EL GENERAL Y LA DAMA
“Ya no puedo equivocarme, sos la última en mi vida / y es la última moneda que me queda por jugar / Si no gano tu cariño la daré por bien perdida / ya que nunca más la vida me permitirá ganar”, dice la letra del tango. Y bien podía haber sido la música de fondo del ardiente romance prohibido que protagonizó el general Agustín Pedro Justo en el otoño de su vida, cuando era presidente de la Nación (1932-1938) y que se prolongó aun después, a pesar del escándalo familiar y la diferencia de años con su amante.
Justo se acercaba a los sesenta cuando quedó deslumbrado por una joven dama de la alta sociedad que conoció una mañana de domingo en el club Palermo. Se la presentó Luis Segura, su yerno, con quien solía jugar al golf y mantenía una estrecha relación. La mujer en cuestión era nada menos que Leonor Matilde Hirsch, dueña de un apellido bien sonoro y afortunado (solo basta pensar en los intereses de la familia Hirsch en Bunge y Born o en Comega, una poderosa empresa agropecuaria de aquel entonces, que ha dejado como testimonio físico de su gloria el rascacielos que se levanta en la esquina de las avenidas Corrientes y Leandro N. Alem, en plena city porteña).
Leonor tenía treinta años menos que el presidente y además del encanto natural que poseen las jóvenes, algunos atributos que deslumbraron al hombre fuerte de la Argentina: cultura, inteligencia y un sugestivo cuerpo que aquel día cubría un coqueto vestido bordó.
De acuerdo con los testigos del encuentro, el flechazo fue inmediato. Pocos imaginaban, sin embargo, que el impacto iba a durar más allá de aquel momento compartido, aquella charla mezclada con risas y gestos cómplices. Se equivocaron: el caso “Leonor” se convirtió poco menos que en una cuestión de estado cuando la esposa legítima del presidente, Ana Bernal, harto de su doble vida, llegó a plantearle seriamente el divorcio...
En aquellos años treinta, los de la muerte de Gardel y la inauguración del Obelisco, del pacto Roca-Runciman y el asesinato de Bordabehere, del premio Nobel para Saavedra Lamas y el vuelo del Graf Zepellin por los cielos de Buenos Aires, tener amante era una moneda corriente. La infidelidad se vivía como una especie de sino del cual el hombre no podía escapar y la esposa debía soportar con estoicismo. Además, como en Argentina no había divorcio, las parejas desavenidas mostraban, como Jano, dos caras: una feliz que miraba al exterior, y otra agria que miraba al interior. El general Justo, sin embargo, no entraba en aquel prototipo de “porteño piola” que se las sabía todas y tenía más de una mujer. Por el contrario, acreditaba fama de ser hogareño, fanático de los libros y apegado a la familia.
El padre de la “Concordancia” se había casado jovencito con Ana, una muchacha que conocía desde los siete años y a quien reencontró en 1892, en un baile de graduación de los cadetes del Colegio Militar. El noviazgo cumplió con todos las formalidades de la época, pedido de mano incluido. No había otra posibilidad ya que Anita era una chica de “buena familia”: hija del general Liborio Bernal, quien había combatido contra el Chacho Peñaloza y su montonera, contra los indios araucanos en la frontera sur de Mendoza y en la guerra contra el Paraguay, donde fue herido tres veces.
El pretendiente no era un desconocido para los Bernal, ya que Don Liborio y Don Agustín (así se llamaba el padre de Justo) eran viejos amigos y sus hijos jugaban juntos. Pero el niño había crecido y se había convertido en un joven oficial a punto de recibirse de ingeniero, lo que lo había transformado en un buen partido. Y para colmo, era masón como su futuro suegro.
Con tantos antecedentes favorables, la unión de Ana y Agustín encontró el camino allanado y no tuvo inconvenientes en cristalizarse. Se casaron con los mejores auspicios y la pronta llegada de los hijos acabó por fortalecer a la nueva familia. Durante los primeros tiempos, la pareja vivió casi exclusivamente de puertas adentro en una antigua quinta de Bella Vista adquirida a un caballero francés que había regresado a su patria.
Ana era una “mujer de su casa”, como correspondía al mandamiento social de entonces, que se mantuvo al margen de las actividades de su marido y nunca buscó figuración. Supo ser “la señora de Justo” y cumplir con el protocolo que exigía la ascendente carrera de su cónyuge. Ferviente cristiana, entendió como un deber de su sexo la discreción, que acompañó con cierto aire de entereza.
Si Ana Bernal no dejaba margen para las habladurías, tampoco lo hacía el general, más afecto a los libros o a la intriga política que a “tirar una cana al aire”. Ni siquiera cuando pintaba la ocasión...
Cierta vez Marcelo Torcuato de Alvear, cuya fama de juerguista no disminuyó por su matrimonio con Regina Pacini, invitó a Justo a una fiesta privada. Por aquel entonces Alvear era presidente de la Nación (1922-1928) y el general, su ministro de Guerra. El mandatario sabía que el militar, a quien lo unía una amistad, no era afecto a esos convites y quizá por eso aprovechó su rol de presidente para forzar la aceptación: la negativa era imposible.
