Categoría: cuentos
1 Febrero 2009
“Los cohetes han producido desgracias lamentables, entre las que recordamos se encuentra el caso de la señora doña Micaela Peralta, de 32 años de edad que, llena de vida, asistía a la función de la Recoleta acompañada de sus tres hijitas cuando, repentinamente, un cohete volador, atravesando el espacio horizontalmente, fue a herirla en la frente, despedazando el cráneo y produciendo una muerte inmediata…”
-¿Eso cuándo fue?
-En 1800 y pico, en Buenos Aires. Lo cuenta José Antonio Wilde en Buenos Aires desde setenta años atrás. ¿Sabés a qué se refería? A los festejos del 25 de Mayo. El famoso cohete era fuego artificial, una cañita voladora, supongo...
-¡Qué lo parió!
-¿Y sabés quién era esa mina, Micaela Peralta? Mi tatarabuela…
-No…
-Y una de sus tres hijitas, obvio, mi bisabuela. ¿Sabés cómo murió mi bisabuela? De una bala perdida. Festejaban otra vez el 25 de Mayo, allá a fines del ochocientos cuando una bala perdida le cayó justo en medio del marote, de la cabeza. Fatalidades, que les dicen…
-La puta… No te puedo creer, la verdad…
-Y eso no es todo. Mi abuela…
-No me digas…
-No, mi abuela no. La hermana de mi abuela, mi tía abuela, ¿sabés cómo murió? Caminaba por la avenida Alvear, arteria elegante si las había, cuando de repente un piano se le cayó encima. La hizo crema.
-¡Qué desgracia!... Esteee, ¿fue un veinticinco de mayo también?
-No.
-Menos mal.
-Se rompió una cuerda… en fin. Decí que era un Steinway, por lo menos.
-Un Steinway ¿Qué importancia tiene?
-Y… no es lo mismo que te aplaste un piano de estudio marca pichicho. Pero la historia no acaba allí. Un primo de mi mamá, Eladio, no sabés cómo murió…
-Dale, contá. Ya estoy regalado…
-Caminaba tranquilamente, y subrayo eso de tranquilamente porque era un tipo muy atildado, un nene bien, impecable, traje y corbata, yo qué sé… Caminaba, decía, muy duque por una calle de Mataderos cuando desde la ventana de una casa salió disparado un corcho de sidra, con tanta puntería y violencia que se le incrustó en un ojo. Lo llevaron de urgencia al Santa Lucía, todo bien… Pero el caso es que se le hizo una infección que lo terminó llevando al viejo… En fin.
-Qué te puedo decir… Todas maneras pelotudas de morir, la verdad. Parece un mal de familia.
-Espero que no.
-Morir así, tan al pedo…
-Y…
-Como si uno al cruzar la calle con un amigo, justo en ese momento, sufriera un paro cardíaco y quedara seco, poco después de decir, por ejemplo, “parece que hoy va a llover”… Que feo que con el tiempo alguien preguntase cuáles fueron sus últimas palabras y tengan que decir “parece que hoy va a llover”…
-Triste, la verdad. Mejor morir en una batalla o aplastado por un Rolls Royce.
-Si.
-Escuchá esto otro y no te jodo más. Mi sobrino, un pibito, no sabés cómo murió…
-¡No me cuentes una de pibes!
-Rapidito. Estaba en Mc Donalds comiendo una hamburguesa con unos amigos. Al rato fue a buscar una coca al mostrador, y viste cómo son en ese lugar, todos andan a mil por hora, a la puta que lo parió, de aquí para allá, a los pedos. Bueno, el caso es que uno de los empleados que limpiaba las mesas, de torpe, le dio un codazo en el hígado. Nada del otro mundo. Pero el pibe se agachó por reflejo al mismo tiempo que alguien abría la puerta de una heladera… ¡Pum! Flor de tortazo en la frente: al suelo. Al instante, porque todo fue muy rápido, por el escándalo, retrocedió una de las filas que había frente a una de las cajas, y todos, todos, fueron pisando al pibe dando saltitos…
-¿Cómo dando saltitos?
