Categoría: Historias
30 Octubre 2008
Hoy le quiero hacer un homenaje a mi querido barrio, aquel que me conoció de purrete y me desconoció ya de grande, como si fuera un perro chúcaro. Y lo voy a recordar con algunos hechos de su pasado, con algunos episodios poco conocidos ocurridos allá por el ochocientos. Ahí van:
-En el año 1823, en la esquina de las calles San José y Victoria, donde posteriormente se levantó el teatro Onrubia, don Norberto Rosas dejó escapar un pedo tan sonoro, que aún es recordado por los descendientes de los vecinos.
-En la manzana comprendida actualmente por las avenidas de Mayo, Entre Ríos y Rivadavia, y la calle Solis existía un molino de viento. Esa es la razón por la cual la confitería instalada luego en la esquina de Callao y Rivadavia se llamó Del Puente.
-El doctor Juan Etchepare, en el año 1853, efectuando ensayos en el laboratorio que tenía en la calle Tacuarí, provocó la admiración del vecindario produciendo luz por medio de la electricidad. Más tarde continuó la experiencias de carácter público instalando aparatos en la azotea de una casa de las calles Tacuarí y Rivadavia. En 1871, muy turbado, creyó descubrir la fórmula de la invisibilidad y caminó desnudo por la avenida Belgrano durante una hora y media, hasta que fue detenido por la policía.
-La primera escuela del barrio fue creada por el Cabildo en el año 1817. Eran épocas de guerra civil y los hombres más capaces habían sido alistados en el ejército. Ante esa circunstancia, y para no defraudar al vecindario, se continuó de todos modos con el proyecto y la escuela fue inaugurada, designándose como director al esclavo conocido como “el negro Ventura”, de condición analfabeto.
-Hasta los primeros años del siglo XX los teatros El Alcázar y El Dorado fueron los preferidos de la muchachada, que comenzó a llamarse a sí misma “niños bien”. Formaban grupos terribles, conocidos con el mote de “patotas” o “patatas”, que tenían como principal punto de reunión la esquina del café de Colombo y Buzo, en Corrientes y Esmeralda. Entre las hazañas de las que más se ufanaban se cuenta la formidable paliza que le dieron a una anciana ciega que se los llevó por delante, y otra feroz tunda propinada a un niño de ocho años que babeaba.
-Varios circos actuaron en el barrio después de la demolición de la vieja plaza de toros. Uno de ellos, quizá el más recordado, fue el de los Hermanos Pereyra, propiedad de Juan y Ernesto Gálvez. Allí se efectuaban grandes espectáculos de acrobacia, ejecutados por artistas de fama imperecedera como Juan García, y ejercicios arriesgadísimos, como el conocido por el “salto de la muerte”, que consistía en arrojarse con la bicicleta dentro de una gran olla de agua hirviendo de la que nadie salió con vida. En ese mismo circo actuó el célebre payaso “Rabanito el 88”, quien alcanzó notoriedad por el modo como se apretaba los genitales frente al público.
-Los reos sentenciados a la pena de muerte eran ejecutados en las plazas públicas. Una de las ejecuciones más divertidas tuvo lugar en la plaza de La Concepción, el 29 de diciembre de 1853 a las nueve de la mañana. La víctima fue un famoso ladrón, Villarino, quien siempre había conseguido escapar de la cárcel y de las garras de la policía. Esa vez fue fusilado y luego ahorcado, y su cadáver quedó colgado cuatro horas por pedido expreso del juez para que sirviera de escarmiento. Cumplido ese plazo, el popular Villarino volvió a hacerse humo y pronto retornó a sus andanzas.
-En la calle Independencia, entre Lima y Salta, se levanta un edificio conocido por el nombre de Casa de Ejercicios, declarado monumento histórico por decreto Nº 120.412 del Poder Ejecutivo de la Nación, del 21 de mayo de 1942. Su destino siempre fue albergar a una comunidad religiosa solo integrada por mujeres. En algún momento la fiebre del progreso estuvo a punto de construir allí un gimnasio con aparatos, aprovechando el nombre del recinto.
