CONFESIONES DE UNA MAÑANA DE SÁBADO NUNCA ANTES CONFESADAS
Después de leer la última nota de Casciari donde explica su teoría de los guiños me invadió un sentimiento de admiración; pensé: ¡Qué suerte tiene este tipo de poder advertir cuándo lo que viene no es recomendable y cuándo sí! Y esto no lo digo porque el “tema de las señales” me suene desconocido sino porqué muchas veces pretendí guiarme del mismo modo y todo se fue a la mierda. No hay dudas de que Hernán tiene un dios aparte que lo lleva de la mano (además de su innegable talento) y que se hace entender.
Recuerdo ahora una anécdota de la infancia. Estaba con un amiguito (tendría diez u once años) cuando a uno de los dos se le ocurrió importar una frase que habíamos escuchado mil veces en las series de televisión: “¿Estás pensando lo mismo que yo?”. Nos sentimos felices de participar de ese jueguito que iba a decidir adónde iríamos y lo llevamos a la práctica. Por supuesto, el resultado fue desastroso: mi amigo salió para un lado y yo para el otro. Nos reímos, claro, pero también ese día supe que algo se había roto. La realidad, la puta realidad, le había empezado a ganar a la magia.
Todo esto viene a cuento, aunque quizás esté escrito un poco de manera desordenada, con los motivos que nos llevan a escribir en un blog. Y digo “escribir” y no “postear” porque (y en eso coincido con Hernán) uno no es un “bloguero” (menos aún un blogger) sino una persona que escribe. El blog es apenas el medio, igual que la hoja de papel.
Cuando empecé, allá hacia fines de noviembre del año pasado, fue a instancias de mi mujer. Me dijo: esta es tu oportunidad de publicar aquello que te gusta y tenés guardado en los archivos de la computadora. Se refería a las cuatro o cinco tonterías que había garrapateado durante algún domingo solitario, mini historias humorísticas o cosas así. Le hice caso y “fui al toro”, como dirían los españoles. No busqué señales sino que me dejé llevar por la curiosidad.
Cuando tuve mi página me aluciné: la posibilidad de escribir lo que se me viniera en ganas y a la vez ser leído por cualquier persona en el mundo me pareció una maravilla. Era algo distinto, inusual. Como periodista estoy acostumbrado a que me lean desde hace muchísimo tiempo, pero siempre he escrito lo que me pidieron. Casi nunca pude elegir la nota o el reportaje. El blog era la oportunidad de mostrarme a mí mismo.
Comencé de manera errática. Busqué un nombre y opté por el de Garrik porque me vino a la mente la poesía de Juan de Dios Peza que habla de aquel cómico que hacía reír hasta a las piedras, menos a sí mismo. Había decidido escribir cosas humorísticas, está claro. Es más: creí ser original con el nombre hasta que me di cuenta, buscando en el Google, que había un montón de Garriks en Internet... la pifié de entrada.
Luego pasé por el mismo proceso que todos: me encandilé con los recursos informáticos hasta que comprobé, una vez más, que en ese terreno soy de madera y toda cosa que probaba me desencajaba la página; esperé con ansiedad buenos comentarios sobre algo que consideraba digno para comprobar que a nadie le importaba; abrí otros blogs para cerrarlos al poco tiempo, etcétera.
Hubo un momento, en todo este tiempo, en que me sentí vacío. Fue al comprobar que mientras yo bromeaba y me hacía el payaso un montón de gente escribía cosas inteligentes. Era como en aquella película de Woody Allen donde apenas se sentaba con el chelo para tocar en la banda, sus compañeros seguían marchando y el se quedaba atrás. Así me sentí. El propósito de Garrik de ser humorista “todo el tiempo” me inhibía de editar otro tipo de artículos. Se repetía increíblemente la historia del periodista por encargo, y lo peor de todo era que, en este caso, el jefe de redacción era yo mismo, implacable como aquellos. ¿Qué hacer?
Me dije, “¡qué tanto! El blog es mío y hago lo que quiero”. Y reedité viejos artículos (todos publicados a su tiempo en diferentes medios) de historia (soy profesor, aunque no ejerzo), pero ya era cualquier cosa este blog y el Garrik había perdido el sentido. Por eso cambié el diseño de la página y el nombre por el de “El enmascarado no se rinde”. Pensé –pienso- que me deja margen para el humor y la crítica, que me abre un abanico más grande. También dejé el anonimato: me llamo Rodolfo Piovera, ¿por qué ocultarme? Y hasta quise, y quiero, poner mi foto, pero (otra vez) se me desencajó la página y tuve que editar la de un enmascarado anónimo.
No cuento con el sistema de señales de Casciari y menos con su talento. No sé adonde me lleva este blog ni lo que escribiré mañana. Una vez más fui al toro. Y empiezo así, desnudándome delante de todos los que leen porque alguna vez tenía que ser. A lo mejor en esta esquina de la vida no pusieron semáforo por alguna razón. No hay señales. Y lo más lindo sea cruzar con una sonrisa en los labios sin pensar que puede venir un camión y pasarnos por arriba...


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locaporlaluna dijo
A las confesiones hay que darles siempre una bienvenida, es un honor leer lo que viene de más adentro, casi con la voz del que escribe.
Siempre me ha funcionado la Ley del mínimo esfuerzo, también por aquí, en el que no me empecino demasiado en los resultados del blog sino en el compromiso con mi persona que me demanda. Como escritora, necesito del lector, no escribo por catarsis sino por un placer extremo que no quiere manifestarse en soledad.
Me he fascinado también con la presencia de determinadas personas, que me hacen saber que dos por tres me recuerdan en mi luna.
Aunque está bueno no ser monotemático, no te olvides que algunos de nosotros te conocimos por esa faceta, imprescindible en la vida de cualquier persona, el humor.
En su dosis justa, sabremos perdonarte todo tipo de seriedades. Suerte (más), Rodolfo.
25 Febrero 2006 | 05:57 PM