-Es que todos se espantaban cuando sentían un cuerpo debajo y daban un par de saltitos… por la impresión, supongo… Bueno, te la hago corta. Parece que uno le metió un tacazo en el diafragma, yo que sé… Se quedó sin aire… En fin.
-Qué bárbaro…
-Y sí.
-Y vos, ¿no tenés miedo de que te pase algo así, tonto e inesperado?
-El otro día se cayó uno de esos balcones coloniales que hay en San Telmo. Por suerte iba por la vereda del frente. ¿Sabés qué pensé en ese momento? Quién habrá vivido alli, porque es una casa viejísima. ¿Y sabés lo que averigüé? Era la casona de la familia Peralta, la de Micaela, mi tatarabuela. Hoy es el museo del vestido o algo así.
-¡No me digas!
-Eso ocurrió el 25 de mayo, ¿qué tal? Y eso no es todo. El otro día visité el museo, te imaginarás. Lo primero que vi en la sala principal es un piano Steinway.
-¡Qué ironía!
-En otra de las salas hay un cuadro de mi tatarabuela. Está sentada, tres cuartos de perfil como se pintaba entonces… le descubrí una sonrisita, breve, una insinuación nomás.
-Un sonrisita…
-Si, como diciendo “ya te va a llegar a vos también”…
-Qué imaginación… Estás un poco obsesionado.
-¡No! que va… Estoy prevenido, eso sí. Y me cuido bien. Por ejemplo, cuando veo una obra en construcción cruzo la calle por las dudas de que a un albañil se le caiga el fratacho. O cuando hay un desfile no salgo a la calle por si a alguno se le escapa un tiro. No te olvides que son todas muertes pelotudas, exabruptos del azar…
-…
-Nunca paso entre dos autos estacionados ni cambio la bombilla eléctrica ni piso esas plataformas de madera que se ponen en las veredas cuando hacen arreglos, por las dudas de no terminar cinco metros bajo tierra o electrocutado…
-Bueno, che, basta de tanta pálida y disfrutemos de la comida que ahí llega.
-¿Qué pediste?
-Trucha con salsa holandesa, el plato de acá. ¡Mirá lo que esto! Ni te imaginás lo que es esta salsita con espárragos… ¿Querés probar?
-Dale.
-Cuidado con las espinas.
-…
-¿Y? ¿Qué te parece?
-…
-¿Y?
-…
-Negro, estás morado… respirá… ¡Mozo!
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20 Octubre 2008
Muchos años después, frente a su tercera media libra con queso y su segunda pinta de cerveza, el sargento Johnson habría de recordar aquella tarde remota cuando su padre lo llevó a conocer el centro de Kansas City. ¡Qué tiempos aquellos! Solo se mascaba chicle y se fumaba Lucky sin filtro. No existían los toros rojos ni las anfetaminas, y los negros solo se juntaban para hacer un gospel o tocar jazz en un sucucho maloliente. Hoy, en cambio –pensaba- ya nadie fuma, y los negros están en la Casa Blanca. “Mother fucker!”, masculló.
Aquella tarde el sargento había sido uno de los cuatro blancos que patearon en el piso a una mariquita latina que buscaba clientes en la esquina de Truman y Main Street. Y estaba orgulloso de haber participado del castigo. ¡Seguí participando! le dijo al irse uno de los golpeadores, un motociclista obeso con la cruz esvástica tatuada en la frente.
Esos momentos de éxtasis, sin embargo, apenas disimulaban una realidad de horas en blanco. El retiro del ejército había destruido por completo su mundo de brusquedades y fanfarronería. Ahora le sobraba tiempo para pensar y nunca antes había usado el cerebro.
¡Cómo extrañaba el olor a pólvora y a napalm! ¡Cuánto lamentaba no estar colocando minas antipersonales a la salida de una mezquita o arrojando bombas de racimo desde un helicóptero apache sobre una aldea vietnamita!... Aquella época dorada ya no volvería.
El presente le resultaba extraño e indescifrable, como las primarias demócratas. Solo Jennifer, la colorada, le parecía comprensible cada vez que lo visitaba en su cuarto de hotel. Era una mujer valiente, sin dudas. La única que podía impedir que el sargento rompiera el televisor cuando pasaban Los Simpsons o un video de David Bowie. La única que pudo evitar que asesinara a un cajero de Burger King porque hablaba con acento español.