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8 Septiembre 2008
Estaba buena la correntina. Buena, buena. Yo tendría por entonces unos 18 años y ella 20 o un poco más. Los dos vendíamos terrenos –supongo que inexistentes- en la costa uruguaya. Mi novia de entonces me había convencido de dejar el laburo formal y correcto que tenía, con horario fijo, por esa utopía berreta y trucha que era vender terrenos en Uruguay. Lo mismo que estaba haciendo ella con resultado nulo. Cuando uno mira para atrás en su vida y se ve actuar de manera tan boluda, entiende algunas conductas de terceros en el presente.
Bueno, el caso es que la correntina aquella tenía fama de ser medio trola. El dato, aunque parezca increíble, me lo había dado mi novia. Decirle a alguien de 18 años, por más que sexualmente estuviera bien atendido, que hay otra fémina, que además estaba re-buena, que es trola, es como dejarle servido un vaso de agua fría a un sediento en el desierto, pidiendo que no lo beba.
¡Cómo me calentó la cabeza la correntina a partir de entonces! ¡Las fantasías que me hizo imaginar! En medio de esas ensoñaciones, claro, aparecía la figura de mi noviecita, grácil y etérea, pero entonces irrumpía de nuevo la potente silueta de aquella especie de vedette, como un tanque de guerra llevándose todo por delante. Por supuesto, no pasó mucho tiempo para que de las fantasías pasara a la obsesión por las realidades.
Aclaro que las ventas de terreno se hacían de manera individual y que no había chances de salir de a dos. O sea que estar a solas con la correntina, contando con la vigilancia estricta de mi novia, era poco menos que imposible. Pero, uno siempre se caracterizó por encontrar salidas y yo encontré una.
Cierta tarde me la topé de “casualidad” en el ascensor y fingí ir para el mismo lado que iba ella: para el barrio de Once. Allí fuimos. En el trayecto estuvo de lo más simpática conmigo, haciendo bromas, sonriéndome a cada rato con esa bocaza que me la hubiera comido allí mismo, en la calle, a la vista de todos.
Llegamos a plaza Once, lugar desangelado si los hay. Y nos pareció piola a los dos irnos a tomar un café justo enfrente, sobre la calle Pueyrredón, en una confitería muy amplia.
Nos sentamos a la mesa y la conversación pasó enseguida de las bromas y los chistes a los escarceos personales. Es decir, al prólogo de la infidelidad. El lenguaje se hizo más íntimo, más cálido. Me dijo que no estaba saliendo con nadie y que le gustaría hacerlo, que ya estaba extrañando la compañía masculina. Yo le mentí que estaba medio aburrido con mi novia (la pasaba fenómeno) y que pensaba que ella era muy linda y que no entendía cómo no estaba saliendo con nadie. Nos miramos un par de veces con doble intención, y nos tocamos las manitos muy tiernamente. Todo estaba dicho sin decirlo: de allí, al telo.
Pero…. esta maldita palabra. Pero…el diablo metió la cola. En realidad no fue el diablo sino el descuido personal. En cierto momento la correntina (ni idea de cómo se llamaba) se levantó para ir al baño. Verla irse fue un verdadero placer, porque tenía un cuerpo perfecto. Esperé ansioso su regreso bebiendo el café frío que quedaba en la taza, mientras imaginaba la batalla campal, cuerpo a cuerpo, que tendría lugar en pocos minutos. Eso imaginaba. Lo que no me había pasado por la cabeza fue que volvería del toilette con un moco pegado debajo de la nariz…. No era un moco más, un moco común, sino uno enorme que hizo que en una millonésima de segundo dejara de verla como una actriz porno para considerarla poco menos que un obrero de la construcción, con casco amarillo y todo.
