LA INCREÍBLE HISTORIA DEL GOBERNADOR ENAMORADO, EL NOVIO AUSENTE Y LA DAMA ATOSIGADA
Los últimos años de su vida ese gran escritor uruguayo que fue Juan Carlos Onetti
los pasó en su cama. No estaba enfermo ni mucho menos, sino que sencillamente no había otro lugar que le agradara más que aquel, así que allí mismo recibía a amigos y parientes, periodistas y admiradores. Entre sábanas y frazadas. No otra cosa hicieron John Lennon y Yoko Ono en el famoso "bed-in" de Amsterdam de 1969
, aunque por un espacio mucho más breve y por otras motivaciones que no vienen al caso.
Apuntamos estos antecedentes como introducción porque pocos saben que hubo un presidente argentino que también era devoto del lecho y lo mullido del colchón: se llamó Santiago Derqui
, quien estuvo al frente de la Confederación Argentina entre 1860 y 1861, sucediendo a Justo José de Urquiza.
Cuenta Vicente Quesada en su libro Recuerdos de un viejo (que publicó bajo el seudónimo de Víctor Gálvez), que a Derqui le gustaba permanecer en la cama hasta muy tarde. Era perezoso y pasaba hasta días enteros metido entre las sábanas, donde recibía a sus amigos, leía novelas y tomaba mate con fruición
Este rasgo tan poco común, tan original si se quiere, que trae reminiscencias de la obra de teatro La Fiaca de Ricardo Talesnik
, no deja de ser revelador de un tipo de personalidad, digamos, apática, desganada. Y justamente esa característica de carácter fue la que casi puso en riesgo su noviazgo y luego su matrimonio con Modesta García de Cossio, patricia correntina venida a menos. Vayamos a la historia.
El "manco" Paz en sus Memorias
(Derqui era su secretario particular), comenta que el bueno de Santiago visitaba desde hacía mucho tiempo la casa de las Cossio, cuya madre viuda lo recibía siempre con distinción. El objeto de sus afanes era su hija menor, Modesta, con quien había iniciado un noviazgo que, dado el tiempo transcurrido, era tan famoso como el mate en la capital de la provincia. La noticia del casamiento parecía siempre próxima, pero nunca llegaba, como los tanques de Alais (1) o, para ser literarios, como el ataque de los tártaros en la novela de Dino Buzatti.
No es difícil imaginar a la pobre Modesta (la redundancia es absolutamente casual) bordando infinitos manteles cuál Penélope en la espera de Ulises, mientras el chisme se esparcía cual plaga. Pero a Santiago no lo detenía ninguna Circe ni menos un desierto, sino sus obligaciones con Paz y, descontamos, su proverbial parsimonia.
Un día el prudente Derqui debió ausentarse de nuevo, esta vez rumbo a Asunción del Paraguay, y para dar muestras de su compromiso con la familia Cossio, se llevó consigo al hermano de Modesta (el viaje era en barco) para que lo asistiera en sus diligencias. Ese mismo día, por la noche, se presentó en la casa la madre del gobernador de la provincia, Juan Madariaga
, quien sin más trámite pidió la mano de Modesta para su hijo ante la conmoción de la familia Cossio.
¿Qué hacer ante tal circunstancia? ¿Cómo salir bien parado del lance sin caer en el desaire? Madariaga no aceptaría un no… y ni siquiera un ni. La madre (en esa época todo se arreglaba con los progenitores, la niña, bien gracias) acorralada, argumentó que su hija no podía casarse con el gobernador ya que ni siquiera lo conocía. Y, lo más importante de todo, estaba de novia con Derqui, como los Madariaga bien sabían. Pero la otra mamá, la del todopoderoso caudillo, no aceptó la negativa y continuó con las visitas a las que pronto se sumó el mismísimo gobernador, generando escenas tan tensas que el aire se cortaba con un cuchillo.
Pese a no obtener el sí, Madariaga estaba tan seguro de su omnipotencia que echó a correr la voz de su próximo casamiento; y de paso (por si alguno se atrevía a salir del libreto que había escrito) lanzó una velada amenaza contra los Cossio, comentando varias veces en público que "nunca aceptaría el desaire de una mujer".
Entretanto, la aterrada Modesta recibía regalos y hasta dinero en su hogar de parte del gobernador, sin saber nada del paradero de su adorado Santiago.
Como si se tratara de una comedia de enredos sucedió entonces que el gobernador debió ausentarse de la provincia por un mes y justo en ese momento regresó Derqui de Paraguay. Enterado el futuro presidente de lo ocurrido, no demoró en pedir la mano de Modesta, lo que fue aceptado de inmediato.
Cuando la asediada niña correntina comenzó a devolver los regalos y el dinero recibido de los Madariaga (ni siquiera abrió los paquetes), regresó el gobernador de su viaje. Madariaga juró vengarse y consideró que lo ocurrido, más que algo personal, era una traición a la patria…
De nada sirvió el la intervención del general Paz: Madariaga era irreductible en su postura y exigía que los Cossio rompieran su compromiso con Derqui.
¿Y qué hizo entonces nuestro buen Derqui? Sorprendiendo a todos y despreciando riesgos, retó a duelo al gobernador. Pero Madariaga, como si los roles se hubieran invertido de pronto, rechazó el desafío sosteniendo que esa no era la forma en que él arreglaba sus asuntos.
La sangre, finalmente, no llegó al río. La joven pareja (que inclusive pensó en marchar al exilio para consumar su matrimonio), se casó en Corrientes en una ceremonia que, suponemos, debe haber sido más breve de lo habitual. Para hacer esta afirmación nos basamos en el sentido común y en la resistencia que opuso el cura a presidir la ceremonia, temeroso de una venganza de los Madariaga.
Con los hechos consumados el gobernador desistió de su asedio y no cumplió con sus amenazas. Y los Derqui vivieron juntos hasta que la muerte los separó.
Sin embargo, queda una nota triste para el final: la pobreza de Santiago Derqui el día de su entierro (5 de septiembre de 1867) llegó a ser tal que su viuda, la cortejada alguna vez por el gobernador, no pudo costearlo y recién se pudo concretar tres días más tarde gracias a una suscripción popular.
(1): Los tanques de Alais hacen referencia al intento de golpe de Estado en la Argentina en la Semana Santa de 1987 (disfrazado de un problema interno del Ejército)y a la anunciada represión "legalista" del general Ernesto Alais. El citado militar encabezaba una columna de tanques supuestamente para aplastar la sublevación, pero nunca llegaba... Es más, ni siquiera después de arreglado el conflicto aparecieron los famosos "tanques de Alais". Hoy en la Argentina, cuando se quiere hacer mención de algo que nunca llega se aplica la metáfora "como los tanques de Alais". Folklore puro.


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lucho dijo
Interesante nota, Garrik. Muy buena. No sabía todo eso que cuentas.
5 Febrero 2006 | 09:43 PM