LA VACUNA
-¿Sabés qué es lo que siempre me divirtió más? Que al canchero, al tipo que se hace el piola con algo, le salga el tiro por la culata. Que mientras te esté mirando muy ufano se le venga la maroma por detrás sin que se de cuenta.
-¿Cómo es eso?
-Te lo explico con un ejemplo. Cuando me fui a hacer la revisación para entrar en la colimba todos teníamos un cagazo padre. ¿Sabés por qué? Porque te aplicaban una vacuna en la espalda que decían que dolía mucho, que era puro aceite... ¡Si hasta le teníamos más miedo a la vacuna que a pasarnos un año en Zapala!...
-¿Era para tanto?
-¿Era para tanto? Cómo se nota que vos te salvaste... Mirá, se contaba que esa vacuna no solo era dolorosa, una verdadera carnicería, sino que sus efectos también eran destructores. Aseguraban que, después de aplicada, la pija no se te paraba por un mes, que te provocaba vómitos, fiebre, seborrea, yo qué sé...
-Exagerás.
-Si, exagero, exagero... Pero, bueno, el caso es que llegó el fatídico día de la vacuna. Y allá estábamos los pollitos esperando turno en el matadero... Era en los cuarteles de Palermo, me acuerdo. Estábamos afuera, en un patio, unos cuarenta, cincuenta pibes con un cagazo padre. Los milicos iban llamando de a uno, por el apellido, y ahí tenías que entrar al edificio. Cada vez que salía uno, llamaban al siguiente. Nosotros campaneábamos a los que salían para ver sus reacciones, adivinar como se sentían, entender cómo habían hecho para sobrevivir...
-¿Y cómos salían los pibes?
-¡Hechos mierda!... Pero no todos, claro. Estaban los que salían como habían entrado, inmutables. Esos nos despertaban alguna esperanza de salvación, pero eran la minoría. Casi todos salían con la mirada perdida, encorvados, con lagrimitas en los ojos... Te juro que cada vez que me acuerdo se me pone la piel de gallina...
-¿Y?
-Esperá. Después estaban los cancheros, de los que te quería hablar. Esos salían con el torso desnudo y la camisa en la mano, porque era febrero. Salían con la camisa en la mano y te miraban con suficiencia, como diciendo “yo me la banco”, y se iban poniendo la camisa mientras caminaban despacio. Esperaban quealguien se acercase a preguntarles y uno lo hacía, porque podían más las dudas, el temor, que la certeza de recibir una respuesta trucha. Porque te contestaban que no era para tanto, que ni sintieron el pinchazo y otros cuentos por el estilo. Estoy seguro de que les dolía hasta la vesícula, pero disimulaban para hacerse los valientes, los hombrecitos... ¡Yo odiaba a esos tipos!... Hasta que pasó lo que tenía que pasar.
-¿Qué pasó?
-Pasó que salió uno de esos tipos, los del torso desnudo y la camisa en la mano... los cancheros. Pero ese era el peor de todos. Caminaba despacio el guacho, como arrastrando los pies, y nos miraba a todos a los ojos con una sonrisa en los labios... Mirá, si hasta no hizo falta preguntarle nada. Mirando así, al bulto, tiró: “No pasa nada...”. No me olvido más: “No pasa nada”, dijo y siguió caminando despacio... Hasta que nos dio la espalda y lo que vimos nos horrorizó: tenía como un huevo a la altura del omóplato derecho, del que corría un hilito de sangre... No pudimos reprimir un especie de aullido de terror que el pibe alcanzó a oír...
-¿Y qué hizo?
-Se detuvo al instante y se llevó una mano a la espalda... Cuando sintió el huevo debajo de la palma y notó que no solo tenía una hinchazón sino que le salía sangre, se le descompuso la cara y se quebró...
-¿Se puso a llorar?
-No, no... se quebró literalmente. Se agachó y se llevó las manos a la cabeza. Yo no dije nada, pero se me debe haber escapado una sonrisa...¡Mirá al canchero! Mucha pinta, mucha suficiencia y terminó peor que nosotros...Ahí, mirá vos, se me fueron los temores. Me dije “de algo hay que morir” y cuando escuché soldado Piovera supe que iba a entregar mi espalda con honor.
-¿Y fue así?
-Más o menos. Después de la aplicación me desmayé... ¡En serio! Me tuvieron que llevar al dispensario, acostarme en una camilla y darme de beber licor de las hermanas... Pero yo no me había hecho el canchero, así que tenía todo el derecho de caer redondo...
-¡Qué lo parió!
-¿Qué te pasa, Mendieta? Pidamos otro Gancia, dale...
-Bueno.


M dijo
Aparentemente, macho es el que lo vacunaron, se desmayó y lo cuenta.
1 Diciembre 2007 | 05:18 PM