DON ANTONIO DE PONFERRADA Y MUÑOZ, Y MORENO Y PEDERNERA, Y LABRUNA Y LOUSTAU, MARQUÉS DE LAS MARGARITAS Y VIRREY DEL RÍO DE LA PLATA
El bueno de Don Antonio nació en Vich, Cataluña, allá por 1735, siendo el último vástago de una antigua prosapia de soldados que venía guerreando contra los moros desde los tiempos de la Reconquista... y lo seguía haciendo todavía para inquietud de los vecinos. Sabemos por algunos viejos infolios que llegaron a nuestras manos –arruinándolas sin remedio- que ingresó como cadete en el Regimiento de Caballería de Ordenes, y que en 1762 figuraba en el ejército sitiador de Almeida, plaza fuerte de los portugueses. Sabemos también que entonces dio muestras de valor y de sangre al médico, a su solicitud, y que su pertinaz actitud de no retroceder un paso ante el enemigo le valió la medalla real y el aplastamiento de algunas vértebras cuando la tropa lusitana marchó sobre su cuerpo.
Cinco años después fue ascendido a capitán del Regimiento de Dragones de la Reina, distinción que debió declinar poco más tarde cuando sus dirigidos decidieron a su vez ascenderlo hasta lo alto de la almena del fuerte para despeñarlo.
Ya como sargento mayor pasó a Chile, en América, como instructor de milicias: nunca más volvería a España. Se trasladó luego al Perú con el grado de coronel en el preciso momento en que se produjo la insurrección de Tupac-Amaru. Allí Don Antonio tuvo la desgracia de que se le encargase el sofocamiento de la rebelión, misión que no pudo llevar a cabo debido a que fue tomado prisionero por los indígenas. Encarcelado y sometido a todo tipo de vejámenes, evitó morir empalado gracias a que escapó de la prisión disfrazado de chola. Con esa indumentaria y a pie se dirigió al sur del continente tratando de rehuir el contacto con las diferentes tribus que habitaban el área andina. El hambre y la sed, además de los pies lacerados y un fugaz matrimonio con un cacique diaguita, fueron algunas de las penurias que debió soportar antes de llegar a Buenos Aires, capital del Virreinato del Río de la Plata.
Llegó Don Antonio a las puertas del Fuerte “hecho una bruja”, según sus palabras, y después de quitarse sus andrajos femeninos se presentó a las autoridades locales para hacer valer sus títulos. No tardaron los funcionarios españoles en reconocer en aquella figura afectada y de modales ambiguos al fiero Don Antonio, y sin más trámite lo nombraron presidente de la Audiencia, que así se llamaba entonces al máximo tribunal de justicia.
Cumplió allí una tarea discreta, silenciosa, casi inútil, durante la cual no dictó fallo alguno e ignoró olímpicamente todo reclamo. Hay comentaristas que sostienen que aquella fue una estrategia para no ganarse enemigos; otros, en cambio, aseguran que se debió a que era analfabeto y además había quedado sordo luego del sitio de Almeida. Por lo que fuera, su labor digamos neutral, permitió que se lo tuviera en cuenta en el momento de ocurrir la muerte del virrey, Don Gabriel de Albornoz y Dale Fiado, Mariscal del Area, fallecido en oscuras circunstancias (a eso de las dos de la mañana) mientras yacía con una prostituta negra e inválida.
Como virrey, Don Antonio dictó numerosos bandos que revelaron su preocupación por mejorar los hábitos de los rioplatenses, prohibiendo los “bailes indecentes” de negros, los “fandangos” de los arrabales y la celebración de los carnavales. Esto último le generó una cerrada oposición de los miembros del Cabildo, quienes competían con sus familias por el premio al disfraz más original. Consternado por la restricción se le apersonó el alcalde de primer voto vestido de oso carolina, quien sostuvo una airada discusión con Don Antonio; el virrey dio por terminada la reunión cuando el alcalde estrelló en su cara una bombita de agua y vació en su peluca una bolsa entera de papel picado.
También encontró resistencia Don Antonio cuando resolvió administrar personalmente la plaza de toros en lugar de arrendarla, lo que perjudicó al negocio de las apuestas que estaba montado desde tiempos del fundador de la ciudad, Juan de Garay. Los toreros se negaron a participar de la corrida y no tuvo más remedio el virrey que colocarse un traje de luces y salir al ruedo. Cuentan las crónicas que el público, para expresar su disgusto, le arrojó los testículos de un vacuno, y que cuando el virrey se agachó para recogerlos creyendo que se trataba del presente de una dama, fue ensartado por el toro que iba a lidiar.
Repuesto de las heridas tras crueles sufrimientos, el virrey organizó más tarde una expedición a las salinas, para lo cual se internó en tierra de indios seguido de una reducida guarnición. La providencia quiso otra vez que cayera prisionero y que nuevamente debiera padecer un breve concubinato con el jefe de la tribu, quien había quedado deslumbrado por los rizos de su pelucón. Destituido en Buenos Aires de sus funciones virreinales y olvidado por los suyos, Don Antonio pudo una vez más sobreponerse al destino y volvió a huir del cautiverio. Reapareció en la ciudad el 25 de Mayo de 1810, en plena revolución. Confundido con tanto griterío supo entonces que su momento de gloria había pasado y que lo más conveniente era hacer mutis por el foro antes que darse a conocer.
Por fin, aquel que había salido casi ileso de tantas desgracias, exhaló el último suspiro en 1822, ya muy anciano y afectado por un abanico de enfermedades que incluyeron la gota, el escorbuto, la disentería, la hidropesía, el falso croup y las hemorroides. En la amarilla losa que se levanta en su sepulcro, dice:
“Aquí yace Don Antonio de Ponferrada y Muñoz, etcétera, etcétera... Hijo de España e hijo de... (no se lee) Presidente de la Audiencia y Virrey del Río de la Plata. Fue sepultado con universal dolor por aquellos que lo han querido bien: Tupac-Calpanchay, cacique diaguita, y Caupolicán Hernández, jefe mapuche”.


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Muy bueno lo tuyo, Enmascarado. Realmente un excelente artículo que me ha hecho reír mucho. Sigue así, dando muestras de tu talento.
26 Octubre 2006 | 03:53 PM