sus necesidades. Todo a plena luz del día, sin que los mirones de siempre pudieran interrumpirlo.
Probo a carta cabal, cuando le tocó ocupar una banca en el senado debió optar entre ser un cretino o continuar firme con sus convicciones, eligiendo lo primero, como no podía ser de otra manera.
Este patricio y santo varón nunca resignó su profunda fe en nuestras posibilidades de crecimiento, ni siquiera ante la brutalidad de la globalización. Se mantuvo estoico, de pie frente al tren de los grandes intereses, que terminó por arrollarlo sin miramientos.
Sin embargo, nadie podrá decir jamás que lo vio de rodillas frente a ningún patrón del mundo, moviendo la cabeza hacia arriba y hacia abajo con la obediencia de una hetaira. ¡Todo lo contrario! Jucelino sabía cómo ocultarse de los enemigos.
Ya veterano en la lucha política, y algo desengañado, aceptó con alborozo la dirección del Banco Central, donde administró con gran sabiduría las finanzas del país, poniendo en la columna del “haber” lo que ingresaba, y en la del “debe” lo que sacaba.
Hoy, que se cumple el noveno año de su desaparición, demandamos su presencia. Y nos preguntamos: ¿Dónde están los bonos del tesoro? ¿Y dónde las reservas de oro?
Mientras esperamos que Interpol pueda dar con tu paradero, tus amigos, aquellos que alguna vez te ayudaron, te piden que les devuelvas lo prestado, ya que ahora puedes hacerlo.
Que les devuelvas sus títulos de propiedad y sus documentos. Sus extensiones de tarjetas y sus celulares, las llaves de su domicilio y sus perfumes importados. Sus automóviles y juguetes eróticos. Y el honor de sus mujeres, parientas e hijas mancilladas, Jucelino.
Qué lo parió…
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22 Agosto 2008
-¿Sabés lo qué pienso a veces?
-Alguna boludez, supongo.
-Pienso en esos pibes que hacen malabarismos delante de los autos, en los semáforos, ¿los viste?
-Cómo no.
-Bueno, que esos pibes, en realidad, hacen lo que hacen porque les gusta. Les encanta pasarse horas delante de los autos en cada semáforo… porque son así, extraños. En realidad, creo, todos ellos son millonarios. Están llenos de guita y aburridos. Y por eso hacen lo que hacen. Eso es lo que pienso.
-Pero Nano, vos cada vez estás más pelotudo…
-Eso es lo que pienso, no es que me lo crea. Otras veces pienso que todo el mundo, toda la gente, son actores de una película en la que yo soy el único protagonista, pero nadie me lo dijo. ¿Viste Truman Show? Bueno, algo así.
-Y vos sos el protagonista…
-Así es. Eso pienso.
-¡Que lo parió!…. Me parece que te hizo mal mirar tanto tiempo la cara de queso de De Angeli, el turro ése…
-Pero lo que te dije no es que me lo crea, sino que a veces lo pienso. Son cosas que me pasan por la cabeza, nada más
-Claro, claro….
-¿Te cuento otra?
-¡No, por favor!...
-¡Dale!... ¿Qué perdés?
-Reflejos.
-¡Dale, dale!
-Bueno, está bien.
-Gracias. Mirá, a veces pienso que tu mujer, la Polaca, en realidad no es una mina sino un tipo.
-….
-¡Ojo! No lo digo porque sea fea, hombruna… ¡No! Son esas boludeces que se me pasan por la cabeza … ¿No te enojás, Loro, no?
-…
-¡Son boludeces! Tenés razón… La Polaca, ja…
-…
-Con esas tetas que tiene, ¿no? La Polaca… Ja…
-…
-Con ese culo…
-¿Quién te dijo que es un tipo? Decime.
-¿Cómo quién me dijo? Nadie, son boludeces mías…
-No, no… A vos alguien te habló.
-¿Qué?
-Alguien te habló y te dijo. Mirá, lo de la Polaca es cosa mía. No te metas.
-Pero…
-Pero nada. Hablemos de otra cosa.
-….
-….
-¿Sabés lo que pienso cuando me como un bombón de licor?...
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