BIENVENIDO PROFESOR BEVILACQUA
El aula magna de la Universidad de Oxford estaba a bote. No era para menos: se había anunciado la presencia de Ceferino Bevilacqua, un ignoto profesor de Economía nacido en la Argentina quien había revolucionado el ambiente con la publicación de su libro “Adiós al sueño capitalista, es hora de levantarse”. En la obra, el intelectual ponía en tela de juicio la capacidad del mercado como regulador de la actividad económica y hasta dudaba de la existencia misma del mercado –al que también llamaba “feria”- e inclusive de la actividad económica. Tales afirmaciones, acompañadas de cifras, datos, infografías, pins, rotograbados y hasta unos amorosos troquelados con purpurina, impactaron de tal modo en la comunidad universitaria que se produjeron algunos desprendimientos de mampostería.
Bevilacqua (esto no lo sabían en Inglaterra) era un ex convicto condenado por violación quien pudo redimir su pena gracias a una exigente probation durante la cual debió estar presente en el camarín de Luciana Salazar mientras la dama se cambiaba de ropa sin poder decir más de siete palabras sucias.
Mary Pickford, rectora de la Universidad, fue quien tuvo el privilegio de presentar en el aula magna al reputado visitante extranjero:
-No los quiero aburrir con un largo y tedioso discurso –dijo Pickford abusando de la síntesis-. Con ustedes, mister Bevilacqua.
Un aplauso cerrado coronó la brevísima introducción. Bevilacqua, conmovido, hizo algunas reverencias y luego pasó a la tarima desde donde brindaría su exposición. Sacó del bolsillo de su saco un fajo de papeles, los alisó antes de colocarlos sobre el escritorio, y miró por sobre sus anteojos a la concurrencia:
-Señora rectora, señor rector, profesores, profesoras, alumnos, alumnas: La economía es una ciencia dura, una ciencia que no necesita de mayor presentación. Aquellos quienes nos dedicamos a su estudio con afán sabemos de qué hablamos. Decía que es una ciencia dura y esto es una verdad a medias, porque a veces no es tan dura: depende. Y decía también que no necesita mayor presentación porque no la necesita realmente. Cuando hablamos de economía todos sabemos a qué nos referimos. No hablamos de botánica, no señor, ni de astronomía. Hablamos de economía y eso es lo que hacemos quienes nos dedicamos a ella. Por eso, porque esto está tan claro como las aguas del Támesis es que vengo hasta aquí desde un lejano país para confraternizar y compartir saberes. Saber es poder, dijo alguien, y esto yo creo que es así. Ustedes, no sé. Cada uno es dueño de pensar como quiera. En mi país, castigado por tantas catástrofes económicas, sabemos bien de qué hablamos cuando decimos “economía”. Hay algunos que creen que podrán intimidarnos blandiendo la cruz, pero nosotros, héroes modernos de la ciencia, no tenemos espacio para la cobardía. Bueno, eso es todo lo quería decirles. Ahora, pregunten lo que quieran.
Después de cinco minutos de silencio, el tiempo que demoró la traducción, el público comenzó a murmurar. Miss Pickford, un poco confundida por las palabras de Bevilacqua, miró al profesor con desconcierto: esperaba en vano que el catedrático iniciara la anunciada exposición de carácter científico. No podía creer que todo quedara en aquel mensaje pedestre. Bevilacqua, sin embargo, no daba señales de iniciar ninguna exposición y hasta se había acomodado en la tarima apoyando los codos sobre el escritorio. Pickford entonces, elegantemente, salió del apuro:
-Bueno, queridos estudiantes. Llegó el tiempo de las preguntas; los escuchamos.
-Profesor –inició la ronda un rubicundo y atlético estudiante de la tercera fila, quien se había puesto de pie casi de un salto- ¿Usted cree realmente que el capitalismo está superado?
Todos los ojos se posaron sobre Bevilacqua, quien sorprendentemente no miraba al estudiante sino al techo del aula magna. Después de cinco minutos durante los cuales se interpretó que el visitante estaba elaborando la respuesta con la vista perdida en el infinito, la señorita Alice McGregor, secretaria académica, se animó a interrumpir:
-Creo que se le cayó el audífono –dijo para decepción de los presentes. En efecto, el pequeño adminículo estaba en el piso. Subsanado el inconveniente Bevilacqua volvió en sí:
-¿Decía, joven? –preguntó.