Me enfrié, me congelé. Quedé tan paralizado por aquella secreción, aquella serosidad verde oscuro, que no tuve fuerzas para decirle “limpiate ahí”, con lo que, quizás, la historia hubiese cambiado. Pero no. Mientras yo miraba espantado poco menos que la cara de Bela Lugosi en calzoncillos, ella hablaba y hablaba, hacía mohínes, y me buscaba la mano - que yo retiraba con sigilo -, para avisarme que estaba lista para las dos horas de amor.
Y yo, nada. Mudo. Sabiendo que era tarde para decirle “limpiate ahí” porque ella se hubiera dado cuenta que estuve no sé cuánto tiempo mirándola sin hablar.
No sé que habrá pensado ella con mi repentino cambio de actitud. Recuerdo, eso sí, que le dije que estaba apurado para ir no sé adonde. Ella me dijo que también tenía que irse: se dio cuenta de que algo había pasado, no sabía qué, y no quería preguntar.
Ni se imaginaba que era por el moco, que seguía allí, como una banderilla en el lomo de un toro.
Que ya era toro y no vaca.
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4 Septiembre 2008
Quiero decir en este acto que nos convoca para honrar la memoria del doctor Jucelino Madames, que el recordado hombre de leyes fue uno de los espejos donde se miraron los hombres de bien y se arreglaron las mujeres de nuestra patria, persuadidos de que su conducta era un modelo a imitar, un paradigma de la democracia.
Jucelino, como le decían sus discípulos -permítanme la interjección, he sido uno de ellos-, fue grande en la adversidad y dos veces grande en la adversidad, y tuvo la energía suficiente para alimentar él solo las usinas de la honradez y las redes eléctricas de la decencia.
Forjado en el luminoso crisol del trabajo y las necesidades, honró el trabajo desde la primera hora, y también hizo sus necesidades. Todo a plena luz del día, sin que los mirones de siempre pudieran interrumpirlo.
Probo a carta cabal, cuando le tocó ocupar una banca en el senado debió optar entre ser un cretino o continuar firme con sus convicciones, eligiendo lo primero, como no podía ser de otra manera.
Este patricio y santo varón nunca resignó su profunda fe en nuestras posibilidades de crecimiento, ni siquiera ante la brutalidad de la globalización. Se mantuvo estoico, de pie frente al tren de los grandes intereses, que terminó por arrollarlo sin miramientos.
Sin embargo, nadie podrá decir jamás que lo vio de rodillas frente a ningún patrón del mundo, moviendo la cabeza hacia arriba y hacia abajo con la obediencia de una hetaira. ¡Todo lo contrario! Jucelino sabía cómo ocultarse de los enemigos.
Ya veterano en la lucha política, y algo desengañado, aceptó con alborozo la dirección del Banco Central, donde administró con gran sabiduría las finanzas del país, poniendo en la columna del “haber” lo que ingresaba, y en la del “debe” lo que sacaba.
Hoy, que se cumple el noveno año de su desaparición, demandamos su presencia. Y nos preguntamos: ¿Dónde están los bonos del tesoro? ¿Y dónde las reservas de oro?
Mientras esperamos que Interpol pueda dar con tu paradero, tus amigos, aquellos que alguna vez te ayudaron, te piden que les devuelvas lo prestado, ya que ahora puedes hacerlo.
Que les devuelvas sus títulos de propiedad y sus documentos. Sus extensiones de tarjetas y sus celulares, las llaves de su domicilio y sus perfumes importados. Sus automóviles y juguetes eróticos. Y el honor de sus mujeres, parientas e hijas mancilladas, Jucelino.
