QUÉ DURA ERA LA VIDA EN LOS FORTINES, SOBRE TODO CUANDO VENÍA EL MALÓN
Tandil, 1835.
La tarde se había puesto plomiza de golpe, y el aire enrarecido. Casi toquetón. El silencio de la siesta empezaba a ser corrompido poco a poco por una ligera sacudida que nacía en el piso, crecía en las ramas de los árboles y se hacía adolescente en los techos de las casas.
-¡Cuidado! ¡Se viene el madón! –advirtió a duras penas Ayala con su media lengua. Hombre grande y valiente, había aprendido tarde a hablar. Y mal. La exagerada parquedad de sus padres lo había inutilizado para la oratoria.
-¡El madón! ¡El madón! –insistía.
-¿El marrón?
-¿Qué le pasa a éste? ¿Está alzado? –se preguntaban.
Hasta que la turba india, la nube de polvo que envolvía en el horizonte a la caballada del cacique Temblequeo, era demasiado evidente.
-¡El malón! –concluyó uno al fin.
-¿Y yo que dije…? – se resignó Ayala.
El pánico cubrió la villa como una mortaja negra. Todo era vértigo. Los que antes dormían, ahora iban a los saltos y en calzones buscando un fusil. Las mujeres desesperaban por sus hijos entre llanto y grito. Y los soldados, hartos de mate y truco, se agachaban entre la empalizada del fortín esperando la embestida.
-Seguro que vienen por tabaco, yerba y alcohol, como siempre, ¿no es cierto?... –comentó nervioso el capitán Funes.
-Si... si. Nos han tomado por un maxikiosco, estos salvajes – agregó el sargento Núñez.
-El problema, sargento, es que siempre se llevan alguna cautiva.
-Y a veces también la devuelven ¿Se acuerda de Martina, la linda? La arrebató ese Bizqueo, que ve poco, y casi se muere del susto… Era tan fea que le dolía la cara, mire…
-¿Era fea y le decían “la linda”?
-Una broma.
-Ah.
-Y la cosa no terminó ahí. Bizqueo se calentó tanto que nos quiso hacer juicio.
-¿Juicio? ¡Qué locura!...
-Perdió el juicio.
-¡Ah!... Lo hizo nomás…
-No. Digo que perdió el juicio: se volvió loco.
La charla seguía mientras los indios ya estaban frente al fortín
-Hay que tratar de mantenerse serenos, pensar en otra cosa… ¿Le gusta la mermelada de arándanos, sargento?
-Disculpe, capitán, pero la indiada quiere hablarle. Me preguntan por usted.
-¿Por mí? Qué amables…. Dígales que estoy bien.
-Quieren que baje del mangrullo, capitán. Dicen que si no viene, queman el fortín.
-¡Ya voy, ya voy!...
Y bajó el capitán. Ahí lo estaba esperando Temblequeo, montado en su pangaré. Detrás de él unos mil… unos diez mil indios.
-¿Usted es el capitán Funes?
-El mismo, don Temblequeo. ¿Qué se le ofrece?
El indio lo miró fijo como si estuviera haciendo cirugía plástica.
-Es lo que digo yo: qué se me ofrece… Porque recién llego y no se me ha invitado ni a desmontar, carajo.
-Desmonte nomás.
Y el indio desmontó. Y si arriba del caballo daba miedo, en el piso daba risa: era pequeño, no más de un metro y medio de altura. El capitán esbozó una sonrisa….
-¿De qué se ríe?
-Nada, nada Temblequeo… Mande nomás. ¿Qué precisa? Yerba, arroz, lentejas…
-Cautivas.
-¿Cautivas? No, no… no me queda nada. No me están entregando.
Temblequeo volvió a mirarlo fijo, como si precisara de anteojos.
-¿Se burla de mí, huinca?
-¿Yo? Cómo se le ocurre…
Siguió un silencio de esos que anticipan algo grave. Los indios miraban las espaldas de Temblequeo. Los soldados las del capitán Funes. Y Temblequeo y Funes se miraban las caras.
-Deme dos cautivas y una bolsa de yerba y no lo jodo más, Funes.
El Capitán se quedó sin palabras. La oferta era tentadora: dos mujeres por la vida de toda la villa, incluyendo la suya, por supuesto. Pero, ¿qué mujeres? ¿Qué dirían los maridos? ¿Qué dirían los soldados de tan tremenda agachada? ¿Qué dirían los libros de historia? Y las cautivas, además… Muchos dilemas para resolverlos tan rápido y así.
-Deme tiempo, Temblequeo. No es fácil…
-Tiene una hora. Después le quemó el fortín y todo el relleno.
Funes regresó a la empalizada y se puso a hablar con el sargento. Al fin y al cabo era el único que llevaba una tira arriba del hombro. El resto era tropa rasa.
-¿Qué hago, sargento? Estoy entre la espada y la pared.
-Y por qué no se corre más para acá…
-No joda.
Temblequeo los miraba cuchichear. De pronto parecía que llegaban a un acuerdo, pero enseguida alguno de los dos milicos se golpeaba la frente con la mano, como si se hubiera acordado de algo que invalidaba todo y volvían a conversar. Y así un buen rato, hasta que el cacique perdió la paciencia.
