No te oí... En los días del silencio atronador.
No te oí junto a las madres del dolor,
no sonaste ni de lejos, por los
chicos, por los viejos olvidados.
No te oí... Puede ser que ya no estoy oyendo bien,
pero al borde de las rutas de Neuquén,
no te oí mientras mataban por la espalda a mi maestro.
Y entre nuestros cantos desaparecidos
yo jamás oí el sonido de tu tapa resistente,
que resiste comprender que hay
tanta gente
que en sus pobres recipientes sólo guarda una ilusión.
Cacerola de teflón, volvé al estante,
que la calle es de las ollas militantes,
con valiente aroma de olla popular.
Cacerola de teflón, a los bazares
o a sonar con los tambores militares
como tantas veces te escuché sonar.
No te oí... cuando el ruido de las fábricas paró,
cuando abril su mar de lágrimas llenó.
No te oí con los parientes del diciembre adolescente, asfixiado.
No te oí. Puede ser que mis oídos oigan mal,
pero no escuché en la exposición rural,
reclamar por el jornal de los peones yerbateros,
por la rentabilidad de los obreros,
por el tiempo venidero, porque venga para todos.
No te oí ni te oiré porque no hay modo
de juntar tu avaro codo con mi abierto corazón.
Cacerola de teflón, volvé al estante
de los muebles de las casas elegantes
que las cocineras te van a extrañar.
Cacerola de teflón, a los bazares
o a sonar en los conciertos liberales
como tantas veces te escuché sonar.
No te oí en el puente de Kosteki y Santillán
No te oí por el ingenio en Tucumán.
No te oí en los desalojos ni en los barrios inundados de este lado.
No te oí, en la esquina de Rosario que estalló
Cuando el ángel de la bici se calló
y sus ángeles pequeños se quedaron sin comida.
Y jamás te oí en la vida repicar desde acá abajo
por un joven sin trabajo, a la deriva.
Debe ser que desde arriba,
desde los pisos más altos
no se ve nunca el espanto y las heridas.
Cacerola de teflón, volvé al estante.
Yo me quedo en una marcha de estudiantes
donde vos nunca supiste resonar.
Cacerola de teflón, a los bazares
o a llenarte de los más ricos manjares
que en la calle no se suelen encontrar.
Gracias, Ignacio Copani.
servido por risas
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Niní Marshall. Nuestra CERVANTA. (Por María Elena WALSH, para la revista “La Mujer y el Cine”, 23 de marzo de 1989).

Nos hemos reído tanto con ella, que olvidamos tomarla en serio, pero calificarla tan solo de humorista, es una manera de ningunearla. Es nuestra gran novelista, que por usar los flamantes medios –radio, cine- resulta inclasificable todavía para los revisores del lenguaje que solo se atienen al prestigio de la palabra impresa.
Niní, renovadora de la expresión literaria, se adelantó a su tiempo y sólo es celebrada en el arrabal de los “clásicos” populares. “Chaplin con faldas” dijo un crítico, ¿Por que no Cervanta americana?.
Perdonen las teólogas del fe minismo, este parangón masculino, que si no le añade meritos, tampoco se los mezquina. Al menos no la comparo con un genio silencioso.
Así, como en las posadas del Siglo de Oro, los rústicos esperaban el arribo del licenciado o la dama que les leyera las peripecias de los mil personajes del Quijote, así nosotros nos congregábamos hace medio siglo en torno de la radio para escuchar a una mujer que nos caricaturizaba en ámbitos tan desangelados como los páramos de Castilla.
Los oyentes descubrimos un continente cómico deslumbrante en esa loca múltiple, asistida por el irremplazable Sancho culto, reprochador de voquibles, llamado Juan Carlos Thorry.
Solo un prodigioso dominio del idioma, le permitió a Niní descalabrarlo, transvertirlo y lanzarlo a las efímeras ondas del éter, como escritura en la arena. Bien podemos lamentarnos hoy de no tener un museo de la Broadcasting como el que fundaron previsores neoyorquinos.
Por fortuna, la autora animó en el cine, todos los personajes de su retablo, arrasando también con los modelos interpretativos de la época: divas marmóreas, villanas gominas, chistes previsibles. La payasa sigue disimulando a la gran escritora. Niní Cervanta Nuestra, ¡Se lo decimos en su propia cara las chusmas de las d´enfrente!.


NINI MARSHALL - BIOGRAFIA. La siguiente Biografía fue redactada en base a textos recopilados de investigaciones, reportajes periodísticos y su libro Mis Memorias, su autobiografía.
Niní Marshall, nació el 1° de Junio de 1903 en el Barrio de Caballito. Su verdadero nombre, era María Esther Traverso. Hija de Pedro Traverso –que falleció cuando ella tenía apenas dos meses- y María Angela Pérez fue educada en un ambiente que favorecía la creatividad artística, a tal punto que su madre quería que estudiara Filosofía y Letras, cosa poco común para las chicas de esa época. Seguramente tanto estímulo rindió sus frutos más tarde. Dicen que desde niña, imitaba a sus amigos y sobre todo a su mucama Francisa, quien sería el germen del primero de sus personajes, Candida.
A los 11 años escribía y representaba pequeñas obras para los vecinos y en la adolescencia formó una pequeña compañía en la que ella actuaba, escribía y dirigía.
Después de que terminó el secundario, se casó con un ingeniero, llamado Felipe Edelman, apenas terminado el colegio secundario y a dos meses de dar a luz a su hija Ángeles, falleció su madre. Por ese mismo tiempo su marido, que era un jugador compulsivo, perdió todo el dinero y los valores. Su decisión fue terminante: separarse. "Mi catástrofe sentimental y económica" la llamó en sus memorias. Niní se separó y volvió a Buenos Aires, donde trabajo como periodista en las revista La Novela Semanal y Sintonía. En esta última revista, también trabajo como dibujante humorística. Niní hacía la sección alfilerazos, que firmaba Mitzi. Al poco tiempo se presentó y gano un concurso de canto y con el pseudónimo Ivonne D´arcy realizó presentaciones como “cantante internacional” en distintas radios, con lo cual estaba a un paso de retomar su carrera de actriz.
Aunque el éxito de sus otros personajes y el cine hicieron olvidar a Ivonne, pero sobre todo porque había decidido cambiarse el nombre por uno "más pegador". Para ello recurrió al apodo de su infancia: el cariñoso Niní (de Marinita, Ninita), que lo complementó con el apellido Marsal, proveniente de las tres primeras letras de su nombre (Marina) y del apellido su segundo marido, Marcelo Salcedo. Tal vez por cosas del destino, o por que la prensa no lo consideró lo suficientemente glamoroso, lo modificó transformándolo en Marshall.
En esta etapa de su carrera ya compartía cartel con figuras consagradas como Marcos Kaplan, Pepe Iglesias, Tito Lusiardo y Juan Carlos Thorry.
En 1937. comenzó en Radio el Mundo, con su personaje de la mucama gallega Cándida, y un año después, debutó en el cine con “Mujeres que Trabajan”, de Manuel Romero. Allí, Niní no era protagonista, pero si la atracción principal, algo que sería una constante en la estructura de sus filmes más famosos. Este filme, también marcaría una constante en la década de oro de la actriz en el cine, ya que, probado su éxito como autora en la radio, Romero la dejó escribir sus propios diálogos.
Un repaso por las películas de Niní, dan cuenta de algo más de una década brillante y muy fructífera (en la que su inmenso talento logró transformar películas que son unos bodrios espantosos, en clásicos del humor nacional), que comenzó con su primera película y término en 1949, cuando debió abandonar el país por problemas políticos.
En 1939 la actriz ya era una de las grandes estrellas del por entonces exitoso cine argentino y protagonizo tres películas. Dos las dirigió Romero (Divorcio en Montevideo y Casamiento en Buenos Aires) para el sello Lumiton que tenía la exclusividad del personaje de Catita. La otra fue Candida, (de Luis Bayón Herrera), que fue el debut ed la gallega en el cine. La exclusividad sobre ese personaje era de EFA.
En 1940, Argentina Sono Film, el estudio más grande del país, se sumó al interés por el fenómeno que significaba la actriz y la contrató para hacer otros personajes. Ese año filmó “Hay que educar a Niní”, con dirección de César Amadori y Luna de Miel en Río, de Romero. La argentina tenía tres grandes estudios de cine, y Niní estrenaba una película por año en cada uno de ellos.
En 1942, la actriz firmó un contrato de exclusividad millonaria con Radio Splendid y de este modo abandonó, después de cinco años, Radio El Mundo y a Juan Carlos Thorry, su compañero de programa en aquella emisora.
Un año después un golpe de Estado del Ejército, impidió lo que todo el mundo descontaba, hasta Niní en su libro de memorias, que pasaría en las urnas, el triunfo de los socialistas. En sus memorias, la actriz escribió: “Después de estos movimientos pseudo salvadores del puebo, siempre surge una especie de pretendida moral ramplona que quiere eregir en jueces o directores de la cultura a los propios funcionarios. Incluso, los de segundo o tercer orden.”.
Con esa moral ramplona como argumento, los militares prohibieron a Niní en radio, aunque la dejaron continuar trabajando en cine. Los argumentos: desvirtuar el idioma e idioteces por el estilo.
Es interesante la opinión de la actriz al respecto para comprender como es que elaboraba sus personajes. “Si bien es cierto que había actores y locutores que cometían horrores de expresión, a veces asesinando el idioma y a los que se les debía exigir corregir su lenguaje, las autoridades de Radiocomunicaciones pretendieron en cambio olvidar el habla popular, el lunfardo y esconder las realidades educacionales que la calle mostraba a diario. Se pretendió ignorar la forma de hablar de los argentinos.”
El segundo episodio de censura, la obligó a abandonar el país y desde entonces nunca fue la misma. En 1949, un productor de Sono Film fue a solicitarle a Eva Perón un permiso de importación de película virgen, Eva le pidió a cambio, ver el programa de filmación del estudio. Allí la primera dama tachó el nombre de Niní de todos los proyectos en los que participaría. Mentastí en persona entrevistó a la actriz y le dijo que la cosa no iba más. Hay varias versiones sobre este incidente. Una dice que la rivalidad entre Niní y la mujer de Perón surgió en 1942, cuando ambas trabajaban en Radio el Mundo. Una era la gran estrella de la emisora y la otra una actriz secundaria de un radioteatro que buscaba un lugar más destacado y pretendía específicamente el lugar de la estrella. Pero la actriz seguía censurada en la radio desde 1943 (dato curioso: el gobierno de Perón jamás le había levantado la prohibición). También se dijo que a evita le había molestado mucho el papel de Niní en Madame Sans-Gene, aunque el filme era anterior a que Evita conociera a Perón y se dedicara a la política.
La excusa que puso Juan Duarte, -hermano de Eva y secretario de Perón- fue que la actriz había imitado a su hermana, vestida de prostituta “en una fiesta de pitucos”. Niní no lo pensó más y en “un día triste de 1950” tal como ella lo definió, se fue a México, en donde tenía un éxito enorme.
Allí rodó siete películas, a las que hay que sumarles las que hizó en España. Cuando regresó al país, trato de relanzar una Catita que se había quedado sin tiempo y sin lugar. Lo demás fueron papeles tristes, en los que hacía de vieja gloria. Pequeños crímenes a manos de Enrique Carreras o Palito Ortega. De esa época, habría que rescatar su incursión en el Teatro, sobre todo en el Café Concert, en una temporada en Mar del Plata con “Y se nos fue redepente” y algunas apariciones televisivas en las que por momentos, mostró su talento increíble.
Para recordar a Niní, sería bueno ver una y mil veces todas sus películas y quedarse con una frase: “Me gustaría que me recuerden como una señora de su casa que se hizo la graciosa, nada más que eso...”.
Ella se transformó en un fenómeno de masas que tuvo su inicio en la radio y prosiguió en el teatro, el cine y en una etapa crepuscular en la televisión, hasta que el 18 de marzo de 1996, a los 92 años se apagó la vida de Marina Esther Traverso, a quien todos recordamos con el nombre de NINÍ MARSHALL.

Filmografía de Niní Marshall:
Como Guionista: Cándida (1939) Diálogos: Los celos de Cándida (1940) Diálogos adicionales:
Mujeres que trabajan (1938)
Intérprete:
¡Qué linda es mi familia! (1980)
Vamos a soñar por el amor (1971)
La novela de un joven pobre (1968)
Ya tiene comisario el pueblo (1967) Doña Sofocación
Escándalo en la familia (1967)
Cleopatra era Cándida (1964)
Catita es una dama (1956)
Mujeres que bailan (1949)
Porteña de corazón (1948)
Navidad de los pobres (1947)
Buenos Aires canta (1947)
Una mujer sin cabeza (1947)
Mosquita muerta (1946)
Santa Cándida (1945)
Madame Sans Gene (1945)
Carmen (1943)
Cándida, la mujer del año (1943) Cándida
La mentirosa (1942)
Cándida millonaria (1941)
Orquesta de señoritas (1941)
Yo quiero ser bataclana (1941)
Luna de miel en Río (1940)
Hay que educar a Niní (1940)
Los celos de Cándida (1940)
Casamiento en Buenos Aires (1940)
Cándida (1939) Cándida
Divorcio en Montevideo (1939)
Mujeres que trabajan (1938)
NINI POR NINI: Fragmento de “Mis Memorias”, autobiografía de Niní, escrita en colaboración con Salvador D. D´Anna. En este texto, Niní presenta a quién fue el modelo de uno de sus personajes más entrañables. Candida.
Cuando tenía unos 6 0 7 años, irrumpió en mi vida un personaje llamado Francisca Pérez, que sin proponérmelo, tuvo amplia gravitación en mi vida. Llegó a casa una mañana, no se de la mano de quien.
Chiquitita y fea como era, entró en mi corazón para siempre. Acababa de llegar de España en busca de una casa donde le pagaran un sueldo, le dieran casa y comida y los domingos libres. Había nacido en Mataluenga del Bierzo, un pueblito de la provincia de León. Por todas sus características, era una auténtica gallega, como que Mataluenga había pertenecido a Galicia.
Lo cierto es que Francisca, en poco tiempo y por muchos años, fue en casa una parte sustancial. Por su bondad, su ternura especial y su honradez.
Tenía una fuerza para el trabajo que se contradecía con su físico y además una osadía, consecuencia de su ignorancia, que provocaba primero estupor y luego la risa condescendiente.
A mamá, era capaz de decirle “No diga burradas, señora...Osté con su cortos conocimientos no sabe que....” A veces le preguntaba a una visita que almorzaba en casa –Osté..no come más?..No Francisca, gracias...-¡Que zonzo!.
Recuerdo que una vez mamá oyó que se quejaba de una molestia en la vista. ¡No hay que descuidar la vista, Francisa. Vamos, la acompaño al oculista. –¡Ah no! Allí yo no voy. -¿Por qué?
-Porque no me justa señora que me revise el culista.
Cuando Francisca me mimaba, mamá la reprendía, -¡Hay Francisca. No conscienta así a la nena...¡Mal hecho!...-Mal hecho es un giboso- contestaba.
Esa y mil ocurrencias más podría contar de Francisca. Vivió diez años con nosotros y todos, especialmente yo, llegamos a adorarla. Ella también tenía pasión por mí, y ese sentimiento mutuo, no impedía que me reprendiera porque no comía y que yo, por mi parte, la imitara, haciendo reír a los míos. Por las noches, cuando mamá salía y no podía llevarme, yo pasaba a la cama de Francisca y dormía con ella. Me parece oírla –Tapate bien, mi niña, no te enfríes.

Yo me divertía observándola, Me parecía entonces un ser distinto, y le copiaba sus frases, sus dichos, sus ocurrencias y sus atrevimientos. Mamá solía repetir que tenía a penas un diente y medio. Recuerdo que vivía mandándola al dentista. Pero no había nada que hacer, era tan tozuda como buena. –Deje osté señora! Si como ijual!
Era inteligente para algunas cosas, pero nunca le interesó aprender a leer ni a escribir. “¿Para qué voy a aprender? ¿Para que se rían de mí? Por insistencia de mi mamá intenté enseñarle, pero fue inútil. No logré hacerle escribir una O ni por redonda.
En su trabajo era muy eficiente, muy limpia, prolija y además muy ahorrativa, casi tacaña. Tanto para las cosas de la casa, como para su propio dinero. No derrochaba ni permitía que se tirara nada, y cuando regresó a España llevó una pequeña fortuna – sus ahorros - para vivir tranquila, en su rincón natal, el resto de sus días.
Cuando anunció que se volvía, sentí que el mundo se terminaba para mí. Incluso no entendí como podía hacerme una cosa así, justo a mí que la quería tanto. Un día se marchó. La vi por última vez desde el balcón del departamento de la calle Libertad. Llevaba dos grandes valijas de cartón y antes de subir al coche, miró hacía arriba, con una mirada muy tierna.
Tengo presente esa imagen. Quizás con ella se fue toda mi infancia y pubertad. Con su ternura y su ignorancia; con su corazón y sus ocurrencias, Francisca llenó diez años de mi vida. Lo cierto es que esa tarde, cuando vi su mirada, le hubiera gritado, le hubiera suplicado que se quedara, pero el llanto surgió de golpe y en los brazos de mamá ahogue mi angustia.
Muchas noches en mi cuarto, pensé en ella, y entonces, me pareció escuchar su voz diciéndome: -No lloré mi niña, seque esas lagrimas que se me parte el pecho.
Quien hubiera pensado que Francisca iba a ser, con el correr de los años, “mi Cándida”, o sea el personaje por el que entré en el mundo del espectáculo. La imité de niña, de adolescente, de joven. En mi casa, con mis amigos, con mis compañeros de redacción, o con los primeros colegas de la radio. Y después frente al micrófono, aunque fue ya su caricatura. A partir de entonces, ella y muchas otras Franciscas, quedaron sintetizadas en Cándida.
Toda esta valiosa información proviene de la siguiente página web:
http://www.conexion-argentinos.com.ar/CINE/biocinefilas.htm
servido por risas
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