El Enmascarado en el Mundial: cómo Uruguay le ganó a Brasil la final del '50.
Buenas noches, amigos. Hoy estamos de nuevo aquí con ustedes para contarles algunas anécdotas de los mundiales de fútbol. Anécdotas inolvidables que el tiempo nunca podrá borrar por más que quiera y hasta se encapriche. Recuerdos imborrables escritos con tinta indeleble en los pergaminos del tiempo, con letras doradas estilo rococó. Hoy es el turno de aquella famosa final del ’50, la que jugaron Brasil y Uruguay y que terminó en manos de los charrúas en una gesta memorable, digna de hombres valientes a prueba de balas. Y decimos a prueba de balas porque nuestros queridos hermanos uruguayos debieron salir corriendo hasta la frontera por la furia que desató su triunfo... Pero esa es otra historia. Ahora dejemos paso a los momentos más dulces, a las intimidades que pocos conocieron. Los invito a estirar el cuello y meter la cabeza en aquel capítulo de los mundiales sin temor a que nos cierren la puerta.
El invitado de hoy es Bebé, aquel fabuloso centrojás de Brasil quien por entonces era el más chico del equipo y hoy luce con orgullo sus gloriosos 74 años y todavía viste con los pantaloncitos que usó en la final. Lo escuchamos, Bebé:
“Gracias. Espero no olvidarme de nada. Es que los recuerdos se me amontonan de tal manera que a veces hasta se pelean entre ellos para ver cuál menciono primero. Empezaré nombrando a aquellos gladiadores que jugaron el partido y espero no olvidarme de ninguno”.
-Mencione, mencione nomás.
-No me quiero olvidar de Ronaldo, de Roberto Carlos, de Kaká...
-¡Epa!.. ¡Pero esos son los jugadores actuales!...
-No mi amigo. Así se llamaban también algunos de mis compañeros de equipo. Recuerdo a Ronaldo, el más gordito; a Roberto Carlos, que siempre estaba dispuesto a animar al grupo con su guitarra y sus canciones, y a Kaká, el sucio, siempre con ese olor a cuestas que nunca le pudimos sacar...
-Ajá...
-Ni del que hacía las bromas más pesadas, Turriño. Un día en un entrenamiento le clavó dos dedos a nuestro arquero en el poste mientras esperaba un corner. Y cuando quiso salir a cortar el centro no se podía mover. Como no quería defraudar a nuestro entrenador pegó el tirón nomás y sacó la pelota con los dedos que le quedaban. Esos eran hombres...
-Vaya con la broma...
-Esos chicos eran así, no andaban con chiquitas. Siempre con mujeres maduras y veteranas.
-¿Qué más recuerda?
-A Lampiño, el único blanco del equipo con su melena rubia al viento. Turriño había hecho correr el rumor de que era homosexual, una maldad realmente. Hace poco lo he visto caminar por Ipanema. Al principio no lo reconocí...
-El paso del tiempo...
-No. Se había travestido y me costó detectar a mi ex compañero debajo de ese vestido rosa.
-Volvamos al ayer. ¿De quien más se acuerda?
-De Balaziño. Tenía un remate bestial, asesino. Cuando venía en velocidad y le daba a la pelota con la derecha no había arquero capaz de atajarla. Esos misiles que enviaba costaron no pocos trasplantes de hígado, cirugías estéticas y amputaciones de miembros. Como habrá sido que hubo gente que se hizo rica vendiéndo seguros de vida a los espectadores que se ubicaban estaban detrás del arco...
-Háblenos un poco del director técnico.
-No teníamos.
-¿No tenían?
-Bueno, sí. Era Feshoada. Pero era lo mismo no tenerlo porque siempre se dormía durante los partidos. Nosotros lo buscábamos con la mirada para que nos diera alguna indicación y él estaba tirado sobre el banco tomando una siesta.
-¿Y quién hacía los cambios, entonces?
-En esa época no había cambios.
-¡Ah! Cierto.
-Y, Bebé. ¿Quién era el jugador más divertido?
-Sin dudas, Escola. Escola do Samba, para ser más exacto. Para él todos los días eran de carnaval. Es más, fue un precursor en eso de pintarse la cara como ahora está de moda. Hasta entraba al campo de juego con un pito y una matraca y le hacía burla al árbitro. Varias veces lo echaron por esa causa.
-Era lógico...
-No, era un tipo sin estudios. Ni siquiera terminó el primario.
-Un ignorante.
-Sí, pero al menos hablaba. El que no podía articular palabra era Dadá. Tenía la mentalidad de una criatura de tres años...
-El resto era más inteligente, ¿no?
-Por supuesto. Aunque no faltaban los viciosos. Había uno que era un verdadero borrachín: Caipiriña. Gran jugador, pero muy borracho. Nunca estaba sobrio. El día que lo estuvo no agarró una pelota... y fue justo en la final.
-¿Cómo fue que perdieron esa final? Eran locales...
-No me haga acordar. Aún la estoy viendo en mi mente. Es una película que se repite una y otra vez, como en el cable... Es que los uruguayos tenían un gran equipo. Estaba ese flaco alto con cara de salchicha, Frankfruter, un alemanote que la más baja te la daba acá, en la glotis. Y la delantera era un espectáculo: Walter, Washington, Franklin, Tabaré y Montero Castillo.
-¿Montero Castillo?
-Sí. Jugó muchos años en Uruguay. Creo que cuarenta...Y siempre con el termo debajo del brazo.
No hubo tiempo para más. Estaba por comenzar la final de Alemania entre Arabia Saudita y Togo, y nuestro amigo Bebé se levantó con dificultad de la silla para ocupar su lugar en la platea. Hubiera deseado ver a su Brasil en aquel partido pero, como si se tratase de una maldición, volvió a perder con Uruguay. Cosas del fútbol, mis amigos.

