EL GRAN INQUISIDOR (SEXTA Y ÚLTIMA NOTA)
Torquemada influyó decisivamente para que los reyes católicos decidieran la expulsión de los judíos, que se firmó el 31 de marzo de 1492, dos meses después de finalizada la Reconquista. Desde su ministerio, el fraile dominico había renovado todas las antiguas restricciones contra los hebreos a quienes se obligaba a llevar un círculo de tela roja bien visible en sus vestidos, permanecer estrictamente en sus guetos (alrededor de los cuales había que construir murallas y cerrar las puertas al anochecer) y no podían ejercer las profesiones de cirujanos, médicos, boticarios y posaderos.
El odio de Torquemada hacía los judíos se potenciaba por el antecedente de su tío casado con una conversa, lo que para él era una mancha humillante. Una vez más el argumento para persuadir a los reyes fueron las confiscaciones, pero Isabel no se convencía: los judíos vivían en España hacía más de cinco siglos y eran tan españoles como los cristianos.
Mientras Torquemada redoblaba su propaganda desde el púlpito en contra de los judíos, el pueblo de Aragón (donde el fraile también dirigía la Inquisición) estaba indignado por la exposición de las víctimas quemadas y arreciaban los rumores sobre hombres y mujeres que desaparecían de sus casas y no volvían a ser vistos hasta que reaparecían en la procesión del auto de fe con los pies desnudos, los cuerpos doblados y cubiertos por el sambenito amarillo, los ojos tristes, fatigados e inanimados.
Era la hora de armar una nueva intriga y el fraile encontró su oportunidad con el caso de un supuesto asesinato ritual cometido contra un niño por un grupo de judíos. Se detuvo a un tal Yucé Franco, quien luego de 18 meses de torturas mentales y físicas delató a sus supuestos compañeros en el crimen. Publicada la historia del caso y la sentencia, estalló una persecución popular contra los judíos. El niño desconocido, víctima de la crucifixión, se convirtió en santo y se le dio el nombre de Cristóbal. Nunca fue encontrado su cuerpo y nunca se probó que el hecho hubiese ocurrido en realidad, pero la consecuencia más grave fue la firma del decreto de expulsión que hizo salir de España a unas 200.000 personas, los miembros más industriosos de la comunidad.
Cuando ascendió al trono de San Pedro el Papa Borgia (Alejandro VI), los judíos emigrados de España se fueron a quejar ante él, quien entonces envió ante Torquemada a algunos inquisidores adjuntos para disminuir su protagonismo. Pero el anciano fraile, recluido por su gota en el convento de Avila, siguió disponiendo a su antojo de vidas y haciendas.
No fue la ambición del dinero o el poder lo que guió a Torquemada en su terrorífica tarea. Rechazó honores y cargos, como los riquísimos arzobispados de Sevilla y Toledo que le fueron ofrecidos. Recibió algunas sumas importantes de dinero del rey y de la reina, pero las consagró casi enteramente a la construcción de un monasterio en Avila y a la renovación del monasterio de Santa Cruz, entre otras obras.
Su fanatismo no se detuvo siquiera ante los más poderosos, como el obispo de Segovia, Juan Arias, quien se salvó por poco de caer en las garras de la Inquisición. Ya anciano, el obispo exhumó los restos de sus padres una noche, los sacó del convento de la Merced donde reposaban y los ocultó para salvarlos del horrible sacrilegio de ser quemados en público en un auto de fe.
Cargó inclusive contra el rey de Nápoles, Ferrantino, por haber protegido a un hereje. Como no podía hacer detener al monarca, lo maldijo: "su reino morirá sin hijos que le sucedan". Poco tiempo después murió el único hijo de Ferrantino, el duque de Calabria, y el rey fue sucedido en el trono por su tío.
Después de abandonar su situación como confesor real, Torquemada se retiró al monasterio de Santo Tomás de Avila, aunque conservó el título de Inquisidor General hasta su muerte. Durante sus últimos años de poder, y por consejo de la reina, nunca salió a la calle sin una escolta de 50 caballeros y 200 hombres armados a pie.
Murió el 16 de septiembre de 1498 en paz y tranquilamente después de haber recibido los últimos sacramentos. Se le dejó descansar en el cementerio común de los frailes del monasterio bajo una sencilla lápida de piedra. Unos sesenta años más tarde, bajo el gobierno de Felipe II, se decidió que su tumba era muy sencilla para un hombre tan famoso y sus restos fueron trasladados a una muy artística ubicada en la Catedral. Allí, en medio de un esplendor desacostumbrado, yacieron sus restos hasta que en 1836 otros fanáticos, esta vez liberales, abrieron la tumba y dispersaron sus huesos.
Un cálculo hecho posteriormente sobre sus víctimas arrojó este desolador balance: 10.200 personas quemadas; 6.800 muñecos quemados por muerte o ausencia de la persona, y 97.321 castigadas con tortura, confiscación de bienes, cárcel e inhabilidad. En total, 114.401 familias perdidas para siempre.


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Davichof dijo
Genial, tu blog, intentaré ir leyendo todo los artículos futuros y pasados. Un saludo.
18 Febrero 2006 | 09:32 AM