¡GLORIA Y LOOR PARA EL MÁS GRANDE ENTRE LOS GRANDES, PADRE DE LAURA, GUERRERO INMORTAL!
Autoridades del establecimiento; profesores; padres; alumnos. Un día como hoy pero de 1815 el general Liborio del Corazón de Jesús Sarrasani cumplía la hazaña más impresionante de nuestra historia. Guiado por el sentimiento de patria que se le había adherido al cuerpo y a cada una de sus entrañas como una eczema, cruzaba las Salinas Grandes para enfrentar al vil ejército español. Lo acompañaba un reducido grupo de valientes, poco más de una decena de hombres cuyo nombre todavía es ignorado por la posteridad. Olvidados mártires que se hicieron humo aquel día quizás como producto de la metralla enemiga, quizás porque la historia, como bien sabemos, la escriben los que ganan. O quizás, y perdón por ser redundante, porque huyeron a último momento cuando la derrota era inminente. ¿Qué habrá sido de aquellos prohombres, de aquellos sacrificados patriotas que abandonaron las Salinas Grandes al galope dejando a su general solo frente a los regimientos realistas? Dios sabrá, pero todavía no lo dijo.
Decíamos que nunca podremos olvidarnos de aquella hazaña cumplida el 14 de noviembre de 1815, pese a que algunos historiadores sostienen que fue el 21 de agosto de 1819 y otros el 1 de enero de 1845. Una hazaña, señores, cuya memoria produce escozor y algunas ulceraciones. Ese día, magno día, el general Sarrasani atravesó la inmensa soledad de las salinas a bordo de su caballo blanco, el inmortal Tangarica, sobre el cual se han escrito tantos poemas y bailado tantas pavadas... pavanas. Hoy lo podemos contemplar embalsamado, al caballo, por supuesto, en una sala del museo de la Merced, con el porte gallardo, la cola erecta y los ojos vidriosos, seguramente por el material empleado por el taxidermista.
¡A qué tremendo desafío se sometió Sarrasani aquel día tan caro para nuestra historia! Tozudo y arrojado, nuestro héroe desoyó los consejos de los miembros del Cabildo y tomó por el camino más difícil, el menos recomendado, el que seguramente lo llevaría a la derrota, como así ocurrió finalmente. Pero nada le importó. ¡No le importaba nada a Sarrasani! Solo le importaba su orgullo y su egoísmo de patriota, aquel sagrado sentimiento que le deparó tantas alabanzas y escupitajos.
Un día como hoy, decía, el valiente general se internó en las Salinas Grandes con la necedad que solo tienen los grandes de verdad. Hizo caso omiso a quienes decían que donde debía internarse era en un manicomio. ¡En un manicomio! ¡Nuestro héroe inmortal, el loco Sarasani! ¡Por favor!... disculpen mi exaltación, señores... Aquel día, decía, el genial delirante horadó las sales minerales con los cascos de su rocín, torturó sus retinas con el cruel reflejo del bicarbonato de sodio... ¿Perdón?... Acá me dicen... Ah, si... Gracias. Acá me dice la profesora de Química que la sal es cloruro de sodio. Gracias. Disculpen mi ignorancia. Decía que al héroe máximo de nuestra argentinidad no le importaban los escollos del camino ni la inutilidad del esfuerzo; no le importaban las dificultades ni las balas enemigas... Solo le importaban dos cosas: imponerse en la batalla y su gloria personal. Aquella tarde aciaga, cuando cientos de miles de casaquillas rojas se interpusieron en su camino apuntando con sus rifles a su cabeza una sola idea pasó por su mente; una única idea, como siempre le sucedía. Esa idea era la de conseguir nuestra independencia y un casco que lo protegiera. Pero no tuvo tiempo, señores. La providencia ya había fallado, y cuando falla no hay arreglo posible. Las balas atravesaron su morrión y su uniforme, trazaron surcos en su piel y hasta dibujaron algunos signos graciosos con los rastros de pólvora. Y Sarrasani, el gran Sarrasani, cayó de su caballo para no volver a levantarse. En vano intentaron los españoles reanimarlo diciéndole que las balas eran de salva... Nuestro valiente guerrero no volvió a ponerse de pie debido a una rotura de meniscos... ¡Herida gloriosa que lo ubicó para siempre en el panteón de los libertadores!
Sus últimos años los pasó en su cómoda quinta de Los Alerces, donde recibía de vez en cuando a sus amigos de siempre, aquellos españoles que le habían perdonado la vida en la batalla por considerarlo un inútil. Hasta ese sacro refugio llegaban de vez en cuando las multitudes para abuchearlo y escracharlo.. ¡Oh cruel destino el de los grandes!... Pero Sarrasani sabía que la historia le iba a hacer un justo homenaje a su memoria. Por eso, señoras y señores, es que hemos organizado acá con los alumnos un partido homenaje en su recuerdo. Será el próximo domingo en la cancha de Deportivo Cambaceres contra un combinado local. No falten. Lleven cubiertos y platos porque al final va a haber un asado. Muchas Gracias.


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Mamporrero dijo
Loor y gloria al imaginativo y cachondo Enmascarado.
Alguien te tiene que hacer un hueco como guionista, por ejemplo, de lo próximo que haga Darín u ocupar la plaza libre que cualquiera de los Lhutiers, tan viejitos ellos pero tan geniales, dejen a no tardar....El caso es que tanto ingenio debería ser patrimonio de la humanidad, en serio.
5 Diciembre 2006 | 06:08 PM