EL GRAN INQUISIDOR (TERCERA NOTA)
La campaña del Santo Oficio se iniciaba con un sermón en la iglesia del pueblo donde se exhortaba a los herejes a confesar sus pecados y al resto de los fieles a delatarlos. El sermón terminaba de manera siniestra con una indicación de las penas, se daba un plazo de tres o cuatro semanas para escuchar las denuncias a las que seguían las detenciones y luego los juicios.
La víctima contra quien dos testigos hubiesen aportado pruebas que no fueran contradictorias, era condenada en forma inmediata. Cuando los casos eran más difíciles o la prueba más débil y los motivos más vagos, era cuando se ponía en juego el verdadero arte del Santo Oficio. El acusado era llevado ante el tribunal y se le hacía sentar en la mesa opuesta a los inquisidores, frente a una gran cruz. En el extremo de la mesa se sentaba un escribano quien anotaba cada una de las palabras del interrogatorio. Detrás del acusado se hallaban los guardias de la Inquisición.
Los inquisidores manoseaban los documentos que tenían ante ellos, ignorando la presencia del acusado y estudiando los papeles que había sobre la mesa dirigiendo ocasionalmente una mirada indecisa al detenido. Aquellos papeles podían tener las declaraciones de los testigos, podían ser sus prontuarios o podían no tener nada que ver con él. Aquella comedia no tenía otro objeto que reducir al hombre a un estado de aguda incertidumbre.
El inquisidor podía preguntarle si sabía porque había sido detenido, si tenía enemigos, algún conocimiento de la herejía en su vecindad, si se confesaba regularmente y si podía dar el nombre de su confesor. Siempre las preguntas eran vagas para que no se pudiera sugerir una respuesta al acusado.
Había una lista de Eymeric con las diez artimañas heréticas y los métodos para contrarrestarlas, y se incitaba a utilizar engaño contra engaño e hipocresía contra hipocresía. Todo era legal. El objetivo era conseguir la confesión. Después de varios días de interrogatorio, con frecuencia dos o tres veces por día, el acusado podía ser inducido a traicionarse a sí mismo. Si fracasaba este procedimiento se decía que el inquisidor tenía que hacer un viaje y, a menos que el preso diera información, se lo mantenía encadenado durante varias semanas esperando su regreso.
Podía aumentarse el número de los interrogatorios, hacer un diluvio de preguntas e insistir en las respuestas hasta que el acusado quedara confundido y se contradijera. Una sola contradicción daba derecho al inquisidor para torturar al detenido y todo lo que dijera bajo tortura, haya sido válido o falso, era admitido.
Si el hombre se obstinaba en declarar su inocencia, se usaba el método de incluir en su celda a un falso detenido quien se le confesaba hereje y maldecía a la religión católica esperando que la futura víctima hiciese lo mismo.
También se recurría directamente a la mentira. A uno de los asesinos de un inquisidor se le prometió la gracia si delataba a sus compañeros, cosa que hizo. Pero la gracia consistió en que mientras que a sus compañeros les serían cortadas las manos antes de ser colgados, destripados y descuartizados, a él se le perdonó la primera mutilación...
El juicio era extremadamente inequitativo: los testigos de la acusación podían ser excomulgados, herejes, blasfemos o criminales; pero los de la defensa sólo podían ser buenos católicos. Naturalmente, había pocas personas dispuestas a correr el riesgo de ser acusados de ayudar a los herejes. La facilidad con que podían presentarse los falsos testigos y la dificultad de contrarrestar sus afirmaciones era aterradora.
La Inquisición no contaba con agentes de investigación sino con un conjunto formado por los hijos más jóvenes de los nobles quienes con sus sirvientes y a cambio de carreras honorables y de la excención de impuestos, se encargaban de las denuncias. Para las averiguaciones se contaba con todos los frailes jóvenes y había también un cuerpo no organizado de delatores que, por regla general, sólo trabajaba por la paga y obtenía una recompensa importante por cada reo confeso.


locaporlaluna dijo
la paja en el ojo ajeno y la viga en el propio
de terror, y lo peor es que a mí me deben haber quemado en la hoguera, tengo vagos recuerdos..
15 Febrero 2006 | 12:27 AM