La campaña presidencial lo devolvió un poco a la vida, sobre todo cuando supo que el candidato republicano era Mc Cain: estaba convencido de que era el dueño de las papas congeladas del mismo nombre.
“No puede ser mal tipo alguien que fabrique papas fritas”, le dijo a Jennifer.
En cambio, se enfureció cuando supo que Obama era el candidato demócrata:
“¡Cómo puede ser que toleremos como candidato al terrorista que mandó voltear las torres! Está bien que éste sea el país de la democracia, pero eso ya es demasiado”.
Nunca se convenció de que Obama no era Osama. Y menos cuando supo que era negro.
“Mother fucker!”, dijo.
No se perdió ninguno de los debates. Los siguió todos derrumbado en un viejo sofá, borracho de bourbon barato. Cuando se dio cuenta, en un infrecuente rapto de lucidez, de que el negro iba ganando, empezó a preparar todo. Pero lo decidió el derrumbe de Wall Street
Subió despacio por la escalera de incendios, para no llamar la atención. Cuando llegó a la terraza respiró aliviado: no había más pisos a partir de allí.
Extrajo con lentitud su rifle de la funda. Estaba impecable, como nuevo. Todas las noches lo desarmaba, le pasaba aceite pieza por pieza y lo volvía a armar.
Lo cargó con una bala y lo acomodó en un trípode. Solo era cuestión de apuntar y esperar. O esperar y apuntar.
El gobernador abandonó la limousine justo abajo, enfrente del edificio. El sargento instaló la cabeza del funcionario entre las cuatro líneas de la mira telescópica. Y apretó el gatillo.
El reflejo del sol en el Rolex que el gobernador llevaba en la muñeca hizo que el sargento desviara el disparo. Y que diera en una mujer que se había acercado para insultarlo.
Supo al instante que era Jennifer.
“Mother fucker!”, masculló.
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8 Septiembre 2008
Estaba buena la correntina. Buena, buena. Yo tendría por entonces unos 18 años y ella 20 o un poco más. Los dos vendíamos terrenos –supongo que inexistentes- en la costa uruguaya. Mi novia de entonces me había convencido de dejar el laburo formal y correcto que tenía, con horario fijo, por esa utopía berreta y trucha que era vender terrenos en Uruguay. Lo mismo que estaba haciendo ella con resultado nulo. Cuando uno mira para atrás en su vida y se ve actuar de manera tan boluda, entiende algunas conductas de terceros en el presente.
Bueno, el caso es que la correntina aquella tenía fama de ser medio trola. El dato, aunque parezca increíble, me lo había dado mi novia. Decirle a alguien de 18 años, por más que sexualmente estuviera bien atendido, que hay otra fémina, que además estaba re-buena, que es trola, es como dejarle servido un vaso de agua fría a un sediento en el desierto, pidiendo que no lo beba.
¡Cómo me calentó la cabeza la correntina a partir de entonces! ¡Las fantasías que me hizo imaginar! En medio de esas ensoñaciones, claro, aparecía la figura de mi noviecita, grácil y etérea, pero entonces irrumpía de nuevo la potente silueta de aquella especie de vedette, como un tanque de guerra llevándose todo por delante. Por supuesto, no pasó mucho tiempo para que de las fantasías pasara a la obsesión por las realidades.
Aclaro que las ventas de terreno se hacían de manera individual y que no había chances de salir de a dos. O sea que estar a solas con la correntina, contando con la vigilancia estricta de mi novia, era poco menos que imposible. Pero, uno siempre se caracterizó por encontrar salidas y yo encontré una.
Cierta tarde me la topé de “casualidad” en el ascensor y fingí ir para el mismo lado que iba ella: para el barrio de Once. Allí fuimos. En el trayecto estuvo de lo más simpática conmigo, haciendo bromas, sonriéndome a cada rato con esa bocaza que me la hubiera comido allí mismo, en la calle, a la vista de todos.
