GOLES SON AMORES
Aquella tarde sabía que todo el país iba a estar prendido del partido Argentina-Jamaica, por la final de la Copa de Malasia. Pero él, aunque futbolero de ley, se había propuesto ausentarse, abstraerse del acontecimiento e irse a leer el diario al Solórzano. ¿Por qué? Sencillamente porque su cabeza estaba en otro lado: el viernes lo iban a operar de hernia y andaba con un cagazo de novela. Y necesitaba distraerse. Y como era un futbolero de ley, un pasional, no iba a conseguir distracción viendo un partido de fútbol. Y menos de la selección. Mirar al equipo de Basile lo iba a poner tenso, dolorido, agarrotado, vociferante. No, no era eso lo que necesitaba entonces. Prefería la lectura del diario, las noticias, los bombardeos en Irak, las inundaciones en Gran Bretaña, la cría de gusanos de seda en Túnez... Cualquier cosa menos ver un partido de fútbol.
Pero ese día jugaba la selección, y todo el pueblo del Solórzano estaba prendido a la tele, allá en la punta del salón. Por eso, por los gritos, las puteadas y todo lo demás, eligió sentarse donde nunca lo hacía, en el otro extremo, al lado del baño, a pesar de la baranda que despedía la puerta vaivén cada vez que se abría o cerraba.
Los ecos del partido, sin embargo, llegaban. Era imposible sustraerse al quilombo que había en la otra punta. De vez en cuando alzaba la vista y carpeteaba las caras de la gente para saber cómo iba la cosa. Se le ocurrió pensar en ese momento lo maravilloso de la gestualidad humana, cómo con aquel simple dato le bastaba para enterarse si avanzaba la Argentina con peligro de gol o los jamaiquinos estaban a punto de patear un penal. Y con eso se conformó.
De pronto, un viejo se desprendió del grupo de la punta y empezó a caminar en dirección a su mesa. Supuso que iría al baño y siguió leyendo. Pero no, el viejo se detuvo antes de abrir la puerta y se sentó enfrente de él sin pedir permiso.
-Carlos García –le dijo sin más trámite.
-¿Perdón? –atinó a responder.
-Carlos García. Ya nadie se acuerda de Carlos García –siguió diciendo el viejo sin inmutarse.
-Luis Pasquini, mucho gusto –respondió por cortesía y le tendió la mano. Pero el viejo no le devolvió el saludo. No había ido hasta su mesa para presentarse ni porque quisiera conocerlo. Había ido hasta allí para descargarse, para desahogarse. No le importaba el interlocutor mientras tuviera forma humana y se mantuviera quieto.
-Allá por 1904 –siguió diciendo el viejo- el fútbol era solo para los ingleses. Ellos los habían traído, era su exclusividad. Lo jugaban los obreros del ferrocarril inglés, los alumnos de los colegios privados ingleses, la comunidad británica en general. Por eso en 1904, cuando se formó la primera selección argentina para jugar con los uruguayos, todos eran ingleses o hijos de ingleses. Me acuerdo de la formación: Mc Kinley, Stewart y Jones, Brown, James y otro Brown, Williams, Ferguson, otro Brown, Finley y...
-¿Y...? –dijo por respeto al viejo, no porque le interesara saber el apellido restante.
-Y García. Carlos García. No tuvieron más remedio que aceptar a un criollo como wing izquierdo. ¡Era toda una novedad! Pero García era un fenómeno, un verdadero fenómeno. ¡Qué me hablan de Maradona, ahora! Aquel si que era crack-crack... ¿Sabe lo que hacía García?
Miró al viejo con algo de piedad y resignación. Siempre le tuvo cariño a los ancianos, pese a que los de su familia eran tan malos que cada vez que escuchaba la frase “hierba mala nunca muere” se le hacía un nudo en el estómago y le corría un sudor frío por la espalda. Pero también había conocido otros viejos, abuelos de amigos, muchos de ellos adorables o muy sabios. Eso lo reconcilió con la tercera edad. Por eso aquella tarde, después de la pregunta pendiente que había dejado la visita, se llenó otra vez de buenos sentimientos. Dibujó una sonrisa como si el relato le interesara y dio vía libre a la explicación del viejo:
-Hacía de todo García. ¡De todo!... Era capaz de mantener la pelota en el aire como un hora y cuarto... Y hacía goles también. No era solo habilidad de circo, sino que era un goleador temible. Nunca bajaba de cinco o seis por partido...
-¿Cinco o seis? Qué barbaridad... –comentó.
-Cinco, seis, siete y ocho también... ¡Era un fenómeno García! Por eso lo pusieron los ingleses. Lennon lo descubrió...
-¿Lennon?... Igual qué...