Qué lo parió…
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22 Junio 2008
¡
Hola! Te haré una pregunta: ¿Sabes quién inventó la ducha? Jo, jo… ¡No lo sabes! Pues bien, aquí te lo diremos. Hace mucho pero mucho tiempo, digamos una punta de años, en un lugar muy remoto, digamos en la co… en la loma de los caranchos, vivía un señor que se llamaba Rupert Osborne. Cierto día Rupert (digámosle simplemente Rupert, Simplemente María), notó que su tina cóncava adonde cada mes introducía su cuerpo para gozar del agua y del jabón, tenía un agujero. Y entonces, lógico, el agua se iba por ese agujero. Esto lo obligaba a tomar un baño muy rápido, tan rápido que no le daba tiempo a quitarse las costras de mugre que adornaban su cuerpo de manera tan graciosa. ¡Vaya con Rupert…! No, no vaya. Quédese aquí que le sigo explicando. Cierta mañana Rupert olía mal, como a queso sardo y ajo, Y decidió bañarse. ¡Bien!, dijo su esposa. Y los chicos. Y Rupert llenó otra vez su tina cóncava con agua calentada en un caldero. Y otra vez ese agujero puto empezó a dejar escapar el valioso líquido insípido e inodoro, lo que desesperó a Rupert. Preso de una iracundia primal se arrojó de cabeza al hoyo para cubrirlo, lo que logró introduciendo el dedo gordo del pie derecho. O sea, consiguió obturar el agujero, pero quedó atrapado. Entonces, desesperado, tiró fuerte para atrás con tanta mala suerte que la tina se dio vuelta cubriéndolo por completo. No murió ahogado, pero casi. Mas del acontecimiento, el bueno de Rupert sacó una enseñanza: el agua también puede venir desde arriba. Datos más, análisis menos, ese es el origen de la ducha después de algunos perfeccionamientos.
La historia no reconoce el invento de la ducha como patrimonio de Rupert, sino de un italiano de apellido Sfogliatella. No sabemos bien el porqué. Es más: está en marcha una investigación con la hipótesis de que la ducha, en realidad, fue imaginada primero por Leonardo Da Vinci, como todas las cosas que hay en esta tierra.
Entonces, amigo, ¿qué haremos? Nosotros te proponemos que en homenaje a Rupert distribuyas esta nota entre tus amigos. O manda eses-eme-eses como hace la mano de obra desocupada de la dictadura con los caceroleros de teflón. Así te sentirás satisfecho con la vida y podrás tirarte un pedo dentro del subte sin ningún remordimiento.
Hasta la próxima.
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17 Junio 2008
No te oí... En los días del silencio atronador.
No te oí junto a las madres del dolor,
no sonaste ni de lejos, por los
chicos, por los viejos olvidados.
No te oí... Puede ser que ya no estoy oyendo bien,
pero al borde de las rutas de Neuquén,
no te oí mientras mataban por la espalda a mi maestro.
Y entre nuestros cantos desaparecidos
yo jamás oí el sonido de tu tapa resistente,
que resiste comprender que hay
tanta gente
que en sus pobres recipientes sólo guarda una ilusión.
Cacerola de teflón, volvé al estante,
que la calle es de las ollas militantes,
con valiente aroma de olla popular.
Cacerola de teflón, a los bazares
o a sonar con los tambores militares
como tantas veces te escuché sonar.
No te oí... cuando el ruido de las fábricas paró,
cuando abril su mar de lágrimas llenó.
No te oí con los parientes del diciembre adolescente, asfixiado.
No te oí. Puede ser que mis oídos oigan mal,
pero no escuché en la exposición rural,
reclamar por el jornal de los peones yerbateros,
por la rentabilidad de los obreros,
por el tiempo venidero, porque venga para todos.
No te oí ni te oiré porque no hay modo
de juntar tu avaro codo con mi abierto corazón.
Cacerola de teflón, volvé al estante
de los muebles de las casas elegantes
que las cocineras te van a extrañar.
Cacerola de teflón, a los bazares
o a sonar en los conciertos liberales
como tantas veces te escuché sonar.
