LA TERMINAL
Aseguraba que era un gran autor, un gran compositor y un mejor poeta, pero que el mundo lo ignoraba. Miré su vaso de ginebra casi vacío y me resigné a seguir escuchándolo. Faltaba media hora para que saliera el ómnibus para Cipolletti y no había más lugar en la barra del bar de la terminal que ese, al lado suyo.
-Soy un genio incomprendido, de veras –insistió y una bocanada de aliento a alcohol salió de su boca y me encendió la cara-. Ya sé que no me crees, pero te lo voy a demostrar.
-No hace falta –le dije temiendo que se pusiera a cantar, pero enseguida disipó mis reservas.
-No, no voy cantar. Dije que era genio, no loco. Aunque los genios siempre tenemos algo de locos –insistió mientras sacaba un pañuelo sucio del bolsillo del impermeable y se sonaba la nariz en forma sonora.
El extraño, mi interlocutor casual, se deslizó entonces de la banqueta y apoyó los pies en el suelo. Sonrió un poco cuando advirtió mi perplejidad para seguidamente romper su promesa y entonar en voz baja, para mi tranquilidad, una cancioncilla de moda en los estadios de fútbol desde tiempo inmemorial:
-Si, si, señores, yo soy de Tigre... Si, si, señores, de corazón... Porque este año desde Victoria, desde Victoria salió el nuevo campeón!...
Lo miré en silencio y con las cejas alzadas como preguntando ¿y eso? El no me dio tiempo para más gestos:
-Es mía –dijo con total seguridad- Se la regalé a los muchachos de Tigre en el 56 y después se la apropiaron todas las hinchadas... Fue un hit, aunque ya no se canta tanto.
No quise parecer descortés y le seguí la corriente.
-¿Es suya?
-Mía, de pé a pá. Decí que nunca la registré que si no, con los derechos de autor ya estaba forrado.
“Mire usted”, le dije para conformarlo y sin sumarme al tuteo, mientras miraba mi reloj y calculaba cuánto faltaba para que saliera mi ómnibus. El tomó nota de mi incredulidad y arremetió con otra de sus pruebas:
-No me crees, yo se que no me crees...
-No, no es eso...
-...pero es la pura verdad. Escuchá esta otra: “...los muchachos peronistas, todos unidos triunfaremos, y como siempre daremos, un grito de corazón ¡viva Perón, viva Perón!...
Esta vez había alzado la voz y varios se dieron vuelta. Me sentí incómodo y le dije que me tenía que ir.
-Tampoco me crees... –me recriminó con pena mientras me ponía una mano en el hombro para que no me fuera.
-No, no digo que no sea suya es que se me hace tarde...
-..no me crees. Es la cruz de mi vida. Mirá –me dijo con los ojos vidriosos al tiempo que pedía otra ginebra-, no me dejes así. Escuchá una más y te vas. No seas amargo....
No podía negarme. A veces la bebida hace esas cosas y es preferible que se ponga a cantar y no ande puteando gente por ahí.. Animado entonces por mi asentimiento avanzó con otra cancioncilla:
-Tres cosas hay en la vidaaaa... salud, dinero y amoooor.... el que tenga esas tres cosas... que le de gracias a dioos...
Sonreí con tristeza y le di la mano. Me tenía que ir de verdad porque se había hecho la hora y debía despachar las valijas en el portaequipaje. Pagué mi café y di media vuelta. Cuando estaba llegando a la puerta giré mi rostro para mirarlo por última vez. Se había acercado a otro parroquiano y empezaba a entonar una de sus canciones:
-Lo corrieron de atrás, lo corrieron de atrás, le metieron un palo en el cuulooo....
Su nuevo vecino de banqueta lejos de sentirse incómodo como me había pasado a mí antes, se sumó al canto:
-Ay, que dolor... ay que dolor... no se lo pueden sacaaaaar....
Reanudé mi marcha hacia el ómnibus no sin antes oír otro de sus éxitos, esta vez apoyado por más voces:
-La mar estaba sereeeeena.... sereeeena estaba la maaaaar...
El bar de la terminal se había convertido en un coro desafinado cada vez más estridente.
-...la mar estaba sereeeena.. sereeena estaba la maaar...
“¡Ahora con e!”, gritó uno.
-Le mer estebe sereeene... sereene estebe le meer....
Subí a la Chevallier, me acomodé en el asiento y desde la ventanilla vi como todos seguían el ritmo de la canción moviendo los brazos.
Juro que en ese momento se me cruzó la idea de bajarme, pero la puerta se cerró y no me dio tiempo a nada. De repente me atrapó el silencio del vehículo y la euforia de afuera se transformó en una escena muda y guiñolesca.
Años después recordé el episodio y secretamente esperé que se repitiera. Pero no volvió a suceder. No obstante, por las dudas, solo pido ginebra en los bares de las terminales.


locaporlaluna dijo
Si hubiera estado ahí me unía con "le mer estebe serene...", hace poco lo propicié en una reunión informal y los más serios tuvieron que sonreírse. ¿No te dejó el teléfono el señor?
31 Marzo 2006 | 03:42 PM