CÓMO VIVÍAMOS HACE MIL AÑOS (Primera nota)
La familia se sienta a la mesa para cenar aprovechando las últimas luces del día. Están los abuelos, los hijos y los nietos: las tres generaciones viven en una sola vivienda de madera y comparten de a tres o de a cuatro los mismos lechos. Junto a ellos están sus animales, todos duermen bajo el mismo techo. La jornada empezó con el sol y termina con el crepúsculo. Nada se puede hacer bajo la noche cerrada: las velas son un lujo que se reserva para los grandes acontecimientos. Los platos de madera están servidos: pan, huevos, repollos blancos y verdes condimentados con hinojos. Es mejor que la comida de anoche cuando se sirvieron por enésima vez, habas y guisantes.
No muy lejos de allí, otra familia (la de algún propietario de tierras, o la del notario, o del boticario) vive otra situación. Su casa no es de madera sino de piedra o de ladrillo, grande y espaciosas. Hay ambientes para todos y el lecho es una cuestión individual. Tampoco tiene que apresurarse a cenar con luz diurna porque hay velas para disfrutar de la noche.
El menú es bien diferente: empanadas fritas rellenas de carne, lasañas con mucho queso rallado, buñuelos con flores de sauco echados a la pasta y cocidos con aceite hirviendo y, de postre, manjar blanco: arroz cocido en agua clara y preparado con pechuga de pollo, leche de almendra y azúcar. Todo regado con buen vino tinto, por supuesto.
Unos como otros, tan diferentes a la hora de sentarse a comer o en el momento de dormir, tienen sin embargo varios puntos en común: viven dentro de la misma ciudad amurallada, están estrechamente relacionados en materia ecónomica (los unos trabajan las tierras de los otros) y, por sobre todo, comparten el mismo tiempo: viven mil años atrás, exactamente en el 998 después de Cristo, en pleno corazón de la Edad Media.
¿Cómo era ese mundo que parece perdido en la noche de los tiempos? ¿Era tan diferente al actual? Si lo medimos en la escala del progreso técnico, las diferencias son abismales: no conocían la brújula ni la pólvora, ni los espejos ni el timón, y ni siquiera los números arábigos (todavía se usaban los números romanos). Tampoco se habían inventado los anteojos ni los relojes mecánicos (los había de agua, de sol y de arena, poco prácticos y precisos). El tenedor era sólo conocido por algunas familias privilegiadas de Bizancio, la actual Constantinopla, que a la caída de Roma (476) había tomado la posta como faro de la civilización.
Se comía con la mano, y a lo sumo se hacía uso del cuchillo y la cuchara. Todo, o casi todo, era de madera. El hombre común estaba mal nutrido y vivía penando para extraer del suelo el pan con herramientas irrisorias. La gran mayoría vivía en una pobreza extrema. El rendimiento de la tierra era débil ya que era escarbada por un precario arado de madera endurecida al fuego. Los más humildes vestían con pieles de animales, casi como en el neolítico.
El pueblo vivía temiendo el mañana: ¿habrá comida?, ¿se enfermará alguno?, ¿la tormenta terminará con nuestra casa? Los hombres nunca salían solos porque se temía de los locos y de los criminales que pululaban por los caminos. Las tasas de mortalidad eran muy altas: una cuarta parte de los niños moría antes de los 5 años y otra cuarta, antes de la pubertad. Esto hubiera disminuido irremediablemnte la población de no haber sido por la gran cantidad de nacimientos, lo que compensó las cifras.
El estado sanitario era comparable al de Africa en el 1900. Las epidemias hacían estragos, como una conocida como "el mal de los ardientes" o "el fuego de San Antonio". ¿Qué era? Una enfermedad por carencia que provocaba el consumo de tizón de centeno incluido en la harina. Un cronista de la época describió así los síntomas: "Es un fuego escondido que ataca un miembro, lo consume y lo despega del cuerpo. Esta horrible combustión devora completamente a los hombres en el curso de una sola noche". ¿El remedio?: rogar a Dios y desenterrar de las tumbas a los santos protectores para que a su influjo se curaran los enfermos. Aunque parezca mentira, este último recurso daba resultados.
La base de la alimentación de los pudientes era la carne. La de los pobres, el pan. La carne que se comía era la de buey, de vaca, cordero, ternero, aves y los productos de la caza. Por eso privarse de carne era la máxima penitencia: se prohíbía consumirla los viernes, en vísperas de la vigilia, cuando había un cambio de estación, los cuarenta días previos a la Pascua y los miércoles. Los días de vigilia se consumía pescado. La vajilla era simple: se comía la carne sobre una tajada de pan. En la casa de los ricos ese pan era arrojado después a los perros, que eran muchos. Los pobres, en cambio, se lo comían.
La mala alimentación y los pocos conocimientos médicos tornaban casi imposible conservar sana la dentadura. En Oriente se intentaba hacer dentaduras postizas con dientes de muertos, pero en Occidente no había remedio. Los sacamuelas iban de pueblo en pueblo arrancando las piezas que dolían hasta dejar las encías vacías. La operación se acompañaba con el redoble de uno o más tambores que intentaban acallar los gritos desgarradores de los pacientes.
Era una sociedad brutal donde importaba poco la muerte y el dolor físico. El clásico torneo no era una competencia entre dos caballeros montados a caballo cabalgando uno contra otro blandiendo sus lanzas, como algunos suponen, sino el enfrentamienrto entre dos hordas enfurecidas que dejaba un gran número de muertos y heridos, pese a que se hacía por diversión. Había violencia por todos lados: las bandas armadas de caballeros asolaban a los campesinos a quienes robaban en formas descarada. Tambien había bandidos que recorrían los pueblos aprovechándose de los ingenuos.
La pena de muerte se aplicaba a pocos delitos, ya que casi siempre todo se arreglaba mediante el pago de una multa. Pero cuando cabía, su ejecución se hacía en público y con gran espectacularidad: debía correr mucha sangre.
Llama la atención, sin embargo, algunas consideraciones que tenía aquella sociedad en comparación con la nuestra. Por ejemplo, en el año 1000 no se encerraba a los locos en la creencia de que estos, de algún modo, participaban del conocimiento de las cosas invisibles. La consigna era respetarlos, no apartarlos. Se temía menos a la muerte que hoy: se acompañaba al agonizante en sus últimas horas, se estaba atento a sus gestos. Ya muerto, se lo velaba en la Iglesia y se organizaba un banquete alrededor de su cadaver.
(continuará)


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6 Junio 2006 | 11:16 PM