LA MUERTE, ESA AMIGA DEL ALMA...
La necrofilia es la afición por la muerte o por alguno de sus aspectos, según el diccionario. ¿Los argentinos seremos necrofílicos? La pregunta surge a raíz de algunos episodios trágicos de nuestra historia que estuvieron marcados por la desaparición, mutilación o profanación de cadáveres de personajes famosos, algo que llama poderosamente la atención. Según el historiador Félix Luna, los latinos valorizamos más la ceremonia de la muerte que los pueblos anglosajones, a tal punto que su recuerdo lo arrastramos por generaciones. Por ejemplo, ¿quién puede olvidarse de lo que le pasó a Solis, el primer español que puso un pie en las costas del Río de la Plata? Con aquel acto de antropofagia comenzó una sucesión de episodios a cual más cruento.
En 1516, cuando el andaluz Juan Díaz de Solís desembarcó con sus tres carabelas en las costas uruguayas (a la altura de Maldonado o Montevideo), fue sorprendido por una furiosa partida de charrúas que luego de matar al jefe y a sus soldados, dio cuenta de sus cuerpos con buen apetito. Aseguran los cronistas que parte de la tripulación que no había puesto pie en tierra, siguió la escena desde sus barcos con todo el horror imaginable.
Los restos de Solís no han quedado para llenar ninguna tumba, como tampoco quedaron los de Don Pedro de Mendoza, el primer Adelantado rioplatense, quien cuando regresaba a España catorce meses después de haber fundado Buenos Aires en 1536, con la decepción en el rostro y en el alma (no había hallado oro ni piedras preciosas, como suponía), sucumbió en medio del viaje quebrado por una sífilis que había traído de la península. Su cuerpo, cubierto de llagas y maloliente, fue arrojado al mar a mitad de camino.
Cadáveres famosos que ya no están. O que fueron exhumados una y otra vez para después viajar de una parte a la otra del planeta en búsqueda de la merecida paz. Como el de Santiago de Liniers, el héroe rioplatense durante las invasiones inglesas, quien después acabó fusilado en 1810 por los revolucionarios de Mayo. Liniers cayó ante el pelotón en Cabeza de Tigre y fue enterrado allí mismo junto a sus compañeros de desgracia, en una zanja cavada al lado de la iglesia de Cruz Alta. Al día siguiente el cura de la parroquia exhumó los cuerpos y les dio entierro separado colocando una cruz a la cabeza de cada tumba.
En 1861, siendo presidente Santiago Derqui, las cenizas de Liniers fueran remitidas a la ciudad de Paraná, adonde llegaron confundidas en una urna con las de los otros fusilados. Un año después, el gobierno español pidió que le sean remitidas para brindarles honores de héroes, un pedido que tuvo curso favorable en el gobierno argentino. Actualmente reposan en el Panteón de los muertos ilustres de San Carlos, en Cádiz.
Tampoco han sobrevivido los restos de Mariano Moreno, secretario de la Primera Junta, quien falleció en 1811 a bordo de la fragata inglesa Fama cuando se dirigía a Londres en misión diplomática. Es ley del mar arrojar el cuerpo a las aguas cuando la muerte sucede durante el viaje. Pero no sólo el cuerpo de Moreno desapareció en la inmensidad del océano aquel infausto 4 de marzo a las cinco de la tarde: con el se fue toda evidencia de un probable envenenamiento del que habría sido responsable el capitán del barco por orden de algún encumbrado político rioplatense, un hecho que ha quedado oculto para siempre entre los pliegues de la historia.
A todo aquel que repase algún manual de Historia Argentina no se le pasará por alto la cantidad de episodios cruentos que ocurrieron durante las guerras civiles que asolaron al país entre 1820 y 1880. No sólo fueron los asesinatos o los envenenamientos la moneda corriente, sino el ensañamiento con que fueron tratados los cadáveres de los enemigos vencidos, los que solían pender de una soga por semanas o eran decapitados y su cabeza colgada en una pica o en un cruce de caminos.
Cuentan que la Mazorca, esa especie de grupo paramilitar que actuó durante el gobierno de Juan Manuel de Rosas, mostraba la cabeza de los unitarios degollados simulando vender duraznos o melones, ya en el colmo de la impudicia.
"Hubo una época en que los usos, mucho más bárbaros que los de ahora, hacían que muchos espectáculos se considerarán no sólo comunes, sino deseables: era la idea del escarmiento. Los supliciados se exhibían públicamente para que se tuviera conciencia de las consecuencias que podía acarrear transgredir la ley vigente", cuenta Luna.
