UN PIANO DE COLA
Siempre tuve la impresión de que algunas expresiones artísticas se hicieron para que las disfrute exclusivamente el intérprete. Se concibieron para adentro, se ejecutan para adentro, y a lo sumo puede compartir el goce un amigo, la suegra o uno de los miembros de esas cofradías tan particulares que las rodean. Es el caso de los recitales de jazz cuando los músicos se internan por los caminos de la improvisación y están cuarenta y cinco minutos fraseando en dos tonalidades (tingui-tungue, tingui-tungue, tingui-tungue..) sin regresar a la melodía principal. Mientras ellos se miran con caras arrobadas, se hacen gestos cómplices y transpiran, uno se siente testigo involuntario de un acto privado. Como si hubiera entrado sin querer a la pieza mientras se estaban cambiando los calzoncillos.
Esto viene a cuento por la obra de teatro que fui a ver la otra noche por voluntad de mi mujer, una entusiasta del arte verdaderamente desaforada....
El título ya invitaba a la duda: “Trío para madre, hija y piano de cola”. Hummm... demasiado pretencioso, pensé. Pero el escenario en el que se ofrecía, el oficial Teatro San Martín, apaciguaba mi instinto por el rechazo. Supuse, erróneamente, que en aquel ámbito estaría a salvo de experimentaciones y vanguardismos llevados al extremo. Me equivoqué.
Ojo, aclaro que uno no es un troglodita que lo único que soporta es “Las de Barranco” o “Cuando los árboles mueren de pie” con Amalia Sánchez Ariño. Es más: me he bancado cada bodrio que deberían distinguirme como “ciudadano ilustre de la ciudad”. Anduve por cada tugurio, soporté tanto grito destemplado, vi correr como idiotas arriba del escenario a cientos de actores pelados y actrices gorditas, que para colmo después se quedan en pelotas... En fin, creí que ya había pagado la factura del espectador desprevenido.
Pero la otra noche volvieron a atraparme y no tardé en confirmar mis sospechas apenas comenzó la ¿obra?. Se las cuento rapidito para no afectarles las neuronas.
Bajan las luces, silencio. La escenografía: tres cosas. Un piano de cola –obvio-, tres sillas raras, bien hechas para el culo a propósito. Y dos cosas rectangulares como si fueran cajas largas. De fondo, paneles blancos... La tumba estaba lista.
Entra una vieja. Silencio. Camina como pisando huevos y en cámara lenta. Se sienta el piano y empieza a tocar dos notas alternativamente, una muy grave y otra muy aguda. Tooon, tiiiin, tooon, tiiin, así durante unos cinco minutos. Tooon, tiiin... (“¿cómo hago para irme?”, pensé en ese momento). De pronto, veo que entre los paneles asoman dos actrices, miran a la vieja, y se van. Me sentí identificado con ellas. Pero no, al rato regresan. Y se van otra vez. En qué quedamos...
La vieja se apiada del público y deja de martirizarnos con su concierto para dos notas. Ahí deduzco que no sabe tocar y que es otra actriz que ahora dirá un parlamento. Error. Se queda estática y pone sus manos arriba del piano. Entran las actrices. Una es joven, la otra de mediana edad. La joven dice que se llama Zoe. Qué nombre más rebuscado, pensé, confirmando que la obra era pretenciosa.
Zoe se sienta en una de esas sillas hechas para el carajo, se mira las rodillas, y pronuncia la primera palabra: “frutillas”. Y se queda en silencio.
Miro para los costados y advierto con pavor que no puedo irme. Estoy encerrado. A mi izquierda hay una baranda que llega hasta el piso. A mi derecha, todas las butacas ocupadas y son unas cuantas. Estoy perdido.
Zoe empieza a decir otras cosas, no sea cuestión. Está como enojada o conflictuada, aunque no se sabe todavía porqué. Mira a la vieja con cara de asco, pero la vieja no se da por enterada. Al rato, la vieja arranca de nuevo con el piano, pero esta vez toca otras notas. Se escucha una melodía desvencijada, depre, lenta, insufrible.
La actriz de mediana edad dice que se llama Amanda y habla con Zoe. Se las escucha más o menos porque el piano sigue sonando. Hablan de no sé qué cosa, como que discuten y después se amigan. Y después miran a la vieja mal: parece que es la turra de la noche para todos.
Amanda se va y regresa luego con una fuente. Se la da a Zoe, que sigue sentada mirando a la vieja. Adentro hay uvas y Zoe como algunas mientras dice cosas. La vieja para de tocar y se va. Alivio en la platea.
Al rato regresa la vieja y toca. Se va Zoe. Amanda encara a la vieja y le echa en cara no sé qué, pero la vieja no se da ni por enterada. Mira el piano, toca, para. Vuelve a tocar.
Regresa Zoe. Camina hasta la mitad del escenario. Se hace la nena y lee un texto en una libretita mientras se hamaca para expresarnos que tuvo una regresión infantil. Algo pasó en su infancia con la vieja. No llego a darme cuenta porque solo me concentro en mi reloj.
De pronto, Zoe camina hasta una de las cajas y se pone en bolas. Un segundo. Se mete en la caja que, desde entonces, será una bañera. Hace como que se baña y después se va.
Amanda encara de nuevo a la vieja. La acosa, la interroga, le grita. La vieja no sabe/no contesta. Solo jode con el piano cada dos o tres minutos.
Vuelve Zoe, ahora vestida, con una valija. Se abraza con Amanda. Se sientan y vuelven a hablar de cosas que les ocurrieron en Egipto, en Pakistán, en Europa del Este. Nada de Uruguay ni Mar del Plata, que va...
Zoe se levanta, llega al borde del escenario y se vuelve a poner en bolas. Si: se vuelve a bañar. Amanda se va. Zoe sale de la bañera, se viste, y encara a la vieja que no para de tocar.
Se va Zoe. Se va la vieja. Vuelve Zoe y se mete debajo del piano para decirnos que tiene otra regresión infantil. Se levanta agarrándose de los bordes y temo que el instrumento se venga en banda. Pero no.
Vuelve la vieja con una especie de madera cubierta de felpa verde. La apoya en las teclas de la derecha mientras con la mano izquierda toca un par de graves. Todo al mismo tiempo. Después para y se levanta. Pienso que le a revolear el palo por la cabeza a Zoe, pero no. Camina hasta el fondo y regresa al piano, como si se hubiera perdido.
Vuelve Amanda, ella también con una valija. Se abraza con Zoe. Miran a la vieja, ahora ya no con cara de asco. Como que la perdonaron o algo así. Después se van. Queda la vieja sola, quien entonces toca una pieza de Schubert. La peor de todas las que escribió, seguramente en una noche de borrachera. Y ya está. Terminó la obra. Duración, una hora y pico, que se sintieron como tres mil.
El público aplaude, no sé si porque entendieron o porque terminó su cautiverio. Los artistas saludan, se encienden las luces.
Busco la salida con desesperación. Me siento un boludo útil.
En la calle enciendo un cigarrillo. La vida sigue andando. Vuelvo a nacer.