Justo hubiera preferido quedarse en su casa, bien atendido por el personal de servicio y, sobre todo, disfrutando de la generosa mesa a la cual era afecto con creces. Pero no podía desairar al presidente. Y allí fue, convencido de que su deber era lo primero y que la ocasión quizá serviría para mantenerse al corriente de la actualidad política... ¡Gran chasco se llevó! La famosa fiesta contaba con la presencia de algunas chicas alegres dispuestas a “entretener” a los invitados, incluido el juicioso general. Justo, sin embargo, no perdió la compostura y hasta casi hizo el ridículo al anteponer en la circunstancia su situación de hombre casado, su posición social y hasta sus convicciones religiosas. Se despidió como pudo del lugar, dejando entre los participantes una tibia sospecha sobre su sexualidad, algo que -vaya a saberse como- pasó luego al vulgo.
Con aquellos antecedentes, ¿cómo es posible que el veterano general, ahora presidente, haya perdido la cabeza por la joven Leonor? "A la vejez, viruela", se estilaba decir entonces para esos casos. “Te confieso deslumbrado que no esperaba tal cosa. / Ya están luciendo mis sienes pinceladas de marfil, / ya mi patio abandonado no soñaba con la rosa / y se realizó el milagro con la última de abril”, continúa la letra del tango de Blanco y Camilloni, que tan bien cuadra para esta historia.
No bien se conocieron, el veterano presidente y la joven dama prometieron volver a verse. A escondidas, claro. Con todas las reservas del caso. Los sucesivos contactos estimularon a su vez nuevos acercamientos y lo que había empezado apenas con un té con simpatía pasó a ser una fogosa relación.
Aseguran algunos que Agustín y Leonor aprovechaban las veladas del Colón para escabullirse de sus respectivos palcos y encontrarse furtivamente quién sabe en qué lugar oculto del teatro. Otros, los menos, juran que el presidente tenía instalado en su casa un teléfono, disimulado detrás del mueble principal de la biblioteca, para mantener conversaciones secretas con su amada. Como haya sido, tantas movidas de piezas llamaron la atención de la paciente Ana, hasta que una vez (siempre hay una primera vez) la mujer descubrió el engaño de su marido haciéndolo seguir en su automóvil.
El escándalo fue inmediato. Ana planteó la situación de manera descarnada y amenazó con que no iba tolerar la infidelidad de su esposo aunque fuera el mismísimo presidente de la república. Justo se asustó: había mucho en juego. Y prometió enmendarse, terminar con el asunto en forma inmediata. El compromiso del general tranquilizó a medias a la mujer, quien no obstante pidió algo más: hacer un viaje juntos, él y ella, y toda la familia si era posible, a Europa, una vez terminada la presidencia. Un viaje largo, de seis meses como mínimo, que serviría para cambiar de aires y liquidar definitivamente aquella historia que la avergonzaba.
Justo accedió. Había que apagar ese fuego que amenazaba con echar todo a perder. Ya pensaría en algo... Y encontró una salida de emergencia.
Una vez dejada la Presidencia, Justo cumplió con la palabra dada y viajó con toda su familia rumbo a Europa en el barco Cap Ancona. El viaje tenía un doble propósito, ya que no solo sería útil para alejarlo de Leonor sino para calmar el dolor provocado por la muerte repentina de su hijo Eduardo, ocurrida pocos días antes a raíz de un accidente aéreo.
Ana había meditado bien sus pasos. No quería estar sola en la tarea de cuidar al marido infiel y por eso también se embarcaron sus hijas Virginia y Otilia, sus yernos Luis Fernando Segura y Eduardo Agustín Sánchez Terrero, sus nietos Ana María Segura y Otilia Sánchez Terrero, y hasta tres miembros del personal de servicio, Cristina Bahr, María Fernández y María T. de Volk.
Lo que Ana ignoraba era que su marido estaba perdidamente enamorado de Leonor y que era correspondido, pese a la diferencia de edad. Y que si Justo en algo se distinguía era en ser un maestro de la intriga, cualquiera fuera la situación de que se tratase. Así, armó un itinerario de encuentros furtivos con su amante, quien había partido a Europa en otra nave.
Los amantes se vieron en distintas ciudades del viejo continente, en recepciones de hoteles donde discretos conserjes les entregaban las llaves de habitaciones efímeras. El romance continuaba pese a la vigilancia, de puerto en puerto, y hasta pudo superar un tremendo pico de tensión cuando la pareja prohibida fue descubierta.
Quiso el destino que en plena gira europea falleciera la esposa de un gran amigo de la familia, Tomás Le Bretón, embajador en Francia. El general había viajado sin su esposa a Escocia, por unos días, lo que aprovechó para alojarse en una posada con la amada Hirsch. No habiendo forma de comunicarse con él, Ana Bernal le pidió ayuda a Scotland Yard para que lo localizara y le transmitiera la infausta noticia. Los servicios de seguridad no tardaron en dar con el ex presidente, a quien se anunciaron por teléfono desde la recepción. En ese momento estaba con Leonor en la habitación. Aterrado de que trascendieran las circunstancias en que fue hallado, rogó: “Agradezco a las autoridades británicas las molestias que se han tomado. Eso sí, vuelvo a recordarles mi delicada situación. Está en juego el honor de una mujer, de apellido importante en la Argentina".
Y el desliz quedó en eso, sin recibirse de escándalo. El viejo general pudo cumplir su travesura de compartir amante y esposa en su viaje a Europa.
Ya de regreso a la Argentina, no se sabe si la relación con Leonor tuvo continuidad. De todos modos, la salud de Justo fue desmejorando con el tiempo: falleció cuatro años después.


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