NADA SE PIERDE EN SALAZAR
Billy Sheppard, quien estuvo a punto de ganar la medalla de oro en Harvard con su tesis sobre los laberintos, definió estas muestras milenarias del ingenio humano como “un complicado sistema de encrucijadas construido para que todo visitante se pierda y nunca encuentre la salida”. Sheppard, sin embargo, nunca pudo explicar con precisión lo que la ciencia actual denomina “antilaberintos”: extraños rincones del mundo que poseen la condición contraria. Es decir, lugares donde nadie se pierde, y cuando decimos nadie queremos significar exactamente eso: nadie. Ni siquiera en forma voluntaria.
Sheppard, hoy un próspero plomero del Estado de Minnesota, asegura no guardar rencor a sus antiguos profesores de Harvard, quienes lo expulsaron de la universidad por reducir su tesis a la escasa línea que consignamos más arriba. Y todavía insiste, mientras sella un caño o reemplaza un flexible, en que los laberintos son “un complicado sistema de encrucijadas construido para que todo visitante se pierda y nunca encuentre la salida”.
Otto Rinke, ciudadano alemán naturalizado uruguayo, fue más allá que Sheppard en sus investigaciones y le cabe el honor de ser el primero que dio el trascendente paso hacia la explicación de los antilaberintos: “son todo lo contrario a la definición de Sheppard”, declaró enfático en una asamblea en la Universidad de Oxford. Pese a la vehemencia con que fue formulado el postulado, que le costó a Rinke la fractura de los cinco metacarpianos de su mano izquierda después de golpear contra el escritorio del aula magna, la definición del teutón no cerró el debate por completo. Rinke, en efecto, dejó sin explicar algunas cosas: si los antilaberintos existen, si la palabra debe escribirse unida a la preposición, y la razón del abandono de su cuarta esposa.
Algunos estudiosos, ex discípulos de Rinke (más conocido ahora como “el manco de Oxford”) continuaron con las investigaciones del alemán nacionalizado uruguayo. Y hasta llegaron a elaborar una lista de sitios que poseen todas las particularidades de los antilaberintos: la ciudades de Venecia y Roma, por ejemplo, y un remoto pueblo ubicado en la pampa argentina conocido como Salazar.
En Venecia, de acuerdo con el estudio, cualquier turista, aunque sea japonés, puede recorrerla con los ojos cerrados y siempre, siempre, acaba regresando al punto de partida. Claro que esta característica tiene mucho que ver con la forma concéntrica en que están dispuestas las calles y la proximidad amenazante del mar a sus orillas, que obliga a dar la vuelta sí o sí, a riesgo de perecer ahogado o golpeado por el remo de un gondolero.

El caso de Roma es más conocido y quedó inmortalizado en la frase “todos los caminos conducen a Roma”. Sin embargo, la máxima está lejos de haber sido comprobada. Buena parte de los ex discípulos de Rinke partieron el 12 de noviembre de 1994 desde el Golden Gate, en San Francisco, Estados Unidos, caminando en línea recta hacia la capital italiana. Desgraciadamente, la exagerada anchura y profundidad del Océano Pacífico se interpuso entre el propósito de la expedición y la meta, frustrando la prueba empírica. Nunca se pudo comprobar el clásico aserto y tampoco se supo nada sobre aquellos bravos muchachos, verdaderos héroes anónimos de la ciencia.
Salazar, en cambio, permanece todavía como una incógnita. Giancarlo Battistella, oriundo de China, fue el primero en dar la voz de alerta. Había viajado hacia el oeste bonaerense con el propósito de adquirir carne de cordero en una estancia del pueblo, cuando poco después de realizar la operación y mientras se encontraba de regreso con su vehículo, fue despojado de todas sus pertenencias. Battistella, quien se quedó solo y desnudo en medio de la pampa, temió no regresar nunca más a su añorado Pekín. 
“¡Qué podía pensar entonces! --comentó años después de la aventura-- Estaba perdido en medio de la nada. Caminé sin rumbo fijo, desalentado, hasta que, de pronto, encontré una mensajería. Nunca supe como llegué al centro del pueblo. Tampoco supe porque gritaban tanto las dos mujeres que estaban adentro del local”.
Battistella hoy vive en China con su mujer y sus veintisiete hijos. Además de recordar siempre aquel episodio que le cambió la vida y haberse hecho alérgico a la carne de cordero, repite como una letanía cierta frase misteriosa: “Nadie se pierde en Salazar”. Este dicho, que después se hizo popular en todo el orbe, fue el disparador de la serie de investigaciones acerca de los antilaberintos que aquí estamos tratando, en este profundo artículo para la revista “Nature”.
Si tomamos como punto de partida la denominada “Prueba Batistella”, y la unimos al mito “nadie se pierde en Salazar”, debemos concluir con que “algo pasa”.Claro que para seguir adelante debemos despejar algunas incógnitas, aunque más no sea en el terreno de la teoría, de la más pura especulación. Vayamos al punto (lo de punto no va por Battistella, aclaramos):
1) Si “nadie se pierde en Salazar” esto quiere decir que el “mito del eterno retorno” es verídico. Ahora bien, si Battistella apareció desnudo frente a la mensajería y en lugar de quedarse parado como un estúpido, hubiera huído cubriéndose las partes, es lógico deducir --de acuerdo con el refrán-- que, poco más tarde, hubiera retornado a la mensajería, provocando nuevos alaridos en las dos mujeres. Y asi “ad infinitum”.
2) Si “nada se pierde en Salazar”, ¿dónde está, entonces, el cordero sustraído a Battistella?

