El misterio de la cajita robada
Huía de mis perseguidores en la estación de trenes de Belgrado cuando me topé de golpe con la mujer más extraña que haya conocido en mi vida. Vestida de negro y con un broche de diamantes en el pañuelo de seda rojo que cubría su cabeza, detuvo mi carrera diciéndome:
-Enmascarado, ya no corras. No vale la pena.
Le hice caso y caminé junto a ella hasta la salida. Antes, eché en el cesto de residuos la billetera que había hurtado de un desprevenido pasajero y que había sido la causa de mi raíd. “Bien hecho”, fue todo lo que dijo y me tuve que conformar con esas dos palabras hasta que estuvimos frente a frente en el bar Sueño de Marzo.
-Enmascarado –volvió a llamarme la misteriosa mujer-, te buscó desde hace meses. Tengo una misión para ti.
Quería que le ayudase a encontrar una cajita cuyo contenido no me reveló pero que, según ella, guardaba un secreto milenario que salvaría a la humanidad.
-¿Y por qué yo? –pregunté.
-Ya lo sabrás –fue toda la respuesta.
Pedí algunos datos mínimos, una somera descripción del objeto; quise saber detalles, historias... todo fue inútil. Se levantó de la silla y se retiró en el más absoluto de los silencios. Me quedé pensativo un rato y recién salí de mi mutismo cuando el mesero me trajo la cuenta. Allí advertí, con horror, que la billetera que había echado en el cesto de residuos de la estación de Belgrano era la mía, y que la que conservaba era la que había hurtado en el tren, que solo contenía florines ya fuera de circulación. Volví a huir...
A la semana siguiente recibí un mensaje de en mi celular, apenas una palabra: “Ferrara”. Supuse que lo había enviado la misteriosa dama en referencia a la ciudad italiana y viajé hacia allí. No elegí bien el medio ya que volví a utilizar el tren con tanta mala suerte que compartí el camarote con la persona a la cual había despojado de su billetera. Mi máscara, lejos de mantenerme en el anonimato, me hacía reconocible fuera donde fuera....
La víctima del hurto clavó sus dos manos en mi cuello con tanta fuerza que casi logra desprender mi cabeza del tronco. Me salvó la oportuna llegada del guarda para pedir los boletos. No había comprado el pasaje, pero eso no fue lo más grave. Mi asesino potencial, además, me denunció por el hurto y fui a parar a la cárcel.
A los siete días de estar en prisión recibí un llamado de la mujer. ¿Cómo se había enterado de que estaba allí? Me dijo que a la mañana siguiente me enviaría una torta con una lima adentro. Le contesté que en esos momentos en lo que menos pensaba era en arreglar mis uñas, pero no escuchó mi respuesta: había cortado.
En el cubículo donde pasaba mis días no tuve más remedio que trabar amistad con mi compañero de celda, un rudo noruego que se divertía arrojando ácido a la cara del resto de los presos. Agradecí al cielo estar cubierto por una máscara, pese al calor insoportable de la cárceles italianas. Eso pensaba cuando el guardia me trajo un paquete: era la torta de esa mujer. Quiero decir, la torta que me enviaba esa mujer. Hundí mis manos en la masa y encontré en el fondo la lima. El noruego miraba la operación de manera amenazante y recién se calmó cuando le cedí la torta. Me quedé con la lima.
“¿Qué hago con esto?”, pensé, y el noruego, cómo si me hubiera escuchado, dirigió su mirada hacia los barrotes. No podía hablar ya que se había introducido una porción entera en la boca y se le caían los restos de masa por las comisuras de los labios. “¡Claro!”, reaccioné. Era evidente el uso que podía darle a la lima: limar los barrotes, de allí el verbo. Comencé a hacerlo de forma inmediata, pero el ruido de la frotación era tan agudo que atrajo enseguida el carcelero.
Me quitaron la lima y me cambiaron a una celda de castigo de dos metros de largo por uno de ancho, sin luz, húmeda y llena de insectos. Creí morirme. Le pedí a dios que me sacara de allí, pero no me oyó. ¿Cómo podía hacerlo si yo estaba en un subsuelo? Al principio llevé la cuenta de las horas, luego de los días y las semanas, hasta que enloquecí. Perdí toda noción del tiempo. Estaba sucio y la máscara me había sacado hongos en la cara. Para colmo me creció la barba y mi cabeza parecía un almohadón. Cuando me creí perdido para siempre, se abrió la puerta. Era el carcelero para decirme que estaba libre: dios me había escuchado. Un poco tarde, sí. Pero bueno...
Ya en la calle, y mientras saludaba al noruego que hacía señas desde su celda del tercer piso, fui tomado del brazo por alguien. Sí, era esa mujer. Me explicó que le debía la libertad porque había contratado un par de abogados para sacarme de la prisión. Y que como pago lo único que quería era que encontrase la famosa cajita.
-Pero, ¿por qué yo? –le dije harto de tanto misterio.
Esta vez no se fue como antes. Quizás porque se apiadó de mis terribles padecimientos o porque ese día estaba más comunicativa, me contestó:
-Porque nadie como Rosendo López para encontrar la cajita robada.
-..pero... ¡yo no soy Rosendo López! –le grité desesperado.
-¿Ah no? –me dijo. Y se fue para siempre.


locaporlaluna dijo
emocionante, la cara de almohadón me mató.
El relato tiene algo de "Los Miserables, pero no tan trágico".
bueno, luego de este pormenorizado análisis te dijo
jajajaaaaaaaaaa!!!!!!! te pasaste che
23 Junio 2006 | 04:24 AM