Ante la alternativa de quedar a merced de un adversario impiadoso que podía hacer cualquier cosa con el cuerpo de su vencido, los amigos del muerto hacían lo imposible por ocultar el cuerpo de las manos depredadoras. Tal es el famoso caso de Juan Lavalle, cuyo cadáver recorrió cruzado en el lomo de un caballo blanco, cubierto por una bandera argentina y un poncho, las provincias del norte hasta llegar a Bolivia, donde fue depositado en la iglesia del Mojo.
El general Lavalle había sido asesinado en Jujuy en 1841, pero gracias a la tozudez de unos pocos y fieles soldados, pudo sortear al escarnio al que quería exponerlo una partida de federales que les seguía a sol y a sombra. La gesta de los hombres de Lavalle, que fue inmortalizada por Ernesto Sábato en Sobre héroes y Tumbas, tuvo final feliz, si cabe la palabra: los restos de Lavalle reposan actualmente en el cementerio porteño de la Recoleta, adonde fueron traídos de la catedral de Potosí en 1861.
En cambio el cuerpo del famoso caudillo riojano Angel Vicente Peñaloza, el Chacho, enfrentado al gobierno de Mitre en 1863, no pudo escapar a la barbarie. Abatido de un lanzazo por el mayor Irrazábal en el pueblito de Olta, fue decapitado y su cabeza colgada en una pica para escarmiento del pueblo. Una oreja le fue enviada a don Natal Luna, ministro del gobernador de la provincia. Parece mentira que Domingo Sarmiento haya escrito al enterarse de la mutilación del Chacho: "Sin cortarle la cabeza a aquel inveterado pícaro y ponerla a la expectación, las chusmas no se habrían aquietado en seis meses".
Los cuerpos de otros famosos personajes de nuestra historia, como el de Manuel Belgrano, fueron víctimas del bochorno muchos años después de su muerte. Los restos del creador de la bandera argentina habían sido depositados en el atrio de la iglesia de Santo Domingo en 1820, en medio de la indiferencia general. Allí permanecieron hasta que en 1902 se preparó su traslado a la urna depositada en el monumento que se levanta en el patio de la misma basílica. En el momento de su exhumación, el cuerpo fue despojado de alguna de sus partes: dos dientes fueron hurtados y exhibidos como trofeos por el entonces ministro del Interior, Joaquín V. González y por el ministro de Guerra, coronel Pablo Richieri. El insólito episodio desató un escándalo que provocó la inmediata devolución de las piezas dentarias del prócer con las consiguientes disculpas. González se excusó en una nota aduciendo que se llevó un diente de Belgrano "para mostrarlo a sus amigos". Y el coronel Richieri, impulsor de la ley de servicio militar obligatorio, manifestó que retiró el suyo "para presentarlo al señor general D.Bartolomé Mitre".
Los cuerpos no sólo fueron devorados, arrojados al mar o mutilados, sino también mantenidos en el exilio como si su sola cercanía, aún después de la muerte, fuera capaz de provocar daño. Hubo muchos casos de notorios argentinos fallecidos en el exterior a quienes se tardó en repatriar: los más trascendentes, sin duda, fueron Juan Manuel de Rosas y María Eva Duarte de Perón.
Después de la derrota de Caseros, en 1852, quien fuera gobernador de Buenos Aires durante dos décadas se exilio en Inglaterra donde permaneció el resto de su vida hasta morir a la edad de 84 años. "Un frío y húmedo día de marzo de 1877 salió de la granja; al regresar, no se sintió bien, y rápidamente cogió una neumonía", relata en su biografía sobre Rosas, el historiador británico John Lynch.
Fallecido el Restaurador, hubo una misa de réquiem en la iglesia católica de Southampton y posteriormente fue enterrado en forma privada en el cementerio de la ciudad, en presencia de unos pocos parientes y amigos. Pasarían más de cien años antes de que sus restos regresaran al país: durante ese lapso, todo pedido de repatriación fue rechazado y tomado casi como una ofensa por determinados sectores de la sociedad a quienes perturbaba la presencia del muerto...
Los restos de Rosas se encuentran en Buenos Aires desde el 1 de octubre de 1989 y actualmente reposan en el cementerio de la Recoleta.
El destino del cuerpo de Evita, en cambio, fue toda una odisea, como lo relata en detalle el escritor Tomás Eloy Martínez en su novela Santa Evita. Es que su cuerpo, ese cuerpo que había sido embalsamado por las habilísimas manos del español Pedro Ara, era todo un enemigo político.
