CÓMO HACERSE MILLONARIO CON SOLO APRETAR UN BOTÓN
-¿Así de fácil?
-Así de fácil.
-Entonces... ¿aprieto este botón y me convierto en millonario?
-Así es.
El hombre de la máquina de la suerte había cruzado los brazos, lo que reforzaba su pose pedante. Su tono de voz revelaba cierto matiz de suficiencia y un poco también de irritación por tener que responder preguntas bastante obvias.
-¿Y?...
-¿Y qué?
-¿Y para cuándo ponemos el dedito, eh...?
-Je... para usted es fácil. Usted no sabe quién soy. Yo nací en un conventillo de La Boca...
-...¡éramos tan pobres! –agregó el hombre de la máquina de la suerte con cierto fastidio teñido de broma.
-Sí, como decía Dringue Farías.
-Olmedo.
-Olmedo, tiene razón.
Ya habían pasado cinco minutos y el ganador del premio de Spur-Cola no terminaba de decidirse. Mientras tanto, detrás del funcionario esperaban ansiosos dos fotógrafos de la firma para registrar la escena para la posteridad.
-¿Y señor? –preguntaron- Se nos van a entumecer los dedos si seguimos esperando...
El ambiente se tornaba eléctrico, espeso. Cuando Juan Bilfatti llegó a la sede de Spur-Cola, en el flamante parque industrial de Villa Menem, lo habían recibido con cordialidad y sandwiches, pero su indecisión, su increíble indecisión para apretar un botón terminó por exasperar a todos. Menos a él mismo, que seguía cada vez más preguntón.
-¿Pero cómo es esto de que me voy a hacer millonario apretando un botón? –insistió por enésima vez.
-Escúcheme Bilfatti: ¿usted es el dueño de esta chapita?
-Si.
-¿Y qué letra tiene escrita esta chapita en su interior?
-La eme.
-¿Y eso qué quiere decir, de acuerdo con las reglas del concurso?
-No sé. Supongo que me gané un premio.
-Exacto.
-Pero nunca me imaginé que el premio sería éste. Es más: todavía no lo creo. ¿No será una joda para un programa de televisión, no?...
-No, Bilfatti. Ninguna joda. Nosotros no hacemos publicidad en ese tipo de programas. Las bases del concurso aparecieron en el canal 8. ¿Nunca vio “Las lolas de la abuela”?
-Este... sí. Alguna vez
-¿Y qué le pareció?
-La verdad... un poco zafado.
-Nosotros publicitamos ahí, Bilfatti. Pero no nos desviemos del motivo que nos convoca. ¡Pulse ese botón, Bilfatti!
Los fotógrafos se miraron con cara de “se armó la bronca”. El funcionario se dio vuelta y miró a los fotógrafos con cara de “la próxima lo mato”. Y Bilfatti miró a los fotógrafos con cara de “yo no fui” y luego a la nuca del funcionario con sorpresa al advertir que llevaba el cabello atado con una bandita elástica.
-Yo creía que me había ganado una docena de vasos...
El funcionario se repasó las solapas de su traje como Oliver Hardy en “Dos locos en Afganistán”. Estuvo a punto de estallar, pero se contuvo.
-Escúcheme Bilfatti –dijo entonces recobrando un tono amable-. Señor Bilfatti. La letra eme es la inicial de Millonario, ¿entiende? Vasos se escribe con ve corta, y usted no sacó una ve sino una eme, ¿entiende?
A esta altura el tono del funcionario y la repetición de la palabra “entiende” al final de cada frase lo asemejaban a Blumberg. Volvió a alisarse las solapas y su exasperación en ciernes reveló cierto tic en la comisura de los labios, como la que padecía el personaje de Robert De Niro en “Las montañas de Hiroshima”.
Rubio –ese era el apellido del funcionario- eructó de los nervios y guiñó un ojo en forma involuntaria. Volvió a alisarse las solapas, se pasó la mano por el cabello y se ajustó la enagua. El era el gerente de marketing de la multinacional Spur-Cola, un eslabón importante en la cadena de poder de la firma. Pensó entonces que no merecía pasar por esta situación insólita con aquel ser tan insignificante que, con su actitud, lo estaba sacando de las casillas, le escupía el asado, le aguaba la fiesta, le movía los cajones y le arruinaba el almuerzo...
-Apriete el botón, Bilfatti...
-Por favor –exigió Bilfatti.
-Por favor.
Y Bilfatti apretó el botón. Y a los dos segundos, no más, la máquina de la suerte empezó a arrojar billetes como si se tratara de una tostadora eléctrica descontrolada.
-¡Entonces era cierto! –gritó Bilfatti en plena euforia, mientras los fotógrafos disparaban sus flashes una y otra vez para captar la emoción del momento.
-¡Entonces era cierto! –repitió Bilfatti, quien no encontraba otras palabras para expresar la conmoción que lo embargaba.
-Bilfatti: usted es millonario. ¡Mi-llo-na-rio! –enfatizó Rubio como poseído. Parecía Bette Midler en la última escena de “Arrojen los perros”.
