EL MANCO BENÍTEZ
La idea de encontrarse con el manco Benítez lo sobresaltaba. Su fama de matón despiadado y artero, su apodo de "el mala leche" y su habilidad con el cuchillo, eran un motivo más que razonable para sentirse, al menos, algo intimidado. Pero necesitaba que le den una mano y el manco se la podía dar.
Quedaron en verse una noche en el bar Soraya, un antro del puerto envuelto en penumbras, frecuentado por lo peor de la sociedad: marineros borrachos y pendencieros, sujetos del hampa, algunos gurkas establecidos en el país después de la guerra de Malvinas y hasta abogados. Rafael hubiera preferido un sitio más seguro, como la confitería La Paz, en pleno centro, o el McDonald’s de Corrientes y Carlos Pellegrini. Pero el manco fue quien puso las condiciones y no tuvo más remedio que aceptarlas.
Benítez tenía toda una historia detrás, como no podía ser de otra manera. Una historia de muertes: primero sus abuelos, después sus padres, algún primo hermano… Y algunos pesares propios que lo martirizaban: el asma, el pie de atleta y cierto grano aparecido en un lugar inconveniente.
Pero pese a esas debilidades imponía respeto con su sola presencia, con su cuerpazo y, sobre todo, con su timbre de voz, que más que timbre era una bocina rutera.
Rafael ingresó al Soraya a la hora convenida, las dos de la madrugada, con todos los temores del caso. Enseguida lo rodearon las miradas acosadoras de los parroquianos, en especial las de un grupo de marineros noruegos que lo penetraban como agujas de acupuntura. Acobardado, guardó en forma rápida la boquilla nacarada que estaba a punto de colocar sobre el filtro de su cigarrillo: no quería dar señales equívocas a aquella platea de lobos.
También se quitó el aro con piedritas del lóbulo de su oreja izquierda, la pulsera de identificación, el anillo "chevallier" de su dedo meñique derecho, el brillo de sus labios y el clavel rojo que lucía en su solapa, pese a que el manco le pidió que se identificara de esa manera para poder reconocerlo.
Mientras Rafael se "virilizaba" a la velocidad del sonido, entró el manco. Rafael supo que se trataba de él por razones obvias.
Aquella montaña avanzaba entre las sillas y taburetes buscando con la mirada el clavel rojo en todas las pecheras. De pronto reparó en la dalia (para el manco todas las flores eran iguales) que asomaba del cabello de "la diosa Gutierrez", un travesti habitué del Soraya, y se dirigió hacia allí. La diosa puso cara de ganarse la lotería cuando lo vio venir, pero dos segundos después de la tercera trompada apareció Rafael aclarando la situación.
-Manco, yo soy Rafael.
-¿Y el clavel? –respondió Benítez con cara de pantera en celo.
-Me lo quité –explicó mientras lo buscaba dentro de sus bolsillos– Aquí está.
-¡Ah!... –exclamó el manco- eso es un clavel.
-Sí, normalmente son así.
El manco siguió a Rafael hasta la mesa con la misma lentitud con la que había ingresado al local, como si arrastrara un peso. En efecto, la manga vacía de su chaqueta se había enganchado a una de las sillas de los marineros noruegos. La silla estaba ocupada por uno de los vikingos, quien en su desesperación por no caer hacia atrás, se agarró de su compañero más próximo, y éste del próximo, y así sucesivamente hasta formar un trencito de sillas caídas y marineros desconcertados, quienes inexorablemente acompañaron el paso del manco cual monaguillos la cola del traje de una novia.
Sin darse cuenta del escombro, el manco acabó con el suplicio de los marineros recién cuando se quitó la chaqueta y la colgó del perchero. Mientras los rubios huían despavoridos del bar, Benítez se sentó a la mesa y golpeó el puño contra la madera: ese era su código para llamar al mozo. El camarero, un anciano calvo y flaco, dio un salto olímpico desde el mostrador y se plantó ante la mesa del manco.
-¿Lo de siempre? –consultó con terror, mientras la transpiración le bañaba la musculosa de frisa que llevaba como uniforme.
-Lo de siempre –contestó el manco fijando su vista en las retinas del mozo como si le estuviera practicando un fondo de ojo.
Paralizado por aquellas acciones y ese despliegue de fortaleza inhumana, Rafael apenas tuvo tiempo de imaginar la naturaleza del pedido. Se le ocurrió una bebida innombrable, atómica, infernal. Un cóctel donde el alcohol estaría en tales proporciones que cualquier aguardiente, en comparación, sabría a leche materna. Y hasta supuso que del brebaje saldría humo como ocurre en las películas de terror.
-Escuche, manco –comenzó a decir Rafael-. Me hablaron mucho de usted y creo que es la persona indicada para cierto trabajito.
Benítez lo escuchaba, pero no lo miraba. Estaba atento a las evoluciones del mozo detrás del mostrador, cuya cabeza aparecía y desaparecía en forma intermitente. Defraudado por su lentitud, aunque solo habían pasado unos segundos, volvió su rostro hacia Rafael para contestarle.
-¿Qué trabajito?
-Guardián en una disco. Necesito uno con urgencia, bien guapo, como usted, para poner en su lugar a una pandilla que me está volviendo loco…
El manco volvió a distraerse con las peripecias del mozo, quien buscaba vaya a saber qué ingrediente en la heladera. Ahora sí, estaba tardando. Y esa certidumbre, que en otro contexto habría pasado inadvertida, inquietó también a Rafael. Y a la concurrencia del Soraya.
-¿Qué le parece? –retomó el monólogo Rafael, tratando de anticiparse a la explosión de furia que se avizoraba- ¿Trabajó alguna vez de personal de seguridad?
El manco volvió a clavar sus ojos oscuros en las pupilas celestes de Rafael, pero no le estaba prestando atención:
-¿De qué tren me habla? Yo no soy ferroviario –dijo molesto.
-¿Ferroviario? ¿Quién dijo ferroviario? –contestó Rafael con un temblor en los labios y una sonrisa forzada.
-¿Se burla usted? –gritó entonces el manco- ¿Me hace chistes usted? ¿Quién es usted? –estalló Benítez con su típico timbre de voz. Los decibeles de su registro hicieron tambalear algunas botellas del mostrador y hasta cayó al suelo una pila de platos.
-Manco, usted no me entiende. Yo... –intentó explicar Rafael al mismo tiempo que el anciano mozo se encaminaba, por fin, a la mesa con el pedido en la bandeja.
-Yo, yo, yo –repitió Benítez- Yo, yo, yo... ¿a qué juega usted? ¿Quién es usted? ¿Qué le pasa, compañero? –vociferó cuando, por fin, el camarero apoyó la bebida del manco sobre la mesa con exagerada lentitud para que no se derramara ni una sola gota.
Fue entonces cuando Rafael advirtió que el brebaje tan temido era una leche chocolatada.
-¡Pero qué es esto! ¡Qué trajiste, animal! –bramó el manco. Rafael pensó que el mozo quería suicidarse sin esfuerzo propio y una hebra de pena le atravesó el alma. No quería ver los próximos acontecimientos e hizo un amago de ponerse de pie. Pero el manco se le adelantó:
-¡Usted se queda ahí! –le ordenó con su bocina rutera- Se levantó de la silla y tomó al mozo por las solapas hasta alzarlo unos treinta centímetros del suelo, mientras le gritaba en la cara:
-¿¿Y el sorbete??...¡Te olvidaste la pajita!!!…


Lucas dijo
Pero... y el cojo al fin aceptó o no el trabajo como pandillero ferroviario?
10 Enero 2006 | 04:33 PM