-Sí, igual que el whisky, ya sé. Ese Lennon era el entrenador. Lo descubrió un día jugando a la pelota a los costados de la vía del ferrocarril. ¡Quedó deslumbrado!... No podía creer cómo un criollo, un hijo de esta tierra, podía jugar así al fútbol. Por eso lo llevó a la selección. Pero aquel día del partido con los uruguayos las cosas no salieron bien...
-¿Qué pasó?
-García se había agarrado un pedo tísico con alcohol de quemar. ¿Vio ese alcohol que es azul? Bueno, García era un fenómeno pero una verdadera bestia también. No sabía leer y confundió el alcohol de quemar con una botella de Curazao... Y ese día estaba boleta... No podía parar una pelota. Ni siquiera sabía donde quedaba el arco contrario. Para colmo, los uruguayos se habían puesto en ventaja....
-¿Estaban ganando?
-¿Y qué dije yo? ¡Claro que estaban ganando!... ¡Seis a cero estaban ganando!... Porque en aquella época sí que se hacían goles, no como ahora. Las defensas eran un flan: dos tipos tenían que marcar a cinco delanteros. Ninguno quería bajar para defender, lo consideraban una traición al buen juego...
-Dos contra cinco... me imagino.
-¡Qué se va a imaginar!... ¡Qué sabe usted!... ¿Acaso vivía por entonces? Por favor...
El viejo era medio cascarrabias, medio cabrón. Pero Pasquini lo dejó hablar.
-Seis a cero y solo quedaba un tiempo para revertir la situación. Para intentar la hazaña. Cuando llegaron al vestuario los ingleses se le fueron al humo a García. Lo querían matar a trompadas. Pero Lennon no los dejó. El sabía que estaba en pedo y tenía la solución. Agarró aceite verde, ese que usaban antes como linimento, lo mezcló con saliva y whisky, que siempre tenía en una petaquita del bolsillo, y se lo hizo beber de un trago, sin respirar...
-Y ahí se recuperó...
-¡Qué se va a recuperar!... Se puso a saltar como una rana, se pegaba la cabeza contra la pared, tiraba trompadas al aire... Hasta que vomitó. ¡Cómo vomitó ese cristiano, dios mío! No paraba nunca. Se estremecía cada vez más, se arqueaba en el aire, se le salían los ojos de las órbitas... ¡Un cuadro dantesco, si me permite la referencia!... Como habrá sido la escena de lastimosa que hasta los tipos que antes lo querían matar a trompadas se le fueron encima a Lennon y lo agarraron del cuello al grito de ”¡Asesino, asesino!”...
-Lo querían estrangular...
-¿Y yo qué dije? ¡Claro que lo querían estrangular! No iban a querer darle un beso... Pero de pronto, cuando ya Lennon se estaba poniendo morado, García dejó de moverse. Se quedó quieto, petrificado... Dejó de vomitar, recuperó el habla, la razón... Los ingleses soltaron a Lennon sin poder comprender la nueva situación.
-¿Qué pasó?
-¿Cómo qué pasó? Se curó. El hombre se curó con el remedio de Lennon. Estaba de nuevo en sus cabales.... Había vuelto en mí.
-En sí.
-Y sí, como dice usted... Todo había vuelto a la normalidad. Y por eso, en el segundo tiempo, le pudimos ganar a los uruguayos siete a seis. ¿Y sabe quien hizo los siete goles?
-García.
-García, sí señor. Los siete goles los hizo García. Y ahora esos imberbes de la otra punta me vienen a decir a mí que me calle, que no sé nada de fútbol... ¿A usted le parece?
Se hizo un silencio y quedó la pregunta flotando. ¿Qué podía decirle Pasquini al viejo para consolarlo?
-¡Qué increíble su memoria!... ¿Cómo hace para acordarse de aquel partido de 1904? Mire que pasaron una ponchada de años– se le ocurrió comentar.
-¿Qué cómo hago? Pregúnteme el apellido....
-¿Cuál es su apellido?
-García.
-¿Usted es García? – estalló asombrado.
-Shhhhhh.... Que estoy de incógnito –pidió el viejo..
-¡Pero eso es imposible! –replicó- ¿Qué edad tiene usted?
-¡Ahora me sale con eso de la edad!... Usted al final es como los otros de la otra punta. Se cree que porque uno es viejo habla pavadas...que no sabe nada de fútbol... ¡Por qué no se va allá con los otros, carajo!... –soltó el viejo iracundo Y de inmediato se levantó y se fue del bar puteando por lo bajo.
Pasquini se quedó duro, pero el grito de ¡gooool! que retumbó desde la otra punta del bar lo sacó del letargo. Salió corriendo hacia donde estaba el televisor y empezó a abrazarse con todo el mundo dando saltitos.
El último en abrazarlo fue el viejo García, que había vuelto al bar al escuchar el grito.


distorsion visual dijo
Mira si me abrá influenciado esa foto del costado que me lo imagino a Garcia como al de la flia. Falcon, buena historia, saludos.
29 Julio 2007 | 07:59 AM