LO LLEVO EN LA SANGRE
“Los cohetes han producido desgracias lamentables, entre las que recordamos se encuentra el caso de la señora doña Micaela Peralta, de 32 años de edad que, llena de vida, asistía a la función de la Recoleta acompañada de sus tres hijitas cuando, repentinamente, un cohete volador, atravesando el espacio horizontalmente, fue a herirla en la frente, despedazando el cráneo y produciendo una muerte inmediata…”
-¿Eso cuándo fue?
-En 1800 y pico, en Buenos Aires. Lo cuenta José Antonio Wilde en Buenos Aires desde setenta años atrás. ¿Sabés a qué se refería? A los festejos del 25 de Mayo. El famoso cohete era fuego artificial, una cañita voladora, supongo...
-¡Qué lo parió!
-¿Y sabés quién era esa mina, Micaela Peralta? Mi tatarabuela…
-No…
-Y una de sus tres hijitas, obvio, mi bisabuela. ¿Sabés cómo murió mi bisabuela? De una bala perdida. Festejaban otra vez el 25 de Mayo, allá a fines del ochocientos cuando una bala perdida le cayó justo en medio del marote, de la cabeza. Fatalidades, que les dicen…
-La puta… No te puedo creer, la verdad…
-Y eso no es todo. Mi abuela…
-No me digas…
-No, mi abuela no. La hermana de mi abuela, mi tía abuela, ¿sabés cómo murió? Caminaba por la avenida Alvear, arteria elegante si las había, cuando de repente un piano se le cayó encima. La hizo crema.
-¡Qué desgracia!... Esteee, ¿fue un veinticinco de mayo también?
-No.
-Menos mal.
-Se rompió una cuerda… en fin. Decí que era un Steinway, por lo menos.
-Un Steinway ¿Qué importancia tiene?
-Y… no es lo mismo que te aplaste un piano de estudio marca pichicho. Pero la historia no acaba allí. Un primo de mi mamá, Eladio, no sabés cómo murió…
-Dale, contá. Ya estoy regalado…
-Caminaba tranquilamente, y subrayo eso de tranquilamente porque era un tipo muy atildado, un nene bien, impecable, traje y corbata, yo qué sé… Caminaba, decía, muy duque por una calle de Mataderos cuando desde la ventana de una casa salió disparado un corcho de sidra, con tanta puntería y violencia que se le incrustó en un ojo. Lo llevaron de urgencia al Santa Lucía, todo bien… Pero el caso es que se le hizo una infección que lo terminó llevando al viejo… En fin.
-Qué te puedo decir… Todas maneras pelotudas de morir, la verdad. Parece un mal de familia.
-Espero que no.
-Morir así, tan al pedo…
-Y…
-Como si uno al cruzar la calle con un amigo, justo en ese momento, sufriera un paro cardíaco y quedara seco, poco después de decir, por ejemplo, “parece que hoy va a llover”… Que feo que con el tiempo alguien preguntase cuáles fueron sus últimas palabras y tengan que decir “parece que hoy va a llover”…
-Triste, la verdad. Mejor morir en una batalla o aplastado por un Rolls Royce.
-Si.
-Escuchá esto otro y no te jodo más. Mi sobrino, un pibito, no sabés cómo murió…
-¡No me cuentes una de pibes!
-Rapidito. Estaba en Mc Donalds comiendo una hamburguesa con unos amigos. Al rato fue a buscar una coca al mostrador, y viste cómo son en ese lugar, todos andan a mil por hora, a la puta que lo parió, de aquí para allá, a los pedos. Bueno, el caso es que uno de los empleados que limpiaba las mesas, de torpe, le dio un codazo en el hígado. Nada del otro mundo. Pero el pibe se agachó por reflejo al mismo tiempo que alguien abría la puerta de una heladera… ¡Pum! Flor de tortazo en la frente: al suelo. Al instante, porque todo fue muy rápido, por el escándalo, retrocedió una de las filas que había frente a una de las cajas, y todos, todos, fueron pisando al pibe dando saltitos…
-¿Cómo dando saltitos?
-Es que todos se espantaban cuando sentían un cuerpo debajo y daban un par de saltitos… por la impresión, supongo… Bueno, te la hago corta. Parece que uno le metió un tacazo en el diafragma, yo que sé… Se quedó sin aire… En fin.
-Qué bárbaro…
-Y sí.
-Y vos, ¿no tenés miedo de que te pase algo así, tonto e inesperado?
-El otro día se cayó uno de esos balcones coloniales que hay en San Telmo. Por suerte iba por la vereda del frente. ¿Sabés qué pensé en ese momento? Quién habrá vivido alli, porque es una casa viejísima. ¿Y sabés lo que averigüé? Era la casona de la familia Peralta, la de Micaela, mi tatarabuela. Hoy es el museo del vestido o algo así.
-¡No me digas!
-Eso ocurrió el 25 de mayo, ¿qué tal? Y eso no es todo. El otro día visité el museo, te imaginarás. Lo primero que vi en la sala principal es un piano Steinway.
-¡Qué ironía!
-En otra de las salas hay un cuadro de mi tatarabuela. Está sentada, tres cuartos de perfil como se pintaba entonces… le descubrí una sonrisita, breve, una insinuación nomás.
-Un sonrisita…
-Si, como diciendo “ya te va a llegar a vos también”…
-Qué imaginación… Estás un poco obsesionado.
-¡No! que va… Estoy prevenido, eso sí. Y me cuido bien. Por ejemplo, cuando veo una obra en construcción cruzo la calle por las dudas de que a un albañil se le caiga el fratacho. O cuando hay un desfile no salgo a la calle por si a alguno se le escapa un tiro. No te olvides que son todas muertes pelotudas, exabruptos del azar…
-…
-Nunca paso entre dos autos estacionados ni cambio la bombilla eléctrica ni piso esas plataformas de madera que se ponen en las veredas cuando hacen arreglos, por las dudas de no terminar cinco metros bajo tierra o electrocutado…
-Bueno, che, basta de tanta pálida y disfrutemos de la comida que ahí llega.
-¿Qué pediste?
-Trucha con salsa holandesa, el plato de acá. ¡Mirá lo que esto! Ni te imaginás lo que es esta salsita con espárragos… ¿Querés probar?
-Dale.
-Cuidado con las espinas.
-…
-¿Y? ¿Qué te parece?
-…
-¿Y?
-…
-Negro, estás morado… respirá… ¡Mozo!


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