3) El famoso cordero, ¿no tendrá algo que ver con el cordero bíblico que se usaba para los sacrificios? No nos atrevemos a seguir esta línea de investigación porque ingresaríamos en un terreno místico, que como todos sabemos, está en la vereda de enfrente de la ciencia. Y, la verdad sea dicha, no queremos cruzar la calle en estos días, con tanto tráfico.
4) Battistella, ¿por qué tiene un apellido italiano si nació en China?
5) Las mujeres de la mensajería, ¿tendrán algo que ver con las antiguas vestales romanas que cuidaban el fuego sagrado de noche y de día? Aquí volveríamos al terreno místico y trazaríamos una conexión con Roma. Hummm... No tenemos tiempo de averiguar tanto y menos por lo que nos pagan.
6) ¿Habrá quedado muy ridículo Battistella desnudo en medio del campo? Las probables respuestas a esta pregunta nos parecieron poco serias y decidimos dejarlas de lado. No es bueno reirse de la desgracia ajena.
Después de reflexionar dieciocho meses acerca de estas incógnitas, decidimos encarar la prueba “in situ”: es decir, viajamos hasta Salazar. Para sorpresa nuestra, comprobamos que el idioma que se habla allí es el español y no el suahili, como suponíamos. También comprobamos que es mejor viajar por el Expreso Alberino que con La Nueva Chevallier.Y que no conviene ingresar al pueblo un día de lluvia, a menos que se lleven viandas para una semana.
Junto a mi colega Francis Kito, desplegamos enseguida una estrategia digna del mejor ajedrecista: nos ubicamos a la entrada del pueblo y partimos cada uno en la dirección contraria, con la esperanza de encontrarnos en alguna parte de Salazar. Mi amigo no tuvo suerte y terminó desnudo en Mones Cazón, después de ser despojado por los mismos imberbes que se habían quedado con el cordero de Battistella.

A pesar de ese primer fracaso, no bajamos los brazos. Recién lo hicimos cuando así nos lo indicó la policía, que había detenido a Francis por “escándalo en la vía pública”. Horas después, reanudamos la investigación, aunque con otro plan.
La segunda prueba tuvo como punto de partida la mítica mensajería donde Battistella había aparecido desnudo. Francis partió con dirección norte y yo con dirección sur. Después de una hora y media de caminar, y sin haberme encontrado con mi colega, me sentí cansado y pregunté dónde había un bar para beber algo y descansar mi fatiga. Me indicaron “lo de Tito” y fui hacia allí. No se imaginan la profunda emoción que sentí cuando me encontré con Francis en el bar, quien había tenido la misma idea que yo. “¡Es verdad! --exclamé al borde del delirio-- ¡Nadie se pierde en Salazar! ¡Hayamos el antilaberinto!”, grité al borde el paroxismo. Pero Francis no compartió mi alegría. Frío, desencantado, me dijo: “¡Callate, estúpido! Era obvio que nos íbamos a encontrar aquí. Es el único bar del pueblo”.

Ante esta evidencia, empezamos por descartar los lugares únicos, para no volver a incurrir en errores: el kiosco, la mensajería, la parroquia, etcétera. Eliminados estos sitios de nuestro recorrido, acometimos una empresa más arriesgada: nos cubrimos los ojos con vendas oscuras y, después de colocarnos espalda contra espalda, caminamos en dirección contraria sin rumbo fijo.
La consigna era no detenernos hasta chocarnos de frente. Fue entonces que comenzó a soplar un viento fortísimo, inclemente, que poco a poco penetraba por los poros hasta hacerse insoportable. Pensé en Francis y en su entretejido, que iba a ser sometido a una verdadera prueba de adherencia. Pensé en Otto Rinke y sus discípulos hundidos para siempre en las profundidades saladas de la gran fosa marina. Pensé en mi madre que me estaría mirando desde el cielo preguntándose “¿qué está haciendo allí ese imbécil?”.
Pensé en que no había pagado la cuenta de la luz antes de viajar y que no me quedaban velas. Así caminaba, en medio de mis meditaciones, hasta que pisé algo. Me detuve curioso y moví la suela de mi bota en círculos, suponiendo que algún animal había dejado sus sobras intestinales en medio de mi ruta. Insulté para mis adentros a quienes aseguran que pisar eso trae suerte. Pero la caca no habla, y después de frotar la suela contra el piso, pude oir un hilillo de voz que articulaba, con dificultad, mi nombre:
-Imre, soy yo....

Era Francis, o mejor dicho, el desecho intestinal de Francis. Me quité la venda de los ojos y pude ver a mi colega allí, tirado en el piso, contraido, rodeado por sus propios excrementos.
-¿Qué te pasó, Francis? --le pregunté, azorado--
-El frío, Imre. El frío me provoca diarrea --fue toda la respuesta.
En ese instante decidimos hacer una pausa en nuestra investigación en Salazar y regresar a Dinamarca. Pero no se preocupen queridos lectores. La ciencia nunca se rinde y ya volveremos a las pampas argentinas para comprobar si es cierto que nadie se pierde en esa parte del globo. ¿Me van a seguir? Por acá, por favor... por acá. No se pierdan ahora ustedes.



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