Llegamos a plaza Once, lugar desangelado si los hay. Y nos pareció piola a los dos irnos a tomar un café justo enfrente, sobre la calle Pueyrredón, en una confitería muy amplia.
Nos sentamos a la mesa y la conversación pasó enseguida de las bromas y los chistes a los escarceos personales. Es decir, al prólogo de la infidelidad. El lenguaje se hizo más íntimo, más cálido. Me dijo que no estaba saliendo con nadie y que le gustaría hacerlo, que ya estaba extrañando la compañía masculina. Yo le mentí que estaba medio aburrido con mi novia (la pasaba fenómeno) y que pensaba que ella era muy linda y que no entendía cómo no estaba saliendo con nadie. Nos miramos un par de veces con doble intención, y nos tocamos las manitos muy tiernamente. Todo estaba dicho sin decirlo: de allí, al telo.
Pero…. esta maldita palabra. Pero…el diablo metió la cola. En realidad no fue el diablo sino el descuido personal. En cierto momento la correntina (ni idea de cómo se llamaba) se levantó para ir al baño. Verla irse fue un verdadero placer, porque tenía un cuerpo perfecto. Esperé ansioso su regreso bebiendo el café frío que quedaba en la taza, mientras imaginaba la batalla campal, cuerpo a cuerpo, que tendría lugar en pocos minutos. Eso imaginaba. Lo que no me había pasado por la cabeza fue que volvería del toilette con un moco pegado debajo de la nariz…. No era un moco más, un moco común, sino uno enorme que hizo que en una millonésima de segundo dejara de verla como una actriz porno para considerarla poco menos que un obrero de la construcción, con casco amarillo y todo.
Me enfrié, me congelé. Quedé tan paralizado por aquella secreción, aquella serosidad verde oscuro, que no tuve fuerzas para decirle “limpiate ahí”, con lo que, quizás, la historia hubiese cambiado. Pero no. Mientras yo miraba espantado poco menos que la cara de Bela Lugosi en calzoncillos, ella hablaba y hablaba, hacía mohínes, y me buscaba la mano - que yo retiraba con sigilo -, para avisarme que estaba lista para las dos horas de amor.
Y yo, nada. Mudo. Sabiendo que era tarde para decirle “limpiate ahí” porque ella se hubiera dado cuenta que estuve no sé cuánto tiempo mirándola sin hablar.
No sé que habrá pensado ella con mi repentino cambio de actitud. Recuerdo, eso sí, que le dije que estaba apurado para ir no sé adonde. Ella me dijo que también tenía que irse: se dio cuenta de que algo había pasado, no sabía qué, y no quería preguntar.
Ni se imaginaba que era por el moco, que seguía allí, como una banderilla en el lomo de un toro.
Que ya era toro y no vaca.
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26 Junio 2008
No hay nada como sentarse al borde de este murallón y mirar el horizonte al final del mar. El gris plomizo del agua, el azul profundo del cielo. Ni una nube. El viento soplando despacio, untuoso sobre la piel. Con las piernas como columpios que van hacia delante y regresan hacia atrás al compás de una música muda e inconsciente. Sentado, el tronco erguido y las piernas apuntando al mar, con el fondo abisal de las rocas, allá abajo, a diez, ¿veinte metros?. Qué importa a cuánto. No vine por las rocas, vine por el mar. Y el horizonte, el horizonte que se curva.
A lo lejos, o no tanto, advierto de soslayo a uno de esos corredores pedestres, esos cultores de la vida sana, transpirado y feliz con su marcha. Corre pegadito al murallón a un ritmo sostenido y parejo... uno-dos, uno-dos, uno-dos... rodillas arriba, los brazos agitados a los costados como las aspas de un molino... uno-dos, uno-dos, uno-dos....
Regreso con mi mente y mi mirada hacia el fondo de los fondos, hacia allá, donde el océano es redondo y se derrama para no derramarse jamás. Mis piernas en el aire, felices, siguen con su vaivén idiota mientras me afirmo con los brazos sobre el murallón para darles un nuevo impulso. Soy todo Este, dirigido al horizonte; y medio Oeste, porque desde atrás apenas pueden ver mi espalda y mi nuca.