Evita murió el 26 de julio de 1952, pero el increíble periplo del cadáver comenzó el 16 de septiembre de 1955 con la Revolución Libertadora. El cuidado de los restos se encargó a la Armada, quien puso manos en el asunto en forma inmediata cuando el cuerpo se encontraba en el segundo piso del edificio de la CGT. Pero los días pasaban sin que el destino de los restos tuviera alguna definición: el Ejército quería sepultarlos, pero no se sabía donde o como hacerlo.
El cuerpo de Evita, en tanto, dormía su sueño de vidriera: "Yo la vi, acompañado del embalsamador y cumpliendo órdenes del Gobierno. Estaba tendida en un catafalco tapizado de terciopelo azul, apenas cubierta por una sábana de trabajo. Todo me parecía impúdico; estaba maquillada irreverentemente. Parecía un maniquí", comparó Francisco Manrique, entonces capitán de la Marina.
Luego de muchas idas y venidas, el cuerpo de Evita dejó de pasear (habría estado en el edificio de Obras Sanitarias, en el cine Rialto, arriba de algunas furgonetas estacionadas en la calle, etcétera) y se embarcó hacia Italia, donde fue enterrado en el cementerio Maggiore de Milán bajo el nombre falso de María Maggi de Magistris. La operación fue hecha en el mayor de los secretos y muy pocas personas sabían el verdadero paradero del cuerpo. Recién retornó al país en 1974, luego de haber pasado una temporada en Puerta de Hierro, la residencia española de Juan Domingo Perón.
En la actualidad, el cuerpo de Evita descansa en la bóveda de la familia Duarte en el cementerio de la Recoleta bajo una gruesa plancha de acero, a seis metros de profundidad.
Pocas cosas son tan siniestras como la profanación de un cadáver y no en vano el cine de Hollywood recurre a esas escenas nocturnas de pillaje en los cementerios para aterrorizar a las plateas. Cuando la profanación se hace con fines políticos el hecho alcanza un profundo impacto en la opinión pública, que lo repudia en forma inmediata.
En tiempos más o menos recientes se profanaron las tumbas de dos ex presidentes, Pedro Eugenio Aramburu y Juan Domingo Perón. El primero de ellos fue secuestrado el 29 de mayo de 1970 y asesinado el 2 de junio del mismo año, un episodio que conmovió a la Argentina de entonces e inauguró una época sangrienta en el país. Pero lo más macabro ocurrió años después: el 6 de octubre de 1974 los restos de Aramburu fueron robados de su tumba en el cementerio de la Recoleta. Se hizo responsable un grupo terrorista a través de un comunicado que se difundió en forma pública y en el que exigían para la devolución del cuerpo, la repatriación de los restos de Evita que entonces se encontraban en Madrid.
Cuando el cadáver de Eva retornó al país (el 17 de noviembre de 1974), el de Aramburu fue devuelto. El ataúd estaba en una camioneta abandonada frente al 2410 de la calle Salguero, en la Capital Federal. Nunca se pudo verificar quien había dejado el vehículo estacionado en ese lugar.
El cuerpo de Perón, en cambio, fue mutilado. El 1 de julio de 1987, exactamente a 13 años de su muerte, se comprobó en el cementerio de la Chacarita que el cadáver de quien fuera tres veces presidente, había sido profanado: sus dos manos habían sido seccionadas y hurtadas. El hallazgo se hizo a partir de una carta que recibieron algunos políticos peronistas donde se les advertía de la profanación y se les exigía 8 millones de dólares a cambio de la devolución de las manos. La nota estaba firmada por un enigmático Hermes Iai y el Grupo de los 13.
El caso todavía no fue aclarado y las manos siguen sin restituirse. En tanto, la causa pasó por varias peripecias: fue cerrada sin resultados en 1990 y abierta ante algunas perspectivas alentadoras en 1994. Pero como si hiciera falta agregarle espanto a esta historia sólo basta mencionar que la investigación judicial estuvo marcada nada menos que por cinco muertes, entre ellas la del primer juez que tuvo la causa, Jaime Far Sau, quien murió en un accidente misterioso junto a su amante.
El sereno del cementerio fue muerto a golpes y posteriormente su amiga, quien solía afirmar que el cuidador sabía quienes habían entrado a la bóveda de Perón. También fue asesinada una mujer policía que actuaba como agente encubierta vendiendo flores en el cementerio: fue aplastada por una camioneta.
Cadáveres desaparecidos, devorados, exhibidos en forma pública para escarmiento de los enemigos, exiliados, escondidos, paseados, profanados, mutilados. No hay duda que para algunos, la muerte está mas viva que nunca.


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