No te oí en el puente de Kosteki y Santillán
No te oí por el ingenio en Tucumán.
No te oí en los desalojos ni en los barrios inundados de este lado.
No te oí, en la esquina de Rosario que estalló
Cuando el ángel de la bici se calló
y sus ángeles pequeños se quedaron sin comida.
Y jamás te oí en la vida repicar desde acá abajo
por un joven sin trabajo, a la deriva.
Debe ser que desde arriba,
desde los pisos más altos
no se ve nunca el espanto y las heridas.
Cacerola de teflón, volvé al estante.
Yo me quedo en una marcha de estudiantes
donde vos nunca supiste resonar.
Cacerola de teflón, a los bazares
o a llenarte de los más ricos manjares
que en la calle no se suelen encontrar.
Gracias, Ignacio Copani.
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4 Junio 2008
Estábamos conferenciando con el gran cacique cuando pasó delante de nosotros, haciendo interminables fouetté en tournant, el brujo de la tribu: Padeburé. El cacique ni se distrajo, acostumbrado a aquellas sorpresivas incursiones danzantes. Pero nosotros abrimos tanto los ojos que parecíamos personajes de un comic japonés.
-Perdone, gran cacique –dijo entonces Juan Carlos Romero y Tomillo, el delegado español en la conferencia- pero, ¿qué fue eso?
-¿Eso? Padeburé, nuestro chamán. Es un fanático del ballet. Ahora está ensayando para una función que dará dentro de dos semanas.
¿Un fanático del ballet en la tribu más agreste, salvaje y olvidada del universo guaraní?
¿Cómo era posible? El asombro no nos dejó articular palabra ni cerrar las mandíbulas. El cacique, preocupado, nos volvió en sí con un escupitajo de mate.
-¡No es para ponerse así, caballeros! A veces le sale mejor, no lo condenen…
-No, no es eso –se apresuró a aclarar Romero y Tomillo-. Es que no imaginábamos encontrar un bailarín de ballet en la tribu. ¿Cómo fue?
-¿Cómo fue qué cosa?…
-¿Cómo fue que el brujo se hizo bailarín?
-¿Qué “el brujo” se hizo bailarín? No lo discriminen por su elección sexual… Parecen salvajes…
-Dijimos brujo por chamán. No discriminamos.
-No discriminaron las palabras, aunque hay matices. Chamán es más fashion, más de ahora, ¿no? Mientras que brujo es más de las películas yanquis. Pero no me quiero ir por las ramas. ¿Ustedes quieren saber como Padeburé aprendió a bailar? Es muy sencillo.
-No lo vemos tan sencillo: el ballet es algo complejo.
-Sencillo de explicar. ¿Oyeron hablar de Julio Bocca?
-Sí, claro.
-Bueno. Padeburé nunca supo nada de él.
-¿Y?
-Nada. Era un comentario, nada más.
-¡Pero explique cacique, por favor!…
-Ya, ya… Cierto día pasó por aquí una delegación de las Naciones Unidas, como la de ustedes… Y uno de sus integrantes había sido bailarín. Un tal Serguei. Era ruso.
-Si, claro...
-¿Lo conocieron?
-No, no. Siga, siga…
-Había estado en el Bolshoi…
-En el teatro Bolshoi.
-¿Lo conocieron?
-No, no. Siga, siga…
-Y el hombre no podía con su genio. En cuanto había una pausa en las conversaciones, salía a dar vueltas por ahí y se ponía a bailar. Un día el chamán lo vio y enseguida se puso a imitarlo.
-Imaginamos su sorpresa…
-¿La mía? Para nada.
-No: la sorpresa del ruso.
-Ah, sí... Mucha, porque nadie le había copiado tan bien los pasos, dijo. Y entonces los dos se pusieron a bailar. Era un espectáculo verlos.
-Me imagino.
-¿Así? Qué bien.
-Y de allí vino la afición.
-No fue para tanto. No hay hinchada para el ballet.
-Digo la afición de Padeburé por el ballet.
-En efecto.
-¿Y luego?
-Y luego todo terminó con una gran comida.
-¿Una comida de despedida?
-Si. Nos comimos al ruso y a toda la delegación de las Naciones Unidas.
-¿Cómo? ¿No me diga que ustedes son caníbales?...
-¿Caníbales?… Dicho así suena espantoso. Digamos que… no nos disgusta embocarnos algún cristiano de vez en cuando.
-¡Son caníbales!
-¿Caníbales?… Digamos que preferimos la carne humana a la del chancho o la del pollo.
-¿Y ahora que piensan hacer? ¿Nos van a comer?
-¡Pero que ha resultado sensible y cagón el muchacho!.. ¿Cómo los vamos a comer a ustedes que se han portado tan bien?
-Ah, menos mal…
-¿Cómo los vamos a comer a ustedes que tienen tan lindos relojes?... Sería una pena…
-¿Una pena…?
-Que no nos dieran los relojes y esos papeles que hay adentro de sus billeteras, incluyendo ese plástico de colores…. Esos plásticos de colores.
-Tome todo, llévese todo…
-Así se habla muchacho… ¿Ya se van?
-Si, si. Otro día la seguimos, ¿está bien?
-Cuando quiera, amigo.
Y así fue como dejamos a la tribu más salvaje del viejo tronco arawak-guaraní. Una tribu que aún persiste con ciertas costumbres ancestrales que hielan la sangre.
Allí los dejamos, al cacique y a su bailarín.
Tarde advertimos el cartel que colgaba delante de la tienda indígena: Comidas Naturistas.
La puta que lo parió…
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7 Mayo 2008
…Y entonces el valiente coronel Lucas Roncagliolo, con el espíritu bien inflado de patriotismo, tomó la magna decisión de crear una bandera. Lo hizo en horas de la madrugada, poco antes de la gran batalla del Tejo.
“…eran las tres y media, lo recuerdo bien porque miré el reloj y la aguja grande marcaba las tres y la chica las seis. Entonces vi mis calzoncillos: estaban insoportablemente sucios. ¡Qué horror! me dije. ¿Qué van a pensar de mí las damas de Potosí? Frente a ese desastre resolví llamar a la lavandera, sin advertir que a esa hora la gente suele estar durmiendo: ‘¡Lavandera!.. ¡Lavandera!’... repetí dos veces, pero nadie respondió. La palabra quedó resonando en mis oídos ‘lavandera, lavandera’… ‘¡Claro!’ me dije (siempre me digo muchas cosas), ‘la bandera…. Aquí hace falta una bandera’. Y fue así como…”, escribió muchos años más tarde Roncagliolo, cuando estaba en el exilio.
Hasta ese día no se podían diferenciar las tropas españolas de las criollas: las dos vestían el mismo uniforme y empleaban las mismas voces de mando. Esto traía inconvenientes insalvables, y lamentables, como que soldados del mismo regimiento se atravesaran con sus propias bayonetas. Tal zafarrancho ocurría cuando los generales echaban mano a tácticas confusas, como avanzar en diagonal para quedar a la retaguardia del enemigo, para después encarar de nuevo hacia el frente: nadie sabía entonces quién era quién.
Pero después de que Lucas Roncagliolo creara la bandera, ya nada fue lo mismo. Porque el sagrado trapo de su invención podía distinguirse con facilidad entre la masa de casaquillas rojas. Era imposible que pasara inadvertido dada su prodigalidad de colores: lila, ámbar, carmesí, índigo, caqui y amarillo patito.
¿Por qué esos colores?, se preguntan siempre los estudiantes. Hay una explicación, claro que la hay, pero Roncagliolo nunca la dio. Hace poco, el eminente historiador Polifemo García, halló unos folios que se habían extraviado en el segundo sótano del Archivo General de la Nación. Entre esos folios había uno que, dedujo, pudo haber sido escrito por Roncagliolo y aclararía el origen de los colores de la bandera. El documento señala:
“…no podía con mi alma, la (…) que lo parió. Esa (…) de aguardiente que preparaba el sargento me estaba desgarrando las tripas. No podía más, pero seguí bebiendo. ‘¡Fondo blanco!, ¡Fondo blanco!’ me pedían los hijos de (…) del estado mayor, y yo les hice caso como buen (…) que soy. Entonces vi los colores… ¡Chau, qué viaje, loco!...”.
La temeraria conclusión de Polifemo García fue retrucada por el escribano Colombres e Inclán: “No podemos dar crédito a esa historia. ¿Cómo vamos a creer que un borracho con delirium tremens es el padre de nuestra bandera sacrosanta? Ese es un insulto a la memoria, un insulto a la patria y un insulto a todo el pueblo, la puta que lo parió…”
Más allá de cómo haya sido concebido nuestro venerado paño, no se puede ocultar el desgraciado bautismo de fuego que tuvo la enseña nacional, ya que los realistas arrasaron con las tropas de Roncagliolo en la batalla del Tejo. Y arrasaron, justamente, porque la bandera les delató de qué lado estaban los rivales. Y hacia allí apuntaron sus cañones.
Debido a esa estrepitosa derrota, el Triunvirato le ordenó al coronel que guardara la bandera: “…ha dispuesto este Gobierno que sujetando V.S. sus conceptos a las miras que reglan las determinaciones con que él conduce, haga pasar por un rasgo de entusiasmo el suceso de la bandera lila, ámbar, carmesí, índigo, caqui y amarillo patito enarbolada, ocultándola disimuladamente…“.
Roncagliolo no llegó a leer la comunicación, porque ya se había sido de Potosí. Por eso, en ocasión de encontrarse en la Pampa del Guanaco, volvió a enarbolar la divisa inmortal ante el desconcierto de sus soldados. Enterado el Triunvirato, le envió una nueva comunicación, esta vez escrita con términos más duros:
“…escuchame, pedazo de (…) Te dijimos que guardes la bandera ésa y vos la volvés a mostrar. Más vale que la deshagas si no querés que nosotros te deshagamos a vos, la (…) de tu madre…”.
El coronel, esa vez sí, recibió el mensaje. Y cumplió con la orden, aunque a medias: no deshizo la bandera sino que la ocultó detrás de un espejo del dormitorio de su amante, Doña Clarita de las Mercedes Cárdenas.
Todo cambió, por supuesto, cuando cuatro años más tarde el ejército patriota venció a los españoles en forma definitiva. Alguien recordó entonces la bandera creada por Roncagliolo y la fue a buscar a la habitación de Doña Clarita. Y es desde entonces nuestro símbolo máximo, pese a que los descendientes de la cuzqueña sigan insistiendo en que lo que se llevaron del dormitorio haya sido su deshabillé. Pero la historia se escribe así, con estos episodios a veces confusos, a veces contradictorios. Ya lo dijo Heródoto, padre de la Historia, que lo importante no es ganar sino competir.
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5 Enero 2008
Mucho se ha hablado sobre un montón de cosas, pero poco sobre el loco Campanita. Aquel que en 1910, cuando en Buenos Aires se festejaba el Centenario de la Revolución de Mayo, se puso en bolas delante del carruaje que transportaba a la infanta Isabel. ¡Este Campanita! Por supuesto, fue detenido en aquel instante por la policía y llevado a la cárcel de la avenida Las Heras, donde después de un par de piñas terminó haciendo reír a los esbirros con viejos chistes, eructos y pedorreos.
Campanita era l’enfant terrible de la oligarquía porteña. En realidad se llamaba Patricio Menéndez Paz y vivía en uno de aquellos palacetes que hoy son museos u hoteles de lujo. Le sobraba la guita, “el vento” –como le decían al dinero en el lunfardo de entonces- y también la rebeldía, las ganas de hacer quilombo frente a una sociedad que en el fondo despreciaba con todos sus poros. Por eso protagonizaba dos por tres algún desaguisado que, si no salía en los diarios o en las páginas de Caras y Caretas, era solo por influencia de su poderosa familia.
Cierta vez, cuentan, se puso a orinar en los pasillos del Jockey Club en el preciso momento en que ingresaba uno de sus socios más distinguidos, el deportista y play boy Jorge Newbery, quien al instante y sin pensarlo demasiado, le dio tal cross de derecha en la cara que le hizo volar dos dientes, uno de ellos de oro… Este suceso luego fue reflejado, aunque de manera distorsionada, en la letra del tango Corrientes y Esmeralda, que le pertenece a Celedonio Flores pero que musicalizó mi pariente, Francisco Pracánico: “Amainaron guapos junto a tus ochavas / cuando un cajetilla los calzó de cross…”. En el primer boceto del texto decía algo así como “La ligó Campana fuerte en la trompa / luego de mear el hall del Jockey Club…”.
Otra que se mandó Campanita fue en ocasión de la llegada al país del presidente yanqui Franklin Roosevelt, quien era menos turro que Teodoro pero yanqui también, al fin y al cabo… Bueno, el caso es que el loco se fue hasta los palcos del Congreso y desde allí le gritó “¡Abajo el imperialismo!” al lisiado mandatario, quien como no sabía castellano no entendió ni jota. Hasta debe haber pensado que era un elogio. O no, sobre todo cuando vio que a Campanita se lo llevaban en el aire por los pasillos…
Amigo de Lola Membrives y Florencio Parravicini, solía beber chocolate en la Richmond con Oliverio Girondo, probarse sombreros en Casa Tow o ir al Colón para escuchar a Claudia Muzio o a Lili Pons. Grande fue su decepción cuando en el teatro lírico descubrió que Titta Rufo, en realidad, era un tenor y no una soprano. O cuando supo que el príncipe de Gales, Eduardo de Windsor, iba a dejar el trono por una mina que calzaba cuarenta y dos.
Aficionado a los polvos eupépticos Castellino, a veces se pasaba de rosca con la dosis y cierta noche le quitó, en una hábil maniobra urdida debajo de la mesa del Tortoni, la bombacha a su novia Cecilia Grierson, luego famosa por haber sido la primera mujer en recibirse de médico en la Argentina.
En 1919, cuando “los locos de la azotea” preparaban la primera transmisión de radio desde el teatro Coliseo, le pegó flor de virulo al equipo y lo mandó destartalado a la avenida Callao. Los “locos” no tuvieron más remedio que repetir su experimento en 1920.
Tenía la maldita costumbre de asistir a los actos radicales y pedir a voz en cuello que hablara Yrigoyen, cuando era vox populi que “el peludo” no hacía discursos. O de tocarle el culo a Margarita Xirgu, sabiendo que la española era de mal carácter y que le respondía siempre con un puntapié en los testículos…
Pero Campanita nunca escarmentaba, ni siquiera cuando la cosa venía dura. Como cuando la huelga de los obreros de la fábrica Vasena. Mientras la policia reprimía a sablazos ayudada por los “nenes bien” de la Liga Patriótica Argentina, el bailaba la jota en la vereda disfrazado de mujer…
Bueno… no la quiero hacer larga. Todo esto que aquí cuento, y que no está en los libros de historia, me lo dijo el hijo de Campanita, hoy en el Hospital Borda, el mejor neuropsiquiátrico de Buenos Aires. El también resultó ser extravagante y pintoresco, pero muy estudioso. Es el director. Y tiene tanta confianza conmigo que solo a mí me cuenta sus secretos de familia. Espero que no lea esto.
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