-Repita su pregunta, por favor –pidió Miss Pickford, un tanto nerviosa.
-Profesor: ¿Usted cree realmente que el capitalismo está superado? –repitió y volvió a sentarse con un aire de tonta satisfacción.
-Sí –contestó Bevilacqua.
La escueta respuesta inquietó a Miss Pickford, quien decidida a que la reunión no terminara en un escándalo tomó de nuevo su micrófono, rogando:
-Otra pregunta por favor.
Bevilacqua, en tanto, mostraba signos de ignorar la particular atmósfera que iba ganando la sala. Se pasó una mano por las hombreras del saco quitando un poco de caspa y rechinó los dedos con tan mala fortuna que el estruendo se difundió por el micrófono a todo el recinto.
-Profesor –preguntó entonces una pelirroja no mayor de veinte años, de generosas formas que provocaron en Bevilacqua una desagradable sonrisa perversa-. ¿Nos podría definir qué entiende por leyes del mercado y a qué atribuye su decadencia?
Bevilacqua abrió los ojos desmesuradamente mientras le llegaba la traducción por el audífono:
-Mercado... mercado –repitió elaborando la respuesta- Usted me pregunta por el mercado y yo le tengo que contestar, porque para eso me trajeron acá y porque soy educado, señorita. El mercado es una cosa fea, llena de puestos de verdura y fruta y de carne maloliente; y también de viejas que acuden con bolsas y se llevan todo por delante. ¿Decadencia? No tengo dudas de que es muy decadente, casi como el art decó diría yo. ¿Evacué sus dudas, con perdón de la palabra?...
Miss Pickford cambió su rosada piel por un color rojo agresivo producto de la indignación. Pensó: ¿Este tipo es muy exótico o un perfecto idiota? En cualquiera de los dos casos la conferencia estaba destinada al bochorno. No obstante jugó su última carta en un postrero intento por no salir en las páginas de The Sun:
-Profesor –se dirigió casi con odio al visitante- ¿Podría explicarnos en forma concreta qué es lo que quiere demostrar con su libro, que al fin y al cabo es para lo que estamos aquí?
Bevilacqua la miró con una sonrisa beatífica, misionera digamos.
-Muchas gracias –contestó.
La traductora, que había entrado en pánico temerosa de que la culparan a ella por las idioteces del profesor, repitió la pregunta sin que se lo pidieran.
-Bueno... bueno, entiendo –dijo Bevilacqua- Muy gracioso, muy gracioso. Pero a mí no me hace mucha gracia...
El murmullo de la sala pasó a ser diversión pura. ¿Quién era éste tipo, Groucho Marx, Buster Keaston, George W. Bush...?, se preguntaban de fila a fila. ¿Cómo es posible que la Universidad haya traído este espécimen? La conferencia, en esto había unanimidad, había fracasado. El daño estaba hecho. Miss Pickford, quien entonces no pudo reprimir el llanto intentó salvar la ropa de la casa de estudios con un recurso vil: atacar a Bevilacqua. Descalificarlo, aún a costa del escándalo.
-Señor Bevilacqua – dijo entonces con tono imperativo al estilo Thatcher – Quiero decirle que usted nos ha defraudado y por eso le pido que se retire inmediatamente de esta institución. Usted es una deshonra para Oxford: ¡márchese ya! –gritó con voz aflautada.
Bevilcqua escuchó por el audífono las imprecaciones de la lady casi sin gestos, apenas alzando una ceja. Miró a al concurrencia por última vez y se acercó al micrófono para decir:
-Las Malvinas son argentinas.
Dos agentes de seguridad se lo llevaron en el aire.


borborismocerebral dijo
Ovación de pie para Bevilcqua. P.D. Dónde me entrego? Dije un poco mas de siete palabras al ver a la Salazar.
8 Octubre 2006 | 02:22 AM