-¿Toda esta plata es mía? –preguntó tontamente Bilfatti mientras se agachaba y llenaba los bolsillos de su pantalón a dos manos.
-¡Mía, mía...! –repetía ahora babeando y con los ojos enrojecidos.
Entonces sucedió.
-Bilfatti.
-¡Mía, mía..! –seguía aullando el ganador de concurso.
-Bilfatti.
-¿Qué pasa, eh..? –bufó Bilfatti desde el piso, bañado en transpiración.
-Bilfatti: hay que deducir los impuestos.
(La frase “Bilfatti: hay que deducir los impuestos” resonó en la cabeza de aquel pobre ser como una campana).
-¿Qué impuestos? –bramó desde el suelo.
-Lotería Nacional, Bilfatti. Lotería –aclaró el funcionario con tono docente.
-Ah... Lotería... si... –pronunció con resignación- Y... ¿cuánto es eso? –preguntó con un hilo de voz, igual que Mel Ferrer en “Todos a la mierda”.
-¿Cuánto ganó, Bilfatti?
-¿Y qué se yo? No conté los billetes todavía...
-Se lo digo yo: un millón de pesos y un peso –la voz del funcionario sonaba como una sentencia de muerte. A todo esto los fotógrafos ya se habían retirado, no sin antes chocar sus cabezas al levantar sus bolsos del suelo al mismo tiempo y quedar trabados en el marco de una puerta, como Peter Sellers y Aída Luz en “Sonamos, llegó la cana”.
-¿Y cuánto tengo que pagar de impuestos, caballero? –retrucó Bilfatti hinchando las narinas como si oliera a podrido.
-Lo que marca la ley: el setenta y cinco por ciento.
-¡El setenta y cinco por ciento!.. –saltó Bilfatti- Yo tenía razón entonces... Ya me parecía que había gato encerrado. No se hace esto con un hombre como yo, un humilde ciudadano, un hombre recto que paga sus impuestos... eh...
-¡Usted lo dijo, Bilfatti! Un hombre recto que paga sus impuestos.... Así que... poniendo estaba la gansa.
Bilfatti había caído preso de sus propias palabras. El pez por la boca muere, dice el refrán, y en este caso Bilfatti había sido un verdadero pescado. Un bagre de río, realmente. Bajó la cabeza con resignación y la volvió a levantar para después volverla a bajar. Parecía esos perritos de peluche que se colocan en la luneta de los automóviles. Daba lástima...
-¿Y cuánto me va a quedar entonces....? –preguntó con el último aliento.
-Doscientas cincuenta lucas y un peso –respondió suficiente el funcionario, quien se había pasado al lunfardo abandonando el último rastro de formalidad que le quedaba. Si hasta se quitó los zapatos y las medias...
-Y bueno... después de todo es plata, ¿no?
-Bueno, en realidad... no. No te vas a llevar esa guita de acá. Las doscientas cincuenta lucas te las vamos a dar en una orden de compra de latitas de Spur-Cola. Vas a poder tomar Spur-Cola el resto de tu vida. Se te va a hinchar la panza tomando Spur-Cola. Vas a eructar cada dos minutos tomando Spur-Cola. Le vas a regalar latitas a toda tu familia, a tus amigos. Te van a llegar a odiar por las latitas. Te van a putear en todos los idiomas por las latitas. Vas a ser políglota a la fuerza....No te vas a olvidar nunca de nosotros ni de este día. Y todo por esa chapita de mierda que guardaste como un perfecto boludo que sos. La vida es así, Bilfatti... Juan....Flaco. La vida es así...
Bilfatti no respondió nada. Miró al funcionario, a la máquina de la suerte, a la puerta donde los fotógrafos seguían calzados en el marco... Tenía la misma expresión que Pedro Quartucci en “Se me queman las bolas”. Había quedado duro, tieso, de una sola pieza. Los brazos le pesaban como dos anclas de buque y la boca era apenas un botón del water. Por eso sorprendió que de tanta quietud saliera, como un relámpago, ese rodillazo que impactó en la entrepierna de Rubio, quien cayó doblado junto a la máquina de la suerte. Bilfatti volvió a quedarse quieto cuando de repente arrojó un formidable puntapié que envidiaría cualquier delantero de fútbol y que dio de pleno en la cara del funcionario dejándolo boca abajo contra el piso. La acción continuó con un fuerte tacazo en la espalda que debe haber dolido mucho porque se oyó un ¡ay! seco y lastimero. Pero eso no fue nada comparado con lo que siguió, un verdadero malambo de gaucho zapateado sobre aquel cuerpo yaciente y resignado...
Antes de dejar la sede de Spur-Cola y tomar el colectivo de regreso, Bilfatti se acordó de pedir en la puerta de entrada a la planta un vaso promocional de la famosa gaseosa.
“No quedan”, le contestaron.


chucky73 dijo
Me ha gustado!!! Está muy bien. Saludos
5 Octubre 2006 | 06:25 PM