-¡Ya perdí la paciencia, huinca! –dijo con voz firme.
El capitán y el sargento se miraron con terror.
-Es que no es fácil, cacique. Por qué no arma un malón y se lleva lo que encuentre, así, al azar -sugirió el sargento Núñez
Temblequeo miró hacia atrás, como esperando alguna señal de los suyos, y volvió a convocar al capitán.
-Me parece que tiene problemas, ¿no? –contemporizó. Su voz era otra, como si antes la hubiera impostado y ahora estuviera charlando con un actor amigo en el camarín.
-Y si…. Vio como son estas cosas.
-Mire huinca… no…
-¿Por qué me dice huinca?
-Déjeme terminar, después le explico. Me parece que podemos arreglar con una cautiva. U-na so-la… más una bolsa de yerba y un fardo de tabaco. ¿Cómo lo ve? No lo quiero presionar tanto.
-Mucho mejor, mucho mejor –se entusiasmó el capitán- Enseguida vuelvo –prometió.
Y se reanudó la charla entre el capitán y el sargento. El resto de los milicos miraba con un ojo a sus superiores, con otro a los indios y con el otro la punta de sus fusiles. Las gotas de sudor que araban sus caras ya habían formado canales. La indiada, entre tanto, mantenía erguida la vista y enhiestas sus lanzas, como si posaran para un cuadro de Molina Campos.
-Venga, don Temblequeo –convocó al final el capitán Funes. El jefe indio se acercó con recelo, que así se llamaba su caballo.
-Aquí estoy.
-Hemos hecho un censo rápido a ojo de buen cubero, y la verdad que esta vez no le podemos dar una cautiva.
-¿Cómo?...
La pregunta del indio salió disparada como chicotazo, repercutió en los oídos del capitán, pegó contra la empalizada del fuerte y se perdió entre los yuyos.
-Esta tarde no… Vea, le explico –dijo el capitán con temor de que fueran sus últimas palabras- Las mujeres que quedan están viejas y gordas… Y hasta hay una que no tiene pelo. Ustedes ya se llevaron las mejores…
-Pero… ¿Cómo es posible?
-¿Lo del pelo?
-¡No!.. Que no queden muchachas jóvenes y hermosas… ¿No le queda ninguna modelo? - se relamió con lascivia el indio.
-Si. Una modelo 43… Vea Temblequeo, nadie se anima a venir para acá últimamente. Dicen que hay mucha inseguridad. Aunque ahora que me acuerdo…
-Ahora que se acuerda qué, Funes… ¡Hable o lo chuceo aquí mismo enfrente de sus soldados, carajo!
-¡Epa!... Cómo se puso…
-¿Y cómo quiere que me ponga! Yo no estoy jugando. Hable. Hable Funes o me dejo de llamar Temblequeo y la pu…
-Bueno, bueno… Está bien. Me queda una cautiva.
La noticia trajo alivio a los soldados, que ya se la veían brava. Hubo un relajamiento general y se oyeron soplidos y peditos.
-¡Y qué espera para traerla, Funes! ¡Traiga la cautiva, carajo! Me cache en dié, la pu…Que me hace embalar, che… Que me hace embalar y sudo como gitano, Funes…
-Está bien, está bien –lo tranquilizó el capitán- Ya la hago llamar. Pero, ¿no quiere antes conocer algunos detalles?
-¿Algunos detalles?
-Si, si. Nombre, edad, medidas… esas cosas. ¿Le interesan?
-¡Y claro que me interesan!.. A ver, lo escucho. ¿Cómo se llama?
-José.
-¿José?
-María José.
-¡Ah! –replicó el indio pasándose una mano por la frente-. Este… ¿Y cuántos años tiene?
-Veintipico….
-¿Veintipico?... ¡Muy bien!... Veinticinco, veintiocho…
-Treinta y seis.
-No dijo…
-Veinte… y un pico de dieciséis más. ¿Le parece mal?
-No… Está bien, está bien… ¿Y las medidas?
-Noventa sesenta noventa.
-¿Noventa sesenta noventa?... ¡Perfecto! Es la mujer ideal.
-Noventa de altura, sesenta de tetas y noventa de culo.
Una flecha de hielo atravesó el corazón de todos los presentes. La revelación del capitán dejó sin sangre las venas de todo humano a cien metros a la redonda, anticipando un irremediable destino de tragedia griega. El silencio se hizo tan ensordecedor que a dos soldados y un indio les sangraron los tímpanos.
“No está mal” se creyó oír entonces entre el estruendo de los corazones agitados y las respiraciones aceleradas.
“No está mal”, articulado con una vocecita fina, algo melosa, asomándose apenas entre la multitud de quejidos y convulsiones.
“No está mal” saliendo de la boca del pequeño cacique, satisfecho de haber encontrado al fin lo que en el fondo siempre anduvo buscando.


Común dijo
Hola!!!!!
Contado así da risa, jijiji, pero debe haber sido muy difícil para ambos bandos, lastima que en lugar de fortalecerse, desapareció una de ellas…..
Un abrazo de oso.
28 Septiembre 2010 | 04:23 PM