HISTORIAS DE PAGO CHICO
Las cosas no andaban bien entre la peonada de La Protuberancia. Sobre todo desde la llegada de aquel muchacho rubio y fornido que tenía el mal hábito de no hablar y mirar siempre para abajo, como si los demás no existieran. Eso no era bien visto por sus compañeros de tareas rurales. Nunca saludaba, nunca un guiño, una seña... nada de nada. Es más: comía solo debajo de un árbol como un perro guacho y jamás participaba de las mateadas o de los asados. Tanto aislamiento se prestaba para los malos entendidos:
-¿Sabés que de que me enteré? -le dijo un día el Zoilo a Nicomedes.
-¿De qué?
-¿Viste al rubio?
-Si.
-Bueno. Parece que además de soberbio y raro también es racista.
-¿Racista? ¿Y por qué lo decís?
-Me dijeron que se hace llamar “el ario”.
-Hilario.
-¿Hilario?
-Claro, se llama Hilario Robles.
-Ah... no sabía...
Y así seguían las maledicencias hasta que una mañana, mejor dicho una madrugada, mientras los peones esperaban mateando en la cocina la salida del sol para empezar con sus tareas, se hizo presente el Hilario. Silencio absoluto, como si hubiera entrado un fantasma. El Hilario, que hasta ese momento no había dado ni cinco de bola a nadie se acercó a la mesa grande de madera y luego de pedir permiso se sentó en un banco cerca de la cabecera. A su lado quedaron el Zoilo y el Nicomedes.
-¿Se puede un mate? –preguntó con timidez, y el Zoilo, que era quien cebaba, no tuvo más remedio que pasárselo, aunque con un gesto poco amistoso.
Después de una ronda cumplida en el mayor de los mutismos, donde solo se oía la queja aguda de las chupadas, Nicomedes se animó al diálogo:
-¿Y usted de dónde viene?
-De acá nomás, de La Zancadilla.
Tenía la voz metálica, extraña, como si se le hubiera atorado una arandela en la garganta. Los peones lo escuchaban pero no lo miraban. Al que miraban era al Nicomedes, de quien esperaban que se atreviera a una nueva pregunta. El compromiso era enorme y Nicomedes lo sentía sobre todo su cuerpo: las manos, que empezaron a transpirarle; los pies, que le hormigueaban; la lengua, que se le secaba como a los loros. Se imaginó por un instante en la cancha de River frente a la pelota a punto de patear un penal que definía el campeonato. El corazón le latía más fuerte que nunca. Hasta que estalló:
-¿Y usted porque anda solo por ahí, sin hablar... Acá somos todos compañeros, sabe? –disparó con el último aliento que le quedaba mientras los jugadores de su equipo imaginario se le arrojaban encima para festejar el gol de su vida.
-Es una larga historia...-contestó Hilario, que hasta entonces había hecho abuso de las respuestas cortas.
-Cuente, cuente...-se animó después el Zoilo, con la valentía que deben sentir los de artillería al recibir la orden de fuego después de que los infantes iniciaron el avance.
E Hilario inició su relato:
-Yo, en realidad, no soy humano. Nací en el planeta Ogdón, de la constelación de Andrómeda y tengo 1.236 años, si los comparamos con los parámetros de la Tierra. Estaba explorando este planeta para ver si era posible iniciar una colonización cuando de repente se me trabó el embrague...
-¿El embrague de qué? –intervino Nicomedes más que estupefacto.
-El de la nave, por supuesto. Es decir, me quedé sin cambios. Traté de continuar salteando la primera y pasando a la segunda directamente, pero fue peor: se me rompió toda la caja...
-¿La caja?
-La caja de cambios, sí. ¿Me pasa el mate, por favor? Gracias. Sigo. Como pude, aterricé la nave en un descampado que hay por allí. Por suerte era de noche y nadie la vio, así que la pude ocultar debajo de un ombú. La única presencia viva que encontré fue un chancho que andaba perdido vaya a saber uno por qué. Y como nosotros, los ogdonanos, tenemos forma de oso hormiguero, pensé que iba a ser un problema si me veían así...
-¿Entonces qué hizo?
-Cuente, cuente –lo apuró el Zoilo muy interesado.
-Me transforme en chancho.
-¡En chancho!
-¿Y por qué en chancho? –inquirió Nicomedes para que no quedaran cabos sin atar.
-Porque pensé que los humanos tenían forma de chancho.
-Ah, claro... –asintió el Zoilo.
-Y así –siguió Hilario- llegué hasta el primer lugar con luz que encontré, que fue el casco de La Zancadilla. ¿Conocen La Zancadilla?
-Si, claro –dijeron todos los de la mesa.
-Bueno, ahí entré con forma de chancho y a la mañana me mandaron para el chiquero. ¿Me alcanza un bizcochito, por favor? Gracias.
-¡Siga, siga...!
-Sigo. Estando en el chiquero pensé: ¿cómo pueden vivir así los terrícolas entre tanta inmundicia?...
-La verdad...-se escuchó en el fondo de la mesa.
-Había una baranda, un olor a mierda por todas partes que era insoportable. Nos alimentaban con comida basura o chatarra, como le dicen ahora. Pero eso no era nada. Lo peor fue que, sin saberlo, me había transformado en una chancha, una hembra. Y un chancho gordo y peludo que había por allí me quería montar. ¡La puta...!
-¿Le dijo puta? –preguntó el Zoilo.
-No, yo dije “la puta, cómo salgo de ésta”. Imaginesé...
-La verdad... –comentó alguien en la otra punta de la mesa.
-¡Siga, siga...! –lo apuró Nicomedes.
-Sigo. ¿Me alcanza otro amargo? Gracias. Y de no ser porque en ese momento venía la señora que alimenta los chanchos hubiera perdido el invicto...
Los peones rieron con ganas por la ocurrencia y a partir de entonces casi que confraternizaron con el Hilario. De paso, le rogaron que continuara con el relato mientras le acercaban la fuente con los bizcochitos.
-Gracias, la verdad que están deliciosos. En mi planeta no se consiguen. Les sigo contando. En cuanto vi a la señora deduje a la velocidad de la luz que pertenecía a la especie dominante de la Tierra, pese a su aspecto horrible, su joroba y su escasez de dientes. Allí no dudé un segundo espacial más y me transformé en un ser humano...
-¡En una mujer! –gritó alguien escandalizado.
-Y sí, en una mujer. ¿Yo que iba a saber..?.
-La verdad.... –repitió la voz de siempre desde la otra punta de la mesa.
-Bueno, el caso es que enseguida me dieron trabajo en la cocina. Y bajo esa apariencia hubiera permanecido en la Tierra a no ser por un pequeño inconveniente que tuve...
-¿Qué le pasó? –lo interrumpió Nicomedes con gesto de preocupación.
-Otra vez me quisieron montar. En un principio pensé que era de nuevo el chancho peludo del chiquero, pero no, era el hijo mayor del patrón, que se le parece bastante en el volumen y el olor...
-¡No me diga..! –agregó el Zoilo con la boca abierta.
-Ustedes me pidieron que cuente....
-¡Siga, hombre, siga! Es una forma de decir –aclaró Nicomedes.
-Bueno, sigo. ¿Otro mate? Gracias. Después del episodio con el hijo del patrón pensé que no me convenía ser hembra porque me iban a querer montar a cada rato. ¿Acá es así, no? Y me hice hombre, como diría Martín Fierro, y esta es la apariencia que tengo ahora. Anduve así un tiempo trabajando como peón en La Zancadilla hasta que me echaron por estupro...
-¿Por estúpido? –preguntó el Zoilo.
-Por estupro. Me calenté con una cochinita que andaba por ahí ...
-¿Con quién?
-Ya sé: la hija del patrón. ¡Es una ésa..! –comentó Nicomedes.
-No, con una chanchita joven, una cerdita de verdad... Un resabio que me quedó de mi episodio en el chiquero... No entendía todavía como era esto del sexo entre humanos. No se olviden que soy de Ogdón y me faltaban recopilar datos todavía... Además... la soledad del campo...
-La verdad... –la voz de siempre desde la otra punta de la mesa.
-Bueno, el hecho es que por culpa de esa turrita maloliente y del espectáculo que dimos a plena luz de día, me rajaron de La Zancadilla y aparecí aquí. Al principio no quería hablar con nadie, pero en cuanto noté que ustedes me hacían el vacío me decidí a acercarme... Y esa es toda la historia.
El silenció volvió a enseñorearse en la mesa de la cocina. Nadie sabía qué decir sobre la increíble historia contada por el Hilario, hasta que el Nicomedes, otra vez, fue quien cortó el mutismo.
-¡Esa no me la creo!...
-¿Perdón? –le respondió Hilario.
-¡Qué esa no la creo!... ¿Vos te pensás que porque somos peones de campo vamos a aceptar esa historia? ¿Nos viste cara de idiotas?..
-Discúlpeme, amigo, pero es toda la verdad....
-¿Toda la verdad? –insistió- ¿Toda la verdad? ¿Y entonces cómo explicás esto? Hace un año estuvo por aquí otro peón, el Délfor. El también, como se acordarán los muchachos, era de otro planeta. Si no me falla la memoria se llamaba Potus 46...
-Sí, sí..
-Potus, sí...
-Eso, el coso ése 46...
-Sí, sí... –asintieron todos.
-... de la constelación de Orión –siguió Nicomedes-. Y él nos dijo que su verdadera apariencia era de enano y que su piel era verde.... Así que eso de “oso hormiguero”... ¡Por favor!... ¡A otro pago con ese cuento!...
-¿De qué planeta me dijo que era, por favor? –inquirió el Hilario muy serio.
-De Potus 46.
-¡Ah...!... ¡Eso lo explica todo!... –respondió Hilario mientras se mandaba una chupada de mate que casi desfonda la calabaza. Y continuó:
-Los de Potus 46 son enanitos verdes, pero yo soy de Ogdón, no se olvide. Y allí la especie dominante es el oso hormiguero. ¿O qué creen que comía yo cuando me alejaba y me sentaba debajo de los árboles?... ¡Hormigas, hermanos!... ¡Hormigas...! Por favor... ¿Quiere más pruebas que esa... psss..?..
-Tiene razón... disculpe –se excusó Nicomedes.
-Disculpe Hilario... –asintieron los demás.
-La verdad... –intervino otra vez la voz anónima del fondo.
Al rato nomás todos se levantaron. El sol había asomado por completo y comenzaba otro día de trabajo.


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locaporlaluna dijo
Eh Enmascarado esta veta gauchesca me encanta
muchas gracias por el desayuno de risa
30 Noviembre 2006 | 12:13 PM