El aerobista, el footing man, está más cerca. Sigue mecánico su rutina atlética, alzando sus rodillas, moviendo los brazos como si se preparara para volar...
Retorno a mi yo, a las concavidades virtuales del pensamiento que me regala la placidez del mar y el ruido de las olas golpeando las rocas.
Pero ya no es lo mismo que hasta hace un segundo. Ahora está aquel intruso que avanza hacia mí, cada vez más cerca, distrayéndome de mi soliloquio matutino y neuronal, con sus rodillas que suben y bajan como pistones, con sus brazos centrípetos invadiendo el espacio del murallón, girando y girando...
Intento reconstituir el silencio, la caverna de Platón, el diálogo con las nereidas... Pero ya no puedo. El de la prisa, el huevo o cigota de los gimnasios y las pomadas y los energizantes ya me avasalla, ya me roza, ya me invade. Las rodillas como pistones ya ingresan en mi aura y también sus brazos como aspas junto al murallón... Y yo, y yo trato de inclinarme un poco para evitar lo inevitable. El walkman en su orejas y esos ojos que no ven, hipnotizados con el camino, me ignoran... Y no puedo escapar a la fatalidad de transformarme en pájaro herido y quedar hecho bosta contra las rocas...
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17 Junio 2008
No te oí... En los días del silencio atronador.
No te oí junto a las madres del dolor,
no sonaste ni de lejos, por los
chicos, por los viejos olvidados.
No te oí... Puede ser que ya no estoy oyendo bien,
pero al borde de las rutas de Neuquén,
no te oí mientras mataban por la espalda a mi maestro.
Y entre nuestros cantos desaparecidos
yo jamás oí el sonido de tu tapa resistente,
que resiste comprender que hay
tanta gente
que en sus pobres recipientes sólo guarda una ilusión.
Cacerola de teflón, volvé al estante,
que la calle es de las ollas militantes,
con valiente aroma de olla popular.
Cacerola de teflón, a los bazares
o a sonar con los tambores militares
como tantas veces te escuché sonar.
No te oí... cuando el ruido de las fábricas paró,
cuando abril su mar de lágrimas llenó.
No te oí con los parientes del diciembre adolescente, asfixiado.
No te oí. Puede ser que mis oídos oigan mal,
pero no escuché en la exposición rural,
reclamar por el jornal de los peones yerbateros,
por la rentabilidad de los obreros,
por el tiempo venidero, porque venga para todos.
No te oí ni te oiré porque no hay modo
de juntar tu avaro codo con mi abierto corazón.
Cacerola de teflón, volvé al estante
de los muebles de las casas elegantes
que las cocineras te van a extrañar.
Cacerola de teflón, a los bazares
o a sonar en los conciertos liberales
como tantas veces te escuché sonar.
No te oí en el puente de Kosteki y Santillán
No te oí por el ingenio en Tucumán.
No te oí en los desalojos ni en los barrios inundados de este lado.
No te oí, en la esquina de Rosario que estalló
Cuando el ángel de la bici se calló
y sus ángeles pequeños se quedaron sin comida.
Y jamás te oí en la vida repicar desde acá abajo
por un joven sin trabajo, a la deriva.
Debe ser que desde arriba,
desde los pisos más altos
no se ve nunca el espanto y las heridas.
Cacerola de teflón, volvé al estante.
Yo me quedo en una marcha de estudiantes
donde vos nunca supiste resonar.
Cacerola de teflón, a los bazares
o a llenarte de los más ricos manjares
que en la calle no se suelen encontrar.
Gracias, Ignacio Copani.
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9 Febrero 2008
Lo vi acercarse al kiosco de diarios y no tuve dudas: Pignarelli. ¡Pignarelli viejo! Tanto tiempo. Tanto tiempo sin ver a Pignarelli. Y me dije “le voy a dar una sorpresa”. Me acerqué despacito, cuidando no ser visto, jugando a la rayuela con los baldosones de la vereda. El pelado Pignarelli ya había comprado el diario y se iba sin levantar la mirada. Menos mal.
Empecé a seguirlo a no más de diez, once metros y un cuarto, más o menos. Pignarelli caminaba rápido pese a su renguera. Y no hacía ruido con la suela de los zapatos, lo que me indicó que podrían ser de goma. ¿Gomycuer? ¿Vibram? ¿Febo? Seguro que eran Gomycuer, como las que llevaba al colegio salesiano donde lo conocí. Esos zapatones tremendos con los que un día enganchó una moneda de voleo y reventó el vidrio del buffet…
¡Pignarelli! Quien lo hubiera dicho… Y ahí estaba, vivito y coleando, como si nada hubiera pasado. Como si aquel partido que jugamos hace veinte años nunca hubiera existido. Como si los putos de cuarto tercera hubieran merecido ganar…
¡Pignarelli!.. ¡Cómo olvidarlo! El pelado era un fenómeno, el mejor de todos. Llevaba la pelota atada con su zurda prodigiosa, decía el profesor de química que hablaba así, a la antigua, pero era el único de los profesores que sabía algo de fútbol. Y tenia razón: la llevaba atada. Con él habíamos ganado el intercolegial y no teníamos rivales. Por eso cada vez que jugábamos debíamos cuidarnos las piernas porque todos nos salían a matar, a cagarnos a patadas. Pero Pignarelli era rapidísimo y andaba a los saltos como gacela ante cada trancazo, y después les hacía el gol, siempre un golazo distinto, y terminábamos ganando como siempre…
Veinte años pasaron, claro. Pero cómo olvidar el partido con cuarto tercera, con los troncazos de cuarto tercera. Los tipos nos desafiaron, a nosotros, que habíamos ganado el intercolegial. ¡A nosotros! Al principio lo les dimos bola, pero después sí, para que no jodieran tanto en el recreo.
Me acuerdo que jugamos un sábado a la mañana, en la canchita de Parque Chacabuco. Los tipos se vinieron todos con camisetas nuevas, de Chacarita, lo recuerdo perfectamente. Nosotros éramos anárquicos: cada uno se puso lo que quiso. Total, ¡qué importaba eso!… Lo que importaba era que el as de espadas lo teníamos nosotros: Pignarelli. Y ellos lo sabían.
Yo pensé que a los cinco minutos iban a bajar los brazos después del cuarto gol, pero no ocurrió así. Pignarelli no estuvo a la altura del desafío: se gambeteaba a todo el mundo pero siempre le erraba al arco. Y si él no la metía, nosotros estábamos fritos.
Todavía me duele el pecho cuando me viene la imagen del gol de ellos. ¿De ellos? Debería decir de nosotros para ellos. Porque lo hizo Pignarelli, en contra. Cuando el partido terminó nos dijo que se había olvidado que habíamos cambiado de arco en el segundo tiempo… Pelotudeces. Nadie le creyó.
A la semana supimos que Pignarelli estaba saliendo con Vanesa, la hermana de Agostinelli, el arquero de cuarto tercera. No fue difícil deducir lo que había pasado en el partido, cómo este hijo de puta fue a menos para quedar bien con su cuñado… ¡Cuándo me acuerdo me hierve la sangre!..
Pero, bueno…. Cosas de pibes. Veinte años después lo tuve otra vez cerca a Pignarelli, a diez, once metros y un cuarto, más o menos. Yo lo seguía, pero después abandoné. ¿Para qué? ¿Para saludarlo? ¿Para decirle “qué hacés Pignarelli, tanto tiempo”? ¿Para decirle “ya pasó, te perdonamos la aflojada con cuarto tercera”? ¿Para decirle que no importó nada la cargada del lunes siguiente al partido? ¿Para pedirle perdón por haberle pasado por encima de su prodigiosa zurda con el jeep de Carlitos? No valía la pena: ya éramos grandes.
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9 Enero 2008
Amílcar Amaya Pérez es uno de esos pocos hombres, muy pocos la verdad, a los que se conoce a los pocos minutos de cambiar algunas palabras. Basta con preguntarle el nombre. Y que él conteste, porque a veces su sordera le impide oír bien.
Es inquieto y sencillo. Habla, gesticula, se rasca y sonríe con la misma rapidez con que se mueven sus pequeños ojos vivaces. Viéndolo, uno entiende porque le dicen “el monito” desde la infancia y aún hoy, a sus 82 gloriosos años.
A poco de comenzar la entrevista se introduce de lleno en el tema con desenfado y habilidad, solo guiado por su entusiasmo y la palma de las manos.
-Permisoooo… -dice con atrevimiento y caradurez.
-¡Cómo no, amigo! –contestamos para animarlo- Nos encanta su desenfado. ¿Cómo es posible tanto entusiasmo a su edad, cuando se debería estar pensando en la muerte?
Sus ojos vivaces se pusieron vidriosos. Pensamos que iba a lagrimear pero solo acababa de colocarse los lentes.
-Es que los reportajes me vuelven a la vida, como los que me hacían cuando era presidente del club Amigos son los Amigos, ya hace tanto que no me acuerdo…
-¿Eso fue cuándo…?
-Le dije que no me acuerdo.
-A usted le tocó hacerse cargo de la institución en un momento muy difícil. Como se dice habitualmente, le tocó bailar con la más fea…
-En efecto, joven. En la comisión solo quedamos yo y mi secretaria, la pobre Gertrudis. Pero ella no era la más fea sino la esposa del cantinero, como siempre ocurre..
-¡Es cierto!... ¿Por qué será eso?...
-¡Y yo qué sé!
-Mientras estuvo en la conducción le dio prioridad a unos pocos deportes y postergó otros. ¿A qué se debió esa elección?
-A la falta de pelotas: no alcanzaban para todos. Pero para que no decayera el ánimo se me ocurrió alegrar las noches con la apertura de un night-club en la cantina. Fue un gran éxito, pero hubo que suspenderlo…
-Problemas con los padres…
-Sí: no los podíamos sacar del local.
-Usted también fue el creador de la primera colonia infantil
-Así es. Se formó un grupo buenísimo, muy divertido. Lástima que los padres no daban permiso a sus hijos para que salieran de excursión
-Cosas de la patria potestad...
-¡No meta a la patria en estas cosas!
-Digo que los padres son los que, en definitiva, tienen la última palabra.
-Es cierto. Lástima que siempre era la misma: …”No”.
-Si lo que nos contaron es cierto, usted fue presidente de un club deportivo, pero nunca practicó deportes. ¿Es así?
-Es verdad. Nunca tuve deseos ni presencia física para los deportes. Si hasta caminaba como pisando huevos y con las patas arqueadas… Tenía callos, eczemas en los pies. Un asco, vea…
-¿Ahora no?
-Ahora no camino, muchacho.
-Don Amílcar, ¿recuerda alguna anécdota de entonces?
-Cómo no. Me acuerdo como si fuera hoy cuando fui a ver al intendente para que nos diera una pequeña ayuda económica porque el club se estaba cayendo a pedazos. En cuanto se enteró de que lo quería ver, le dio orden a su secretario para que me hiciera pasar enseguida a su despacho. Y allí entré yo, nervioso y balbuciente. Y él me dijo “tome asiento, amigo. Tranquilícese”. Y esas palabras me tranquilizaron bastante…
-Qué bien.
-Entonces tomé coraje y le conté el objeto de mi visita. Recuerdo que terminé de hablar y él no me contestó enseguida. Hubo un silencio largo, pesado…hasta que se levantó de su sillón, vino hacia mí, me palmeó el hombro y me dijo…
-Qué bien…
-Me dijo “Amílcar, andate a la puta que te pariò”. Eso me dijo. No me lo olvido más.
-¿Y usted que hizo?
-Me fui.
-Claro.
-Y sí.
-Don Amílcar, hablemos un poco de su vida privada. ¿Qué es de sus nietos? ¿Qué le dicen cuando lo ven?
-Abuelo.
-Claro, claro… Eh, ¿su señora vive?
-Es lo que yo me pregunto.
-Bueno, bueno, no lo molesto más. Pero no quiero despedirme sin antes saludarlo. Que le vaya bien en todo y ya nos encontraremos en otra oportunidad.
-Joven, ¿cómo me dijo que se llamaba?
Y allí lo dejamos al viejo patriarca, el gran hacedor del club Amigos son los Amigos, hoy caído bajo la piqueta de los tiempos modernos. Ya no se oyen los botes de las pelotas contra el piso ni las corridas de los más pequeños. Tampoco se oyen los golpes de las brazadas contra el agua de la piscina ni el recorrido de las bolas en las canchas de bowling. No se oye nada. Ni a aquel automovilista que casi me atropella y que ahora me hace gestos sacando medio cuerpo fuera de la ventanilla. Comienzo a sospechar que me he quedado sordo.
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7 Enero 2008
-Hoooo…ooooo….laaaaa…
-¡Cacho!… ¡Te despertaste!…
-Siii…. ¿Por qué ponés esa cara?… ¿Cuánto dormí?
-¿Cuánto dormiste?… ¡Treinta y cinco años dormiste!… ¡Treinta y cinco años, Cacho!… Pensábamos que seguirías así para siempre, pensábamos…
-¡Treinta y cinco años!… ¡No me jodas!…
-No te jodo. Mira… mirá la tele….
-¡Televisión en colores!… ¿Estoy en Argentina?..
-Por supuesto que estás en Argentina, y en tu casa de toda la vida, Cacho…
-Traeme el diario, traeme El Mundo…
-¿El Mundo? No sale más El Mundo…. ¿Querés Clarín?…
-¿Todavía sale esa mierda frondicista?…. Bueno, alcanzámelo… ¡Tenés razón!… Acá dice año 2008….Cuando me dormí era 1973, ¿no?…
-Claro, claro, ¿te acordás? Nos preparábamos para ir a Ezeiza a recibir al Macho, pero vos antes quisiste pegarte una siesta… ¡Flor de siesta!…
-¿Y vino o no vino el Macho?
-Vino, vino…. Pero se armó flor de quilombo, no sabés. ¡Nos salvamos de no ir, Cacho!…
-¿Qué pasó?
-Es larga, es larga la historia. Otro día de la cuento.
-¡Pero contáme algo!… Otras cosas… No me dejes así…
-¿Qué querés saber?
-Yo qué sé… ¿El Sheraton Hotel sigue en Retiro o pusieron ahí el hospital de niños?
-Sigue el Sheraton y más grande que antes. Y hasta le salió un hijito. Bah… una sucursal, a unas cuadras de allí.
-¡No me digas!… ¿Y Perón? Debe haber muerto, ¿no?…
-Murió en el 75 mientras era presidente por tercera vez. ¿Y a que no te imaginás quién le sucedió?
-No sé… ¡No me digas que Firmenich!…
-¡Qué Firmenich!… ¡Isabelita, la mujer!…
-¿Chabela? No te puedo creer…
-Pasaron muchas cosas que no te podés ni imaginar. En el mundo no entienden cómo es que todavía seguimos vivos… Debe ser por eso que vienen tantos turistas.
-¿A Mar del Plata?
-¡Qué Mar del Plata! Acá, a Buenos Aires.
-¡Pero si acá no hay playas!
-No vienen por las playas sino por el tango.
-¿Qué tango?
-No importa. Después de explico. ¿Querés comer algo?
-Estoy muerto de hambre… ¿Qué hay?
-Me queda un poco de sushi…
-¿Quién es Susy?
-Sushi, una comida japonesa que está de moda. Es pescado crudo… no creo que te guste.
-¿Ya no se come asado?
-Si, eso sigue igual que antes.
-¿Y qué más sigue igual?
-Los trenes, por ejemplo. Son los mismos en los que viajabas vos y en los que viajaron tus padres. La única diferencia es que ahora son privados.
-¿Son los mismos o no, entonces?
-Los mismos coches, las mismas locomotoras, otros dueños…No me preguntes más.
-….
-…
-Che, ¿Quién es el presidente?
-Presidenta. Es una mujer: Cristina.
-¿Cristina Guzmán, la jujeña?
-No, otra. Hay mucho para hablar, Cacho…
-Si, tenés razón. Después hablamos. ¿Hay mate?
-Por supuesto. Ya te cebo…
-Dale.
-….
-Una última: ¿quién salió campeón en primera este año?
-Lanús.
-¿Lanús? Mejor no sigo